Cultura
LOS MEJORES CUENTOS DE FERNANDO SORRENTINO

El arte del buen fabular



Si no conectas con los cuentos es que no estás leyendo los apropiados, sentenció Samanta Schweblin días atrás en una entrevista con la agencia EFE. La frase de esa gran cuentista argentina, radicada en Berlín desde hace 13 años, no sólo es bella también es precisa. El cuento es una forma consustancial a la naturaleza humana (la novela siempre será el divertimento de una élite); nos conecta con las narraciones escuchadas con deleite o con pavor al calor de una lumbre en una cueva. La brevedad torna esencial a la historia (¿a quién no le gusta que le relaten una buena historia?) y magnifica la belleza -o la flaqueza- de una prosa. Aquí venimos, pues a elogiar una recopilación de cuentos.

Con premeditación y alevosía (Editorial Luvina, 249 páginas) es el fruto de una vida dedicada a las letras. El lector de este diario conoce a Fernando Sorrentino (Buenos Aires, 1942). Su talento ennoblece dos columnas: “Acuarelas porteñas” y “La belleza de los libros”. Ambos títulos resumen rasgos primordiales de su obra de ficción.

El profesor Sorrentino reunió veintidós cuentos publicados aquí y allá (uno en La Prensa). El hilo dorado de la composición -advierte al principio- es "el placer de fabular". Así se explica: "Confieso mi aversión hacia los relatos ‘filosóficos’ y o 'psicológicos', y mi devoción por los hechos curiosos, extraños, insólitos, fantásticos..., y por toda combinación que pueda hacerse de estas características. Desde mi más tierna edad me ha encantado que me cuenten historias con peripecias y pormenores, y que esas historias sean interesantes en el sentido más cabal de la palabra: que interesen, que no aburran".

El volumen, aunque desparejo, alcanza cimas luminosas, en especial en los textos más largos. Es el caso de 'Cuaderno del ingeniero Sismondi'. La influencia de Kafka es notoria. El autor concibe una pesadilla de seis kilómetros cuadrados llamada "República Autónoma". Ni se le ocurra visitarla.

RIQUEZA CREATIVA

Sorrentino, destacado polígrafo, exhibe riqueza creativa. En general, demuestra una gran ductilidad, como esos mediocampistas que le encantan a Lionel Scaloni. Sabe darle voz a un loco ('Carta a Graciela Conforte de Sicardi', 'En espera de una definición’) y a una mujer pedante ('El poder de la palabra'). Sabe introducir con delicadeza el elemento fantástico ('Cosas de vieja', 'La biblioteca de Mabel'). Sabe retratar la fauna arquetípica de la oficina ('Crimen y castigo').

Otro punto alto del libro es la evocación de un pasado feliz, casi idílico, cuando el hoy presumido Palermo Hollywood era un barrio "grisáceo y pobre" y los pibes jugaban a la pelota en los lindes de Colegiales ('Con la de palo', 'El conde', 'Panceta, Homo Fabulator'). Debería el autor emprender lo que promete en la página 215: escribir una mitología de la calle Costa Rica.

Otro rasgo de plasticidad que debe mencionarse es el manejo del absurdo. En algún punto, Sorrentino parece ser un continuador de Macedonio Fernández. Inventó lagartijas que juegan al fútbol, corderos vengadores, escorpiones pensantes, ranforrincos que evolucionan desde el caucho. Imaginó que un canalla adinerado es devorado por gatos; imaginó la obsesión fatal de un comerciante español de la avenida Cabildo. 'Los reyes de la fiesta' es el único cuento desagradable: debió ser sutil, pero erró el camino y se degradó en grotesco repugnante.

Del estilo siempre hay algo que decir. Elegancia es un sustantivo que le sienta muy bien a Sorrentino. Es un artesano de la palabra justa, un rescatista del vocablo que no debería haber caído en desuso. Nos persuade de que los arcaísmos ceremoniosos suenan bien en el siglo XXI. Las frases, por cierto, fluyen sin esfuerzo.

El escritor advierte al final sobre la futilidad de buscar simbolismos en sus fábulas más raras. Coincidimos en este punto. He aquí uno de esos libros en los que conviene abandonarse al goce de la lectura.