Anoche se anunció la mil veces anticipada eyección del jefe de Gabinete, Manuel Adorni. Esta vez fue más que una expresión de deseos periodísticos: se cumplió. Significó una derrota para Javier Milei y un recordatorio de que para ser reelecto necesita mejorar la gestión política. Obligó a todo su gabinete a solidarizarse con Adorni para terminar defenestrándolo.
Aunque parezca contraintuitivo, resolver la crisis económica no le alcanza a Milei para ganar en 2027, porque es ajeno al sistema político y tiene a todas las corporaciones en contra. Le alcanzó en los 80 a Carlos Menem porque pertenecía al régimen. Tan evidente es la diferencia entre ambos casos que, en ausencia de una oposición operativa, terminaron torciéndole el brazo los medios.
Otro hecho sin antecedentes es que el sismo provocado por el sorpresivo éxito electoral del libertario reconfiguró tanto al oficialismo como a la oposición y esto, a su vez, ha transformado al Congreso en una suerte de babel impredecible, ralentando su funcionamiento.
La semana que acaba de terminar dejó a la vista la magnitud del error de los Milei de defender a Adorni más allá de toda lógica de poder. La hermana del Presidente desautorizó la estrategia de Patricia Bullrich que consistía en deshacerse del funcionario forzándolo a presentarse ante el Senado. La senadora quería terminar con la pesadilla porque sabía que si el Presidente no echaba a Adorni, el Congreso terminaría arrancándoselo, lo que generaría una crisis institucional.
Pero Karina Milei insistió. Convocó a los senadores propios y encuadró a la amplia mayoría. Posaron por tandas para la foto con el político más golpeado de la Argentina. Una verdadera masacre hacerles pagar el costo de solidarizarse con un muerto político. (Ver “Susto en la Rosada” en VISTO Y OÍDO).
Sin embargo y debido a la anarquía general del sistema político, la maniobra de Bullrich para lograr el aplazamiento de la interpelación que exigía Karina Milei terminó exponiendo también las incongruencias del peronismo. El bloque libertario había convocado a sesión para el jueves pasado. Encabezaba el temario la interpelación que Bullrich quería enviar a la Comisión de Asuntos Constitucionales para aplazar lo inevitable.
Libertarios y aliados esperaron junto a sus bancas al peronismo que se había concentrado en un salón contiguo al recinto de la Cámara alta, pero nunca se animó a entrar. La sesión fracasó y Adorni obtuvo dos días de sobrevida en un corredor de la muerte de mano única. La ejecución fue 48 horas más tarde.
Por su parte, el peronismo tuvo a su alcance el escenario para vapulearlo y anotarse un triunfo, pero no se animó. José Mayans era el vivo retrato de la desorientación.
El principal problema del PJ no es de todas maneras Adorni, sino el enfrentamiento entre el kirchnerismo y Axel Kicillof que escaló con el discurso de Máximo Kirchner en el acto por el aniversario de la condena judicial de su madre. En esa proclama volvió casi imposible un acuerdo con el gobernador. Anunció que impulsará un nuevo default y el restablecimiento de la política económica que llevó a la crisis de 2023. También que no se aliará con quien pretenda negociar con el FMI. Frente a condicionamientos semejantes, exigirle a Kicillof que indulte a la expresidenta representa una nimiedad.
Tampoco el problema de Kicillof se reduce a los discursos del jefe de La Cámpora. El Senado bonaerense estuvo cerrado desde el año pasado porque se temía que su apertura lo convirtiera en el ring de la interna peronista. El temor se demostró fundado, porque en la primera sesión Sergio Berni y Mario Ishii atacaron con tanta dureza al gobernador que la presidenta del cuerpo, Verónica Magario, les cortó el micrófono. La unidad parece más lejos que nunca.
La disgregación, en rigor, alcanza a casi todas las fuerzas políticas competitivas. Otro caso ostensible es el del PRO que terminó colaborando con Milei, mientras no paraba de soltar proclamas “republicanas” de credibilidad cero. Lo denunció con todas las letras Esteban Bullrich en una carta de renuncia al partido en la que dijo lo que el 99% de los macristas que no siguen viviendo del Estado piensa, pero calla.
Los radicales no escapan tampoco a la anarquía a la que los empujan los acuerdos parlamentarios con el Gobierno. Mientras los que disponen de poder territorial colaboran con Milei de manera invariable, otros se entretienen practicando una oposición supuestamente anticorrupción, mientras votan alegremente junto a los K.
De manera sorprendente ese caos político no afecta a la economía, ni paraliza aún la gobernabilidad y las tareas del Congreso. Pero ha convertido a este último en un laberinto en el que para cada ley hay que encontrar un nuevo camino.