Opinión

El fin de la historia y la ansiedad del viejo orden

La rápida sucesión de las cumbres entre Donald Trump y Xi Jinping, seguida pocos días después por la visita de Vladimir Putin a Pekín, probablemente constituya uno de los episodios diplomáticos más reveladores de los últimos años.

Sin embargo, el verdadero significado estratégico de estos encuentros no reside únicamente en los acuerdos alcanzados ni en los comunicados oficiales. El dato más importante es otro: la diferencia de clima psicológico y político entre ambas reuniones.

Mientras la visita de Trump estuvo marcada por la tensión, la ansiedad y la incertidumbre -producto de la crisis iraní, la competencia tecnológica, la cuestión de Taiwán y la creciente pérdida de capacidad de conducción global estadounidense-, el encuentro entre Putin y Xi se desarrolló con una serenidad casi burocrática.

 

PACIENCIA Y ANSIEDAD

Y precisamente allí aparece uno de los elementos centrales de la transición geopolítica contemporánea.

Las potencias ascendentes negocian desde la paciencia; las hegemonías en declive reaccionan desde la ansiedad.

La escena internacional actual ya no refleja el viejo “momento unipolar”

posterior a la Guerra Fría. Por el contrario, evidencia el agotamiento progresivo del unilateralismo occidental y el avance de un sistema internacional cada vez más multipolar, competitivo e inestable.

Durante décadas, Estados Unidos intentó consolidar un orden global basado en: supremacía financiera, dominio marítimo, superioridad tecnológica, capacidad militar expedicionaria y control político de las instituciones internacionales.

La caída de la Unión Soviética llevó incluso a algunos intelectuales, como Francis Fukuyama, a proclamar el “fin de la historia”, es decir, la victoria definitiva del modelo liberal occidental como destino inevitable de la humanidad.

En paralelo, think tanks como el Project for the New American Century elaboraron doctrinas destinadas a preservar indefinidamente la hegemonía global estadounidense surgida tras 1989. Las guerras preventivas, las revoluciones de colores, la expansión de la OTAN y las sucesivas intervenciones militares respondieron, en gran medida, a ese objetivo estratégico.

 

OTRO CAMINO

Sin embargo, la realidad histórica siguió otro camino.

China no solo resistió la contención occidental, sino que alcanzó la paridad sistémica con Estados Unidos en múltiples dimensiones: industrial, tecnológica, comercial y geopolítica.

El propio Washington Post reconoció recientemente que la cumbre Trump-Xi simbolizó algo que Washington había intentado evitar durante décadas: el reconocimiento de China como potencia equivalente a Estados Unidos. Julian Gewirtz, ex responsable de China en el Consejo de Seguridad Nacional de la administración Biden, afirmó incluso que “ya no hay vuelta atrás”. Ese reconocimiento constituye un hecho histórico de enorme magnitud.

Porque el verdadero problema estratégico para Washington no es únicamente el ascenso económico chino. Lo que realmente está en discusión es el final de la capacidad estadounidense para actuar como árbitro absoluto del sistema internacional.

 

UNILATERALISMO

Y allí aparece la cuestión más profunda: el unilateralismo ya no puede sostenerse materialmente. No se trata solamente de una crisis ideológica o diplomática. Se trata de una transformación estructural del equilibrio mundial de poder.

China alcanzó masa crítica industrial y tecnológica. Rusia conserva profundidad estratégica, recursos energéticos y capacidad militar. Los Brics expanden progresivamente su influencia. Eurasia fortalece su integración económica. Y Occidente pierde lentamente el monopolio financiero y productivo que sostuvo su predominio global durante décadas.

En este contexto, la asociación entre Moscú y Pekín adquiere una importancia decisiva.

La reafirmación de la alianza estratégica entre Putin y Xi, junto con el avance del proyecto energético Power Siberia 2, constituye mucho más que un acuerdo bilateral. Representa la consolidación progresiva de una arquitectura euroasiática capaz de reducir la dependencia china respecto a las rutas marítimas vulnerables del Golfo Pérsico y del Indo-Pacífico.

La geopolítica clásica reaparece aquí con toda claridad.

Desde Halford Mackinder hasta Zbigniew Brzezinski, la gran preocupación histórica de las potencias marítimas anglosajonas fue siempre evitar la integración estratégica de Eurasia. La convergencia entre la profundidad territorial rusa, la capacidad industrial china y la conectividad energética continental altera profundamente ese equilibrio histórico.

Por eso la cuestión energética adquiere una centralidad fundamental. Mientras Estados Unidos intenta preservar su hegemonía talasocrática mediante el control de los chekepoints marítimos -Ormuz, Malaca, Suez o Bab el-Mandeb-, China y Rusia avanzan en mecanismos alternativos de integración continental menos vulnerables al bloqueo naval occidental. La energía vuelve así a convertirse en uno de los verdaderos centros de gravedad estratégicos del sistema internacional contemporáneo.

En este escenario, el conflicto deja de ser exclusivamente militar para trasladarse a otros sectores del quehacer: donde impera la coerción económica, la presión energética, irrumpe la inteligencia artificial, la desinformación, las operaciones psicológicas y la “nueva “disuasión nuclear: Todos estos factores coexisten simultáneamente dentro de una dinámica de “escalada administrada”.

Nadie parece desear una guerra mundial abierta. Pero todos se preparan para la posibilidad de que ocurra. Y quizás allí resida el rasgo más peligroso de nuestro tiempo.

Los ejercicios nucleares rusos realizados paralelamente a la visita de Putin a Pekín constituyen precisamente un “ mensaje estratégico” de advertencia indirecta a Occidente. El mensaje parece claro: Moscú recuerda que existe un límite máximo de escalada tanto en Ucrania como en Medio Oriente. Este punto adquiere especial importancia frente a la crisis iraní.

 

TRASFONDO ESTRATEGICO

Muchos análisis occidentales presentan el problema únicamente desde la cuestión nuclear iraní o desde el conflicto regional con Israel. Sin embargo, el trasfondo estratégico es mucho más profundo: está en juego el control del sistema energético mundial y la capacidad de Estados Unidos para sostener su hegemonía marítima global.

El estrecho de Ormuz adquiere entonces un valor decisivo. No se trata solamente de contener a Irán. Se trata de demostrar que, sin la presencia militar estadounidense, el comercio marítimo global y el sistema energético internacional se vuelven inmanejables.

Allí reaparece nuevamente la lógica clásica de la geopolítica: quien controla los flujos energéticos condiciona el orden mundial.

En este sentido, las reflexiones del profesor John Mearsheimer resultan particularmente relevantes. El principal referente del realismo ofensivo sostiene desde hace años que el “momento unipolar” terminó y que el sistema internacional volvió a estructurarse alrededor de la competencia entre grandes potencias.

Mearsheimer advirtió tempranamente que la expansión occidental posterior a la Guerra Fría -especialmente la expansión de la OTAN- generaría inevitablemente tensiones con Rusia y aceleraría el retorno de una lógica de equilibrio de poder.

Pero quizás su observación más importante sea otra: el propio proceso de globalización impulsado por Occidente terminó fortaleciendo precisamente al principal competidor sistémico de Estados Unidos. La integración económica global no contuvo a China: la industrializó, la financió y la fortaleció.

Douglas Macgregor, por su parte, aporta otro elemento fundamental: la creciente sobre extensión estratégica occidental. Macgregor insiste en que Estados Unidos ya no posee la libertad operacional absoluta de los años noventa. La existencia simultánea de Rusia, China e Irán como polos de resistencia limita severamente la capacidad de coerción unilateral de Washington.

Por eso, tanto Mearsheimer como Macgregor, desde perspectivas distintas, convergen en una misma conclusión, la cual reiteramos en esta columna muchas veces: el orden internacional posterior a 1991 está entrando en crisis.

 

PROBLEMA PSICOLOGICO

Sin embargo, el problema contemporáneo no es únicamente geopolítico. También es psicológico. El llamado “Occidente opulento” (rescatando a Augusto Del Noce) no solo enfrenta una pérdida relativa de poder; enfrenta la dificultad de aceptar un mundo donde ya no sea el único centro legítimo del sistema internacional. Y eso genera: ansiedad estratégica, coerción permanente y guerras interminables. Mientras tanto, China y Rusia parecen apostar a otra lógica: apoyada en el desgaste, la paciencia estratégica y la acumulación gradual de poder.

Según podemos apreciar, la secuencia Trump-Xi y Putin-Xi no mostró simplemente dos encuentros diplomáticos. Mostró el choque entre dos concepciones históricas del poder mundial.

Por un lado, un unilateralismo occidental que intenta preservar un sistema cuya base material comienza lentamente a erosionarse. Por otro, una multipolaridad emergente basada en la convergencia pragmática entre grandes potencias continentales.

La ansiedad estratégica del viejo orden contrasta con la serenidad táctica de quienes perciben que el tiempo histórico comienza lentamente a jugar a su favor. La historia no terminó. Simplemente entró en una nueva fase.