Opinión
Historias del conurbano

El efecto Milei sacude a la Provincia


La unidad mostrada por el peronismo en torno al recuerdo del último golpe militar, no significa que cada una de las tribus en las que se divide la representación bonaerense estén amalgamadas de la misma manera. Existen intendentes que no están del todo convencidos que el proceso político de Javier Milei esté acabado como sugirió el gobernador Axel Kicillof en su discurso junto a las Madres de Plaza de Mayo. Es más, esos mismos jefes territoriales sostienen que hasta puede estar en serio riesgo la continuidad del peronismo en la provincia de Buenos Aires de no haber una mejor interpretación de los cambios que llegaron con la irrupción de Javier Milei en la escena Argentina. No por Milei en sí mismo, pero sí por lo que representó como respuesta a una sociedad dispuesta a explorar en lo desconocido antes que extender su mano a los profesionales de la política. Ese debate interno ya se está dando con cada vez más intensidad y con la irrupción de un grupo de alcaldes que aseguran “no ir contra nadie, pero sí dispuestos a hacer escuchar sus voces en la mesa de las decisiones”. Se trata del “grupo de los 4”, a esta altura, número ya ampliado.

No hay dudas, la política bonaerense empezó a moverse. No necesariamente con grandes gestos ni con anuncios rimbombantes, sino con algo más sutil pero igual de relevante: señales, posicionamientos, cambios en el tono. Ajustes en el discurso. Y, sobre todo, una diferencia cada vez más evidente en la forma de interpretar el momento histórico.

CAMBIOS DE REGLAS

La llegada de Javier Milei al poder no solo alteró el tablero político nacional. Generó algo más profundo: un cambio en las reglas de legitimidad del poder. Y ese cambio empieza a impactar, con fuerza, en la provincia de Buenos Aires. Lo saben, en primer lugar, los intendentes que observan con preocupación, sobre todo los peronistas, como los dirigentes nacionales de su espacio siguen lejos de captar con claridad esa lógica. “Mientras sigamos reivindicando el pasado, el futuro será cada vez más complicado”, sostienen.

Y asoma una ecuación importante: Lo que está en discusión ya no es únicamente quién conduce. Es cómo se conduce y hacia qué destino. Durante años, el sistema político bonaerense funcionó bajo una lógica relativamente estable. Un esquema basado en la centralidad del Estado, la construcción territorial, la capacidad de administrar recursos y una cierta elasticidad fiscal que permitía sostener ese modelo. Ese equilibrio, con matices, ordenó a oficialismos y oposiciones. Hoy ese marco está en revisión.

No por decisión propia, sino por la irrupción de un fenómeno político que cambió las prioridades sociales. Milei no solo ganó una elección. Instaló una forma de ver el mundo. Una narrativa donde el ajuste, el orden fiscal y la desconfianza hacia la política tradicional pasaron a ocupar el centro de la escena. Y frente a eso, la política bonaerense empieza a reaccionar. Pero no de manera uniforme.

INTERNA MAS PROFUNDA

Lo que comienza a emerger no es una interna clásica, de nombres o listas. Es una interna más profunda. Más estructural. Una discusión sobre los métodos, los tiempos y las formas de hacer política en un contexto distinto. Desde hace meses, un grupo de intendentes con buenos resultados en sus municipios comenzaron a reunirse para dar esa discusión puertas adentro. Cómo hacer para que el peronismo vuelva a ser opción electoral potente sin tener que esperar sólo la caída de Javier Milei por su propio peso o malos resultados de gestión.

Por un lado, aparecen dirigentes -sobre todo aquellos con responsabilidades de gestión- que empiezan a comprender que el cambio de época no es transitorio. Que hay demandas sociales que llegaron para quedarse. Y que ignorarlas puede tener costos políticos concretos. Los intendentes que han emprendido esa tarea, no los únicos, son Nicolas Mantegazza (San Vicente), Federico Otermín (Lomas de Zamora), Federico Achaval (Pilar) y Gastón Granados (Ezeiza).

De allí surge el nombre de “grupo de los cuatro” que no lleva a recordar cuando en 2012 surgió el grupo de los ocho en la provincia que luego fue la base de sustentación territorial del Frente Renovador de Massa. De alguna manera, hay puntos coincidentes entre aquello y lo de ahora. La necesidad de dar una discusión en las formas de la política incorporando las herramientas y las peticiones de los nuevos tiempos. La experiencia de gestión municipal asoma como un activo sobresaliente para dar esa pelea. A este grupo actual, ya se le han sumado otros actores como es el caso de Gustavo Menéndez (Merlo), Juan Pablo De Jesús (Diputado por la quinta sección electoral), Juan Pablo García, actual intendente de Dolores, Alejandro Di Chiara, vicepresidente de la Cámara de Diputados, y Hernán Arranz, actual intendente de Monte Hermoso. Si se observa con lupa, en este grupo hay una coincidencia histórica en su militancia política y en el orden que imperó durante años en el peronismo bonaerense: todos han estado cerca del ex intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde.

En su gran mayoría, estos intendentes además cuentan con una característica que los terminó potenciando para tener independencia a la hora de hacer sentir su voz. Como consecuencia de las internas entre Kicillof y Cristina Kirchner, han quedado afuera de la mayoría de los envíos de obras y recursos por parte de la provincia de Buenos Aires, lo que los ha obligado e impulsado a agudizar el ingenio para no frenar la actividad municipal y poder seguir dando respuesta en tiempos más escasos. Los resultados de las elecciones intermedias le dieron la razón.

CATEGORIAS DEL PASADO

Por el otro, subsisten sectores que siguen leyendo la realidad con las categorías del pasado. Donde la lógica del aparato, la acumulación territorial tradicional y las dinámicas históricas del peronismo siguen siendo las herramientas principales. Son los menos. La realidad es que, más allá de los posicionamientos internos, la gran mayoría de los que tienen responsabilidad de gestión trazan diagnósticos similares. De hecho, gestiones como la de Leonardo Nardini en Malvinas Argentina o Ariel Sujarchuk en Escobar son elogiadas por sus propios colegas, al igual que el gobierno que lleva adelante Julio Alak en La Plata, otro de los que aspira a dar la puja provincial. Esa tensión no siempre se expresa en público. Pero está. Y empieza a ordenar comportamientos. Ahí aparece uno de los puntos centrales del nuevo escenario: los dirigentes que gobiernan territorios ya no pueden abstraerse del clima nacional. La llegada de Milei obliga, incluso a quienes piensan distinto, a incorporar algunas de sus banderas. No por convicción ideológica, sino por necesidad política. El equilibrio fiscal, por ejemplo, dejó de ser una consigna técnica para convertirse en una demanda social. Lo mismo ocurre con la eficiencia del gasto, la reducción de estructuras innecesarias o la exigencia de resultados concretos en la gestión.

En otras palabras: hay un cambio en el contrato entre la política y la sociedad. Y quienes administran municipios lo perciben con claridad. Porque son los primeros en recibir el impacto de ese humor social. Son los que ven cómo cambian las prioridades de los vecinos. Los que escuchan demandas más concretas, menos tolerantes con el exceso y más exigentes con los resultados.

APARECEN GESTOS

Por eso empiezan a aparecer gestos. Discursos que incorporan el orden fiscal. Intendentes que hablan de superávit. Administraciones que buscan mostrar eficiencia. No es casual. Es adaptación. La política territorial, históricamente pragmática, vuelve a mostrar su principal característica: su capacidad de leer el contexto. En ese marco, los movimientos que empiezan a observarse en la provincia -desde el reordenamiento del peronismo hasta la aparición de nuevos espacios o liderazgos- deben leerse bajo esa lógica. No son hechos aislados. Son parte de un proceso de reconfiguración más amplio.

El peronismo bonaerense, por ejemplo, comienza a discutir no solo liderazgos, sino también su forma de vincularse con una sociedad que cambió. La irrupción de nuevas figuras, la reorganización de estructuras y las tensiones internas responden a esa búsqueda. Lo mismo ocurre con espacios emergentes, que intentan construir desde una lógica distinta, más liviana, más flexible, más conectada con ese nuevo clima de época. Incluso dentro del oficialismo nacional, las tensiones internas reflejan esa misma discusión: cómo sostener un rumbo en un contexto donde la política tradicional choca con nuevas expectativas. En el fondo, lo que está ocurriendo es la caída de algunos consensos que durante años ordenaron la política argentina.

POLITICA FRAGMENTADA

La idea de que el Estado podía expandirse sin límites claros. La tolerancia social al déficit., la centralidad absoluta de la política como organizadora de la vida económica. Esos pilares hoy están, al menos, cuestionados. Y aunque el modelo de Milei no sea replicado en todos sus términos, su impacto ya se siente en la forma en la que otros actores empiezan a posicionarse. Porque la política puede resistir. Puede discutir. Puede reinterpretar. Pero difícilmente pueda ignorar. El escenario que empieza a configurarse es el de una política más fragmentada, más dinámica y con internas que ya no responden únicamente a liderazgos, sino a formas de entender el presente. La pregunta de fondo no es solo quién va a construir una alternativa. Es qué tipo de política va a ser capaz de hacerlo.