Esta columna de hoy les explicará porque el arroyo Maldonado, un curso de agua, que corre bajo la Av. Juan B. Justo, se denomina Maldonado.
Nos dice la periodista Silvia Long: Cuando en 1536, Pedro de Mendoza fundó lo que sería nuestra ciudad capital, Buenos Aires no era más que un grupo de chozas encerradas dentro de una empalizada, que las protegía de los malones y de las fieras.
Más allá de esa jaula de madera, se extendía una inmensa llanura, la pampa, una especie de desierto inhóspito, dominado por los indios.
A la distancia, existía un arroyo, que corría y crecía con las lluvias, y que inundaba grandes extensiones de suelo.
Un arroyo todavía sin nombre, no tenía la menor importancia para ese pequeño contingente, de seres esperanzados, otros hambrientos, también ricos venidos a menos, ladrones, y algunas mujeres también.
Pero este pequeño grupo de habitantes, pronto se vio debatiéndo entre la miseria, el hambre y los peligros que entrañaban las flechas y las enfermedades.
Ya no había que comer. Los indios, al principio obsequiosos, se tornaron agresivos, quizás razonablemente. Y para coronar el drama que vivían, les llegó la viruela y con ella la muerte.
En el puerto de Sanlúcar de Barrameda, España, de donde partió Cristóbal Colón, en su tercer viaje, se incorporó a la expedición de Pedro de Mendoza, una mujer.
Como enloquecida por el horror que le tocaba de vivir en estas tierras, en una ocasión corrió, dando gritos de espanto hacia la empalizada; abrió la tranquera, hecho que estaba prohibido, y tomó el camino de la pampa, que muchos años después, sería el hogar de nuestros gauchos.
Maldonado era precisamente el apellido de esa mujer.
Aclaro que pampa, en algunas lenguas indígenas, significa llanura infinita, sin árboles.
En la desesperación de la joven por salvar su vida, caminó kilómetros, hasta encontrar una especie de cueva, junto a un arroyo, pero de inmediato, vencida por la debilidad y el esfuerzo, perdió el conocimiento.
No tardó mucho en recobrarlo, cuando oyó los rugidos de un puma hembra, que se encontraba a punto de parir.
La mujer; ante esa escena, se acercó cautelosa y en un acto, tal vez difícil de comprender; ayudó al animal a dar a luz a su cría.
Según se dice, de ahí en más, la madre puma compartió con la mujer, el alimento que traía para su cría.
Al tiempo, los indios que merodeaban el lugar, la vieron paseando con el animal y sus cachorros. Quedaron realmente sorprendidos. Desde ese momento sintieron gran respeto por esa mujer que no temía a las fieras.
Pero un día, la Maldonado fue capturada por soldados del fuerte, que habían salido con la misión de encontrar alimentos.
Recordemos que ella había violado la prohibición de alejarse del campamento. Devuelta al poblado, se la condenó a ser atada a un árbol cercano al arroyo para que la devoraran las fieras.
Enorme sorpresa se llevaron los españoles, cuando, días después, encontraron a la mujer con vida.
La madre puma la había protegido de otras alimañas y también la había alimentado.
Puesto en conocimiento del hecho, don Pedro de Mendoza y habiendo comprobado personalmente el extraño episodio, dispuso el perdón de la joven y ordenó que se la liberara.
Desde entonces, ese arroyo, hoy en día entubado bajo la avenida Juan B. Justo, fue conocido con el nombre de Maldonado.
Este hecho, que me pareció muy emotivo, revela la comprensión entre la mujer y el puma en trance de ser madre y del posterior agradecimiento del animal.
Porque este sentimiento, la gratitud, se da en los animales en una proporción mucho mayor que en el hombre, circunstancia que nos cuesta aceptar.
Y un aforismo final sobre la gratitud que todos hemos palpado reiteradamente, en el perro por ejemplo: “La lealtad de muchos animales no se modifica por la deslealtad… de sus amos”.