Ciencia y Salud

Educar en la verdad, un antídoto contra la decadencia de la Medicina

El cirujano torácico, Hugo Esteva, que será incorporado como miembro de la Academia Nacional de Medicina en noviembre próximo, analiza la deshumanización de la relación médico-paciente, la mercantilización de la profesión y la injerencia de los laboratorios. Resalta la importancia de la palabra a la hora de curar.

Los motivos de la incorporación del doctor Hugo Esteva a la Academia Nacional de Medicina pueden resultar obvios con tal solo repasar los hitos que forman parte de su extensa trayectoria, de más de 50 años (ver recuadro). Pero muy probablemente no hayan sido éstos los únicos motivos que le granjearon el sitial que ocupará en la sociedad médica más prestigiosa y antigua del país a partir de noviembre próximo. Además de su vasto currículum, Esteva cuenta en su haber con una cualidad cada vez más difícil de encontrar por estos días: la de ser un “médico como los de antes”. Aquel que mira a sus pacientes a los ojos y que, antes de escupir un posible diagnóstico preocupante, procura calmar la angustia de quien llegó a su consultorio para aliviar el mal que lo aqueja. Esteva elige cuidadosamente las palabras con las que les habla porque sabe del poder devastador que tienen las expresiones desalentadoras en la persona enferma. Ya desde sus primeros años de médico, y como hombre de Fe, este referente en cirugía torácica no ha dejado nunca de lado la humanidad en el ejercicio de la profesión y ha sabido encontrar tempranamente virtudes como la caridad, la esperanza y la fe, encarnadas en sus pacientes.
Es por eso que en tiempos en que la medicina y el vínculo médico-paciente parecen atravesar una crisis que se agrava, escuchar la voz de quienes han sabido honrar la profesión es más necesario que nunca. Sobre estos aspectos, Esteva dialogó con La Prensa, en una conversación que sin dudas guarda particular valor no solo para los médicos jóvenes y estudiantes de Medicina sino también para quienes como pacientes intentamos descifrar los signos de ‘un buen médico’ en los tiempos que nos tocan vivir.
-¿En qué aspectos mejoró y en cuáles empeoró la medicina desde que comenzó a ejercer la medicina hasta el día de hoy?
-En algunos aspectos técnicos no cabe la menor duda de que hemos ganado mucho terreno. Si usted piensa lo que significa, por ejemplo, para un neurocirujano, poder ver dónde está una lesión a través de una tomografía computada o de una resonancia magnética nuclear de cerebro respecto de lo que era antes, que había que ‘adivinarlo’, por así decir, encontrarlo a través del examen físico, puramente del examen neurológico y dependiendo en gran medida del neurólogo, se dará cuenta de que es el día y la noche.
Una cosa es saber por qué falla tal reflejo, o pasa tal otra cosa, o por qué tal movimiento está limitado y entonces conocer la vía neurológica o neuro anatómica. Y otra es ver dónde está la lesión y saber cuál es el camino más directo y que menos problemas puede traer para llegar hasta esa lesión.
El crecimiento, por ejemplo, de la oftalmología, que es el día y la noche… He visto pocas profesiones que hayan explotado, por así decir, como la kinesioterapia. Hoy por hoy los kinesiólogos en las terapias intensivas son los que mejor manejan los respiradores. Cuando nosotros hacíamos trasplantes de pulmón, me interesaba más oír la opinión de la kinesióloga que, por ahí, la de los residentes médicos que estaban cuidando el enfermo. Porque el kinesiólogo está encima del enfermo, conoce los detalles.
Son tres ejemplos que pongo, pero podría poner 1.000. Podría decir las mejorías de mi propia especialidad. Porque una cosa es operar con el enfermo abierto, y lo voy a decir vulgarmente, como un pollo de punta a punta a través de un espacio intercostal, y otra cosa es ingresar por pequeñas incisiones, que después dejan mucha menos secuela, gracias a la videotoracoscopía, es decir, el empleo de ópticas. Así que, desde el punto de vista técnico, no me cabe la menor duda de que nuestra profesión ha recibido una ayuda fundamental.
Ahora, de ahí a que haya mejorado en su conjunto como profesión, esto es una cosa mucho más discutible. Porque creo que desde el punto de vista de la educación médica y desde el punto de vista del bagaje espiritual que debe haber detrás de un médico, las cosas se han reducido y le diría que han ido para atrás.
Le voy a poner un ejemplo. Hace unos pocos días me comenta una alumna del ciclo superior, del ciclo clínico de Medicina, que está estudiando en el Hospital de Clínicas (el que fue mi hospital durante años de años) que ellos van dos veces por semana al hospital. Nosotros íbamos todos los santos días, todos los días hábiles de la semana y a veces podíamos quedarnos a la tarde. En su momento, el doctor Santas organizó un sistema por el cual los alumnos podían quedarse trabajando con los residentes por las tardes y muchos lo hacían. Se embebían de otra manera en la realidad de los enfermos. Usted se imagina que, siendo montones, porque ha aumentado enormemente la cantidad de alumnos, y pudiendo ir muy fragmentariamente, tienen una idea lejanísima de los enfermos. Nunca fue perfecta, es cierto. Lo que se llamó la Unidad Hospitalaria fue menos de lo que la proyectaron quienes fueron los creadores, efectivamente. Pero ahora es menos.

- ¿Y esto se debe fundamentalmente al desequilibrio entre cantidad de estudiantes y centros posibles donde hacer las prácticas?

-Claro. Hace unos pocos días hicimos una reunión para discutir estos temas de la medicina actual y de la educación médica. Y allí se dijo que había 12.000 alumnos en la entrada de la facultad de Medicina. Es un disparate. Porque en su momento, cuando fue decano el doctor Salomón Schächter, que es un señor de la Medicina, organizador, capaz, en ese momento él hizo hacer un estudio por alguien que estaba más bien en la vereda de enfrente de su pensamiento -así de objetivo quiso ser Schächter-. Y consiguió que se estudiara cuál era el número que podía recibirse de alumnos. El número posible, ni siquiera ideal, de alumnos en la facultad no debía superar los 700 para ingresar a primer año. Entonces, que haya 12.000 es un disparate.

Habían llegado a ese número examinando las posibilidades de educar, no solo de la Facultad de Medicina y por tanto del Hospital de Clínicas, sino también de todos los hospitales asociados en Buenos Aires y los del Gran Buenos Aires. Ese era el número para enseñar discretamente.

- Mencionaba también la falencia en lo que es la dimensión espiritual. ¿A qué se refiere con eso?
-¿Qué quiero decir? Eso no es solo en la Argentina. En la Argentina lo estamos empezando a sufrir, pero esto viene de la mentalidad anglosajona en la Medicina. A partir de los años 50, al final de la Segunda Guerra Mundial, el enfermo se transformó en un consumidor y el médico en un prestador. Prestador que enseguida fue cambiado por organizaciones que prestan servicios médicos, donde el médico es un empleado de la obra social o de la prepaga. Esto acompañado por la idea de que había un ‘paternalismo’ contra el cual hay que estar. Y escriben todos los libros de bioética contra el paternalismo, diciendo que debe ser reemplazado por la autonomía del enfermo. Para mí, esa es la diferencia entre armonía -que se daba en una relación médico-enfermo lógica-, porque el médico sabe más que el enfermo. Como el ingeniero sabe más que el que quiere levantar un edificio, como cualquier profesional está en condiciones de explicar lo que hace de una manera que no puede siempre ni comprender, ni mucho menos inventar, el que va a recibir ese servicio.
Entonces, esa armonía se transforma en conflicto directo o indirecto. ¿Por qué? Porque, entre otras cosas, el médico cada vez se ve más apretado porque los medios de comunicación, la comunicación fácil, la internet y demás instruyen al paciente, cosa que está bien. Pero una cosa es que lo instruya y otra cosa es que lo horizontalice. Es un disparate la horizontalidad entre uno que sabe y otro que no sabe. ¿Y sabe a qué da lugar esto? A angustia. ¿Por qué? Porque el médico para cuidarse habla más de lo que tiene que hablar. Y en lugar de transmitir conductas, transmite su propia elucubración. Frente a un enfermo, yo tengo la obligación de pensar en todas las posibilidades diagnósticas, pero no tengo derecho a transmitirle al enfermo las más desahuciantes, las más angustiantes, hasta el momento en que sé positivamente que tiene tal o cual cosa y que hay que tomar tal o cual conducta. Pero, mientras tanto, ese diálogo es un diálogo en el que caen muchos de mis colegas que empiezan a decir “Porque esto podría ser tal cosa o tal otra”. Y el enfermo se va de la consulta más muerto que vivo, más enfermo de lo que entró. Y, a veces, lo que tiene después resulta mucho menos grave.
- Esto implica una deshumanización en el vínculo entre médico y paciente.
- Absolutamente. Y se ha metido dentro de ese vínculo la economía y se ha metido el control hasta a través de la inteligencia artificial. El médico empieza a cubrirse discutiendo los diagnósticos frente a los enfermos. Se ha olvidado de lo que se llamaba la ‘mentira piadosa’ o ‘mentira vital’, como le decía Osvaldo Loudet, que fue un gran educador médico argentino. Y se ha perdido algo que enseñó, entre otros, una médica, una psicóloga europea, pero afincada en Estados Unidos, que se llama Elisabeth Kübler-Ross. Uno de sus libros se transformó en un bestseller, titulado ‘Sobre la muerte y el morir’. Esta mujer que empezó a escribir en los años 70, 80, se transformó en una especie de “filósofa de la medicina” y ella decía que nunca hay que desahuciar al enfermo. Que hay que hablar con el enfermo, que no hay que dejar de escucharlo. Ahora el médico mira la computadora y no al enfermo. No contesta. Bueno, eso es deshumanización.
-Hay quienes afirman que el médico puede curar con la palabra.
- Absolutamente, con la actitud. Porque un gran porcentaje de las enfermedades corresponde a la preocupación que la enfermedad causa en el enfermo y en la familia. Porque cuando una familia es armoniosa y se enferma un miembro de la familia, está toda la familia enferma. Entonces el médico tiene que tener tiempo, paciencia y cierto arte para charlar con la familia también. Y apoyarse en la familia, en todo caso, para hacerse “cómplices”, para no decirle ciertas cosas al enfermo antes de tiempo. Pero, por otro lado, decirlo con cierta caridad. Porque uno le está tirando piedras a la familia cuando le dice “Este enfermo tiene un cáncer”. Cáncer, en el lenguaje popular, es muerte y mala muerte. En nuestro lenguaje, es un enemigo al que hay que enfrentar y que muchas veces logramos postergarlo o vencerlo. Si yo le tengo que decir a un enfermo que lo voy a tener que operar, no hace falta que le esté revolviendo la cabeza con la palabra cáncer, cáncer, cáncer. No. Le puedo decir “tiene una lesión que no parece buena”… Hay mil modos. Pero fíjese, no es un invento nuestro. En Estados Unidos hay estudiosos de la relación médico- enfermo y de la situación médica, que dicen que es un problema grande la medicina gerenciada, el ‘managed care’, y que transforma a los médicos en ‘gatekeepers’, es decir, tipos que están cuidando la economía, no del enfermo ni la propia, la de la empresa. Eso es una cosa muy, muy, embromada.

- Trasladándolo a la situación que acabamos de vivir con el covid, ¿qué evaluación hace sobre el manejo que hubo en cuanto a los pacientes que probablemente murieron de miedo por el hecho de que les dieron ese diagnóstico, teniendo en cuenta lo que fue la comunicación sobre esta enfermedad?… gente que quedaba aislada en un hospital con ese diagnóstico, los familiares alejados.
- Veámoslo retrospectivamente. Que haya tomado enormes cartas en el asunto, buscando popularidad, un presidente de la República que básicamente ha usado y usa la hipocresía para comunicarse con el país que tiene que gobernar, le dice todo. Usted ve los falsos especialistas que aparecieron… Hay uno que es emblemático: ahí está el señor Pedro Cahn, que apareció y desapareció. Parecía el General San Martín del cuidado de los enfermos… ya había hecho otro tanto y una fortuna con el SIDA, sin él correr jamás riesgo, como sí lo corríamos los cirujanos que hacíamos las biopsias. Estos otros inventaron sociedades, institutos, y que vivieron del SIDA y quisieron vivir o vivieron, no sé exacto cómo son sus números, del covid. Pero que mis colegas se han roto el alma, sobre todo los colegas jóvenes, tratando enfermos, que sí tenían alto riesgo de contagiar, eso pasó y es muy bueno. No quiero decir heroico, pero es lo que corresponde a un médico. Los médicos se jugaron, los médicos activos, los médicos asistenciales… Pero ha habido también cada macaneador que hizo negocios con las vacunas, con esto, con lo otro... ya lo sabemos. De manera tal que creo que el manejo, en general, fue de un miedo excesivo, de una serie de prohibiciones que venían desde la OMS. Le doy solo este dato: ¿Usted sabe cómo se supo que la enfermedad tenía aspectos generalizados, que provocaba lesión pulmonar del intersticio pulmonar y que daba lugar particularmente a lo que se llama la coagulación intravascular diseminada? Gracias a que en Italia empezaron a hacer autopsias, que estaban prohibidas por los señores de la OMS, que son una manga de burócratas. Esos burócratas hacen un daño bárbaro porque no conocen los enfermos, no ven los enfermos, no saben… porque el saber en medicina es hacer.

- ¿Cuál es en la actualidad la injerencia que tiene la industria farmacéutica en el ejercicio de la medicina?

- Es muchísima. Puedo hablar con la distancia propia de la cirugía, porque yo no receto más nada. Hace veintipico de años que no me visita un visitador médico. De manera tal que estoy absolutamente libre para decir esto que digo. Creo que los laboratorios, como necesitan vender, hacen propaganda buena y no tan buena de lo que van a vender. Y utilizan el oncoturismo, el neumoturismo y demás para tentar a los médicos. Estudian cuánto receta uno y cuánto receta el otro. Los hacen visitar el mundo detrás de los congresos. Que es necesario el apoyo de los laboratorios para los congresos y todo eso, y que en los congresos uno aprende, no tengo la menor duda. Pero son sitios a controlar, a tener en cuenta, porque se inventa mucho y no es solo de acá.
-Es un fenómeno mundial. También se ha visto que la industria farmacéutica tiene una gran injerencia en el ámbito de la investigación científica y de las publicaciones, cosa que tampoco es menor, porque las publicaciones son tomadas como referencia del médico muchas veces para guiar su conducta.
- Desde ya. Las principales revistas del mundo, de tanto en tanto no tienen más remedio que aceptar que han publicado trabajos sin la suficiente validez científica. Eso es una realidad. Y hablo de las número uno.

- ¿Qué solución hay, teniendo en cuenta que la industria farmacéutica está entre las más poderosas? ¿Puede haber independencia cuando el poderío que tiene es tan grande?

-¿Hay solución para que el hombre no mienta? La cuestión es educar en la verdad. Es la única forma. Educar en la verdad. Y, en ese sentido, la Academia Nacional de Medicina, así como muchas otras sociedades científicas, se ha mantenido y se mantiene en la verdad. La Academia defiende la vida como se debe, a pesar de la fuerza que hace toda la sinvergüencería que hay detrás de la manipulación de embriones, manipulación de la vida y de la muerte, que existe en la medicina actual y que tiene una fuerza económica enorme.

- ¿Qué reflexión hace sobre el hecho de que se haya impuesto la intervención de la medicina en procedimientos que llevan a la muerte, como la eutanasia o el aborto?

- Me parece que es la negación de la medicina. Nosotros nos hemos educado para la vida, no para la muerte. Para tratar de hacer vivir dentro de lo razonable… vamos aprendiendo a mejorar y, como consecuencia, prolongar la vida. La vida no nos pertenece. En mi caso, yo sé que le pertenece a Dios. Pero más allá de eso, si no tuviera fe, tendría que decir que la vida no le pertenece al hombre, la vida le pertenece al orden natural. Hay que respetar el orden natural. ¿Qué novedad es la ecología? Cuando hemos aprendido que lo que corresponde es el respeto del orden natural. El orden natural es la vida, que empieza con la unión de dos gametos, el masculino y el femenino, y termina cuando Dios quiere. Termina con, por así decir, el último suspiro.

-¿Y qué hay de la intervención médica en procedimientos para el cambio de género, muchas veces con altos riesgos asociados o incluso consecuencias funestas para la salud mental?
-La síntesis es lo que dije antes: el respeto del orden natural. El hombre nace hombre, la mujer nace mujer y así ha querido Dios y la naturaleza a favor de la reproducción del género humano, como consecuencia del amor humano entre un hombre y una mujer, si es posible con una familia bien constituida y estable. Y, por otra parte, de una manera más general, el amor al prójimo que implica el respeto por su vida y por cómo es y qué es. Hoy por hoy uno está viviendo la propaganda, el proselitismo, para lo antinatural, que es la homosexualidad, que se va generalizando… No hay derecho a que en nombre de esas cosas se modifique o se esté presionando sobre los chicos, sobre los adolescentes. Le hacen propaganda a favor de la homosexualidad en los colegios. Y muchas veces ni siquiera por los propios homosexuales, sino por gente que está enajenada espiritualmente o intelectualmente. Dicen que “hay que ser tolerantes” y bajo la palabra tolerante se acepta cualquier cosa.

- Mucha de esta gente enajenada es víctima de otras con diferentes tipos de intereses detrás, como el económico…
- Ni hablar. Tanto de parte de los que los utilizan después a estos tipos que pierden el sentido del norte y el sur, como también de los propios médicos y de las instituciones que hacen su vivir de estas falsas transformaciones. Un hombre no se transforma en una mujer y una mujer no se transforma en hombre. Se transforma en una cosa rara, que da lugar a estas angustias y el altísimo porcentaje de suicidios. ¿Por qué? Porque este asunto no se resuelve con amputarle las mamas a una chica que se quiere ser varón y darle hormonas masculinas.
- ¿Cree que medicina y fe están cada vez más en tensión?
- Creo que verdadera medicina y verdadera fe están en armonía. Así ha sido para mí en 50 años de ejercicio de la profesión. He visto tan de cerca la fe y la buena fe de los enfermos, y de muchos médicos, que creo que la verdadera fe es armoniosa con la medicina. Pero también sé que se las contrapone pero con un mal espíritu.
- Hace poco una médica a la que entrevisté postulaba que los chequeos médicos innecesarios son una fábrica de enfermos. ¿Es así?
- Creo que los chequeos médicos -sin exagerar- deben hacerse a partir de cierta edad. Que un enfermo se haga una videocolonoscopia, corresponde porque un tumor del colon puede estar asintomático durante mucho tiempo y el día que da síntomas ya no tiene arreglo. Lo mismo pasa con un tumor de pulmón. Pero no tiene que volverse loco con chequeos para un tumor de pulmón alguien que no fumó en toda su vida. Alguien que ha sido un gran fumador tiene que hacerse chequeos de salud porque surgen lesiones que se pueden cuidar. Todo esto requiere equilibrio y honestidad. De eso no se habla en la universidad. Detrás de la bioética y de la pseudoenseñanza hay mucho macaneo, hay mucha discriminación en contra del pensamiento tradicional de la medicina, que ha sido paternalista. Y bienvenido el paternalismo. Porque el día que uno esté enfermo uno quiere que el médico se comporte lo más cercano a un buen padre. No que sea un hombre que mira la computadora y le larga diagnósticos y que cada palabra es más devastadora que la otra.
- A pesar de este panorama que está describiendo, ¿hay posibilidades en el mundo actual de revertir o cambiar el rumbo que tiene actualmente la medicina para volver a esa medicina paternalista, a esa relación de confianza entre médico-paciente?
- Creo en Dios y si bien creo que vamos hacia el fin del mundo, porque el mundo no va a ser eterno, creo que no podemos decir nunca ‘este es el fin del mundo’, ‘esto es irreversible’. Porque me pongo en el lugar de los que vivieron antes que nosotros. Creo que el hombre hasta el último día va a tener posibilidades de redención y el último hombre va a poder elegir entre el bien y el mal. En lo particular, tengo esperanza. Mire cuánta tendré que estoy chocho de tener un nieto que está haciendo su residencia de cirugía en un muy buen hospital de Estados Unidos. De manera tal que estamos hablando de un modo general, en lo particular, mucha gente puede hacer las cosas bien todavía.

 

VIRTUDES  ENCARNADAS

Hugo Esteva

(Las anécdotas relatadas aquí tuvieron lugar entre 1974 y 1976 cuando, terminada mi residencia de Cirugía, fui a trabajar a Concordia, en la provincia de Entre Ríos)


FE
Con la limitación de estudios por imágenes y de exámenes funcionales propia de la época, tuve que decidir la resección del pulmón izquierdo destruido de una chica de 12 años, que la mantenía permanentemente infectada y a quien conocí a raíz de una recaída grave.
Basé la decisión en un estudio radiográfico precario que mostraba groseras dilataciones bronquiales probablemente congénitas, sin lesiones anatómicas evidentes en el pulmón contralateral. No había ya posibilidades de seguir con el tratamiento médico de esa verdadera “bolsa de pus”. Como entonces no contaba con la posibilidad de realizar más exámenes funcionales respiratorios que el inespecífico “test” de subir un piso por la escalera, debí confiar en la presunción clínica de que ese mal pulmón, sin ninguna zona rescatable, no sólo no contribuía con el intercambio gaseoso sino que debía provocar trastornos circulatorios, agravando la situación funcional. La niña –cuya madre la criaba sola, trabajando como mucama- era por lo demás sana, aunque de reducido crecimiento y del color pálido terroso propio de quien sufre una infección crónica.
Tuvimos suerte porque a los pocos meses de un postoperatorio sin sobresaltos había ganado peso, altura y color, y había tenido su desarrollo sexual. Un par de años después era una muy linda mujercita. Entonces sobrevino el problema.
Instalado de nuevo en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires supe, durante una visita social a Concordia, que la chica había quedado embarazada y los especialistas le habían propuesto un aborto a raíz de que le faltaba un pulmón. Su médico de cabecera, gran amigo mío, dudaba sobre la indicación de esta posible “interrupción terapéutica” del embarazo y me lo planteó. No estoy de acuerdo en general con el aborto y menos lo hubiera recomendado en este caso donde no había siquiera un correcto estudio funcional respiratorio, de modo que –con poca esperanza por las dificultades de la paciente para viajar- sugerí al prudente colega que seguía clínicamente a la joven una consulta neumonológica en mi hospital porteño.
Pocos días después tuve la alegría de recibirla, dispuesta a ser evaluada. Había viajado sola y se iba a alojar en casa de una familia conocida.
Conmovido por una situación no común y tratando de alentar a la chica, me adelanté a pronosticarle que su condición clínica iba a permitir seguir con el embarazo y que sólo si los exámenes funcionales eran muy malos íbamos a pensar en la interrupción. La muchacha no me dejó seguir:
- Doctor, yo no me voy a hacer un aborto –me dijo.
Sentí una emoción que no debo haber sido capaz de disimular y -más que nada para disfrazar mi turbación y llenar el vacío- me sorprendí respondiéndole algo totalmente convencional, como suele pasar cuando uno está conmovido:
- Te felicito, vas a ver que todo va a salir bien, que te vas a casar y criar bien a tu chiquito.
- Doctor, yo no me voy a casar –siguió. Y enseguida:
- Mi novio no merece que nos casemos.
Por supuesto, quedé sin palabras, demudado por la entereza de una quinceañera. Después todo fue más fácil. La espirometría no resultó alarmante y, atendida por nuestros obstetras especializados en partos de alto riesgo, la paciente tuvo una lindísima beba por vía natural, sin sobresaltos. Su visita, semanas después, con la chiquita en brazos fue una fiesta en el Consultorio Externo de Cirugía.
Cuatro o cinco años más tarde volvió al hospital, preocupada porque había tenido expectoración y fiebre. El cuadro se resolvió sencillamente. Para entonces el pulmón restante había compensado por completo la pérdida. Para nuestra sorpresa su examen funcional correspondía al cien por ciento de lo esperable para su talla y su edad.
Pero esta vez no había venido sola. La acompañaban su marido –un muchacho de mirada luminosa que había adoptado a la primera hija- y los otros dos chicos que habían tenido desde entonces.  

*
ESPERANZA
Uno de mis ex – profesores del Instituto Angel H. Roffo de la Universidad de Buenos Aires me derivó un enfermo que había sido atendido allí y que recibí con el orgullo de haber sido recordado por mi maestro. Enseguida supe que la situación no resultaba nada fácil.
Se trataba de un hombre de unos cuarenta años, de clase media, casado, con dos hijos chicos, a quien se le había operado e irradiado un tumor de piso de boca poco tiempo atrás, extirpándole gran parte de la mandíbula. Ahora presentaba una recurrencia imposible de volver a resecar, discretamente sangrante, que se debía curar con frecuencia. En aquel momento la capacidad para llevar a cabo reconstrucciones maxilares era más limitada que hoy y la recidiva tumoral la hacía impensable, de manera que ese tipo de enfermos sin mandíbula terminaba asemejando antiestéticos pájaros de pésimo futuro.
Mientras permanecían internados y generalmente poco visitados por sus familiares, algunos con conciencia de su aspecto pasaban el día entero ocultos bajo las sábanas. Sólo se levantaban al caer la noche y salían a caminar. Más de una vez esta suerte de desgraciados fantasmas del hospital me había provocado un sobresalto en los sombríos jardines, cuando aparecía sigiloso mientras yo iba de un pabellón a otro durante mis guardias en el Instituto.  
No obstante lo avanzado de la enfermedad local y el mal pronóstico a la larga, el estado general del enfermo que había vuelto a su ciudad provinciana estaba por el momento conservado. Lo visité con frecuencia para complementar las curaciones que su esposa se había ido acostumbrando a hacer.
Al cabo de un tiempo, luego de una nueva visita, la mujer me retuvo en la puerta de su casa y no pudo evitar descargar todo el peso que le imponían los requerimientos del pobre marido.
No sabía bien qué contestarle y –confieso- tratando de esquivar la conversación le pregunté a la exhausta esposa:
-    ¿Y los chicos cómo lo toman?
- Ah, no, –me contestó- los chicos juegan muchísimo con el padre en la cama.
- ¿Y no le preguntan nada? –seguí.
La mujer se detuvo un momento y contestó
- No, solamente una vez el mayor, de cinco años, me preguntó por qué su papá siempre se reía…
Difícilmente hubiera podido recibir una lección más firme sobre el amor de nuestros hijos, ni una capaz de infundir mayor esperanza: donde cualquiera ve una mueca espantosa del padre, un hijo es capaz de suponer una sonrisa.

*
CARIDAD
Dos médicos cubríamos las urgencias externas e internas del Hospital Felipe Heras, en Concordia. Por lo general, después de haber operado buena parte de la tarde y de la noche, una fila de consultas de lo más heterogéneas nos esperaba en la sala de Guardia. Bebes, embarazadas, traumatizados, enfermos clínicos de toda especie requerían, después de inevitables esperas, nuestra no siempre demasiado específica atención. Solíamos trabajar hasta bien entrada la noche.
Una madrugada me tocó ver a una mujer vieja con incipiente insuficiencia cardíaca. La acompañaba un matrimonio joven. Provenían de un asentamiento precario cercano al puerto al que llamaban característicamente “Barrio Paredón”. Eran bien pobres.
Examiné a la enferma, hice unas indicaciones para paliar su situación e insistí en que debía consultar en el Servicio de Cardiología a la brevedad. Noté tal concentración ante mis recomendaciones en la mujer que la acompañaba que me vi impulsado a  preguntarle por su grado de parentesco con la anciana:
- ¿Es su madre?
- No, no…- me dijo.
- ¿Es su suegra, su abuela?
- No, no, tampoco…
- ¿Y qué es? – insistí.
- No, llegó nomás… - fue toda la explicación.
Quedé helado. Nunca había sentido más claramente mi falta de caridad, comparada con el calibre de esa virtud en aquella gente humildísima. “Llegar”, en el idioma coloquial del campo entrerriano, quiere decir acercarse a una casa como visita o, más específicamente, en busca de cobijo transitorio. El término solía emplearse refiriéndose a los linyeras o desocupados que se arrimaban periódicamente a las estancias, a quienes se brindaba casa y comida por uno o dos días. A veces se agregaba un pequeño trabajo informal y luego la despedida hasta la próxima vuelta.
En cambio, en el caso de esta señora que había ido a buscar asilo momentáneo a la precaria casa de un matrimonio pobre con hijos chicos, la adopción había resultado definitiva. Y sumaba afectuosa atención en el momento de la enfermedad.
No olvido semejante ejemplo. Es una de las metas a la que no he sido capaz de alcanzar.

 

HITOS DE SU CARRERA PROFESIONAL
El doctor Hugo Esteva es doctor en Medicina (UBA). Fue Profesor Titular de Cirugía, 2008, Jefe de la División Cirugía Torácica y Jefe del Grupo de Trasplante de Pulmón en el Hospital de Clínicas (UBA). Fundador y director del Programa de Residentes de Cirugía Torácica del Hospital de Clínicas. Fue también profesor invitado en la Universidad de Iowa (EEUU), 1989; Universidad de Indiana (EEUU), 1989; Université de la Méditerranéé (Francia), 2002. Recibió el premio José Arce (UBA) por su tesis sobre el primer reimplante de miembro superior en el país, fue premiado por la Academia Nacional de Medicina por “Cirugía de las metástasis”, obtuvo el premio José Texeira de la Asociación Sudamericana de Cirugía Torácica por “Riesgo quirúrgico de las resecciones pulmonares”, Santiago de Chile. Fue nombrado Maestro de la Medicina por la ANM en 2013. Publicó más de 50 trabajos científicos en revistas argentinas y más de 20 en revistas extranjeras con referato, todos sobre material de la propia experiencia profesional. También publicó 16 trabajos sobre Educación Médica.  Autor de los libros “Manual de broncofibroscopía” en 1985 y “Prevención y manejo de las complicaciones de la Cirugía Torácica".