Cultura
POR CRISTO EL SUFRIMIENTO HUMANO COBRA UNA DIMENSION UNICA

El dolor como tesoro divino

POR TOMÁS I. GONZÁLEZ PONDAL

El latín trae el prefijo “in” el cual habla de negación, de falta de algo, de carencia. Así, por caso, “infértil”, quiere decir lo que carece o no lleva fruto; “ingrávido”, lo que no tiene peso; inmóvil, lo que no tiene movilidad. La dicción “enfermo” viene del término latino “in-firmus” (firmus: firme), esto es, lo que carece de firmeza. Un enfermo entonces es aquél que no está firme en la salud.

El Mesías ha venido a darnos la salud del alma porque no estábamos firmes en ella, es más, estábamos sujetos bajo los lazos del reino de la muerte y la perdición; y en su vida terrena realizó numerosas curaciones de enfermedades corporales para probar su divinidad, su completa y exclusiva potestad para sanar las almas: “¿Qué es más fácil, decir: ‘Te son perdonados los pecados’, o decir: ‘Levántate y camina?’ ¡Y bien! para que sepáis que tiene poder el Hijo del hombre sobre la tierra de perdonar pecados, dijo entonces, al paralítico: ‘Levántate, cárgate la camilla y vete a tu casa’.” (Mt. 9, 4-6). El Salvador encomendó a la Iglesia la conversión –entre otros- de los “infieles”, o sea, lo que no tenían la fe verdadera, la fe católica. Se ve una gran relación entre el “in-firmus” y el “in-fiel”, porque la carencia de la firmeza en la fe verdadera es algo más que una enfermedad para el alma.

LA ENFERMEDAD

 Ilustrado lo anterior, centraré mis siguientes reflexiones en lo que es la enfermedad física. Si un vaso de agua dado a un pequeño a título de discípulo de Jesucristo no quedará sin recompensa, ¿qué será el dolor ofrecido por Él? Tesoro incalculable.

La Encarnación, Crucifixión y muerte de Jesús, hizo que el sufrimiento humano cobrase una dimensión única en Él y por Él. Cristo hace del dolor un tesoro, una fuente de riquezas, tanto para el enfermo como para sus allegados y lejanos: para el enfermo, por lo que tiene que purgar y por lo que puede ayudar (porque es así: se puede ayudar en tal estado); para sus allegados, porque es la posibilidad tan gigantesca a la vez que sencilla de encontrar en el sufriente al mismo Redentor; para los lejanos a este tiempo terreno, porque el dolor ofrecido por las almas del purgatorio no queda inutilizado.

La enfermedad vivida en gracia contribuye a purificarnos, a reparar el daño que ocasionamos con nuestros crímenes cometidos contra Dios, de modo que ese transcurrir la dolencia en indicado estado debe movernos sin parar a dar gracias a ese bondadoso Dios que en su infinita Providencia permite el sufrimiento para que nos acerquemos más a Él.

A su vez, el sufrir estando en estado de gracia es fuente de gracias para otras almas, incluso gracias invisibles de conversión. De ahí que, no debería darse en ningún católico que experimenta enfermedades graves o terminales, expresiones como “soy una carga inútil para los demás”, “solo sirvo para traer problemas”, “conviene que Dios me mande rapido la muerte”; cosas así y semejantes, revelan no estar entendiendo bien la riqueza que tiene el padecer estando unidos al Redentor.

Quienes visitan a un enfermo (les llamé allegados), si su visita es hecha en estado de gracia produce méritos. La visita debe ver en el sufriente a Cristo. Como todo tesoro, también aquí con el dolor hay que ver en lo oculto, en lo que permanece escondido. Y así como quien busca oro debe penetrar en la tierra o en el interior de la mina, así mismo el visitante católico debe ver más lejos que la corteza de barro, y en lo profundo hallará el rostro de Cristo en quien padece. De modo que por esos misterios insondables de los planes divinos, el visitante está de alguna manera visitando a Jesucristo.

PURGATORIO

Hablé también de las benditas ánimas del purgatorio. La enfermedad de cualquier enfermo que está padeciendo en estado de gracia tiene repercusiones hermosas más allá del tiempo; ese dolor ofrecido penetra en el mundo de las almas purgantes y es fuente de alivio para quienes, habiendo muerto en la amistad del Señor, aún les queda por purgar. Parecería como una compensación paradojal: el padecer de unos, aquí, se transforma en dejar de padecer de otros, allá; el ofrecer los agotamientos propios en esta Tierra, en el Purgatorio se transforma en el agotamiento de los pesares ajenos.

Para sacar abundantes frutos de amistad con las almas consabidas, bien puede pensarse en lo siguiente: si en este mundo alguien ayudó a otro a salvar su vida de un atentado, de un incendio, de ahogarse en un río o de asfixiarse con gas, generando con dicha ayuda una unión fortísima y dando lugar a una suerte de deuda eterna del rescatado para con el rescatista, ¿qué decir del eterno agradecimiento que tendrán las benditas almas del Purgatorio para quienes les ayudaron a dejar de sufrir? ¡Qué fuertísimos vínculos, eternos e indestructibles se han de formar!

Cristo ha hecho de la enfermedad humana algo fuera de serie: ha hecho un motivo extraordinario, fenomenalmente maravilloso, para que encontremos su presencia espiritual entre nosotros, claro está, distinta de la presencia real en la Eucaristía. Esa presencia espiritual es una exquisito regalo. ¡Cómo será que nos ama, cómo será que no deja de buscarnos, de querer encontrarnos, de querer compartir su amistad con nosotros, que hasta del dolor hizo causa de encuentro! ¡Cuán deslumbrantes Sus palabras dirigidas a Sus ovejas: “… ‘Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; estaba enfermo, y me visitasteis; estaba preso, y vinisteis a verme’. Entonces los justos le responderán, diciendo: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer, o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forasteros, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?’ Y respondiendo el rey les dirá: ‘En verdad, os digo: en cuanto lo hicisteis a uno solo, el más pequeño de estos mis hermanos, a Mí lo hicisteis’.” (Mateo 25, 35-40).

Es cierto que Jesucristo operó y opera curaciones de enfermedades para que viendo se crea, pero la excepción solo confirma la regla, y la regla sigue siendo para el católico, eso de: “Bienaventurados los que creen sin haber visto”. Tiene más mérito creer en Cristo al verlo en un enfermo, a creer porque un enfermo milagrosamente fue sanado por Él.

SACRILEGIOS

Debo anotar este párrafo que, aunque parezca una digresión, no lo es, ya que está entroncado al tema central objeto de este escrito, eso es, las enfermedades. Sé que será objeto de crítica, incluso más de uno practicará la irrisión. No importa. Una considerable ola de enfermedades mentales tienen sus explicaciones –misteriosas quizá, pero allí debe buscárselas- en las abominaciones que principalmente a partir de 1969 se vinieron a predicar y celebrar en orden a la Divina Eucaristía. Básicamente, con Pablo VI y de él hasta estos tiempos, se dio lugar a los sacrilegios masivos llevados a cabo en el Novus Ordo Missae, y más concretamente con la práctica de la mundialmente extendida comunión en la mano modernista.

Las indiferencias, las irreverencias, las mundanidades, los ultrajes sin cuento con que es tratado el Pan de los ángeles bajo los lineamientos litúrgicos de los reformadores modernistas, abrieron compuertas desconocidas que vinieron a dar lugar a muertes espirituales y a enfermedades muy variadas (mentales y físicas). De hecho, en cierta manera, la apostasía generalizada que se vive, el dar por católico lo que es veneno, es prueba contundente de muerte y enfermedad.

Lo aquí dicho no es cavilación nacida en una opinión, en un desvarío, en un lance, sino que es la aplicación de la sana doctrina que resguarda la fe verdadera: “Pero pruébese cada uno a sí mismo, y así coma el pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe, no haciendo distinción del Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación. Por eso hay entre vosotros muchos débiles y enfermos, y muchos que mueren” (1 Corintios 11, 28-30).

La adoración a la Divina Eucaristía, el respeto debido, el trato cuidadosísimo para con Ella, la lucha por vivir en Su unión, centra la mente, fortalece la voluntad, mueve el corazón debidamente, repercutiendo todo ello en un equilibrio que alcanza a lo físico-psíquico-mental. Lo anterior debe tenerse bien presente; uno debe preguntarse: “-¿cómo comulgo?” No en vano el Apóstol indica: “pruébese cada uno así mismo”.

Y como no faltará el que intente objeciones contra lo aseverado en el párrafo anterior, no están de más las palabras del eximio exegeta Monseñor Juan Straubinger:   “Muchos débiles y enfermos, etc. Vemos cómo S. Pablo observaba ese tristísimo fenómeno de las comuniones sin fruto que hoy notamos en los ambientes mundanos con apariencia de fe, que hallan compatible la unión eucarística con las desnudeces, las conversaciones, las lecturas, los espectáculos y las costumbres del mundo, el cual está condenado (v. 32) y cuyo príncipe es Satanás (Jn. 14, 30 y nota). San Pablo enseña también –cosa ciertamente insospechada– que tal es la causa de muchas enfermedades y aun de muchas muertes corporales y que en esto hemos de ver, no una severidad de Dios, sino al contrario, una misericordia que quiere evitar el castigo eterno”.

EL SALVADOR

Podría decirse que hay una poderosa voz que se alza desde toda cama, desde toda clínica, desde todo hospital, desde toda casa destinada al cuidado del enfermo, y ese grito es la voz del Salvador que expresa: ¡Aquí estoy, venid, miradme! Enfermos los hay en abundancia, nos rodean; en cada uno puede verse a Jesucristo, a Jesucristo asociado al dolor. Es el camino de la cruz, camino del que el Señor nos dio ejemplo y que inexorablemente debemos seguir.

El enfermo se encuentra con una cruz, el visitante del enfermo visita una cruz. Todo católico sabe que el Redentor murió en una cruz; que las cruces son permitidas por Su Providencia; y bien deberíamos saber siempre que el sufriente que acepta la cruz y el que se acerca a ella para acompañar al sufriente, realiza a su manera la prédica paulina: “nosotros predicamos un Cristo crucificado” (1 Corintios 1, 23).

Hoy el sufrimiento (el propio y el ajeno) es rechazado porque es visto como el obstáculo al descomunal confort paradisíaco que el mundo instaló. Hoy el aceptar el sufrimiento como un tesoro de la Providencia, sea para lo que fuere que la Providencia lo esté permitiendo, es considerado una locura, colosal insensatez, incluso entre los mismos católicos. Y tal pensamiento no es más que una visión que reaviva el paganismo, de ahí que también caben las palabras de San Pablo: “Predicamos a un Cristo crucificado, para los judíos, escándalo; para los gentiles, insensatez” (1 Corintios 1, 23).

Visitar, cuidar, asistir a los enfermos es una de las siete obras de misericordia corporales, una obra de caridad. Si a eso le sumamos que “la caridad cubre multitud de pecados” (1 Pedro 4, 8), ¿cómo no ver el descomunal tesoro al que el Divino Amigo nos convoca a considerar, a descubrir y a participar?