Ciencia y Salud

Eduardo Wilde y la página perfecta

Jorge Luis Borges, en ‘El idioma de los argentinos’, publicado en 1928, sostenía que Eduardo Wilde era uno de los pocos escritores que había “escrito una página perfecta”.
Se refería específicamente a su texto “Sin rumbo”, un capítulo de Prometeo y Cía., que Borges describió como un libro “aporteñado, andariego y admirable”.
En el mismo Prometeo está incluido uno de los cuentos más notables de la literatura nacional, Tini, basado en la experiencia de Wilde como médico, porque además de escritor, fue legislador, ministro, diplomático y uno de los médicos más notables de su época.
Aunque más no fuera por la alabanza literaria de Borges (no hay muchos que puedan jactarse de haber escrito una página perfecta), Wilde debería tener un lugar en el Olimpo argentino... y, sin embargo, su figura se desdibuja con el tiempo.
Eduardo Wilde nació el 15 de junio de 1844 en Tupiza, Bolivia, y no lo bautizaron como Eduardo, sino que lo llamaron Faustino. El Eduardo apareció con los años.
Había nacido en Bolivia porque su padre, Santiago Spencer Wilde (hijo del Dr. Diego Wilde, ahijado del duque de Wellington), se había exiliado junto a su esposa huyendo de las represalias del rosismo.
Gracias a una beca otorgada por Urquiza para estudiar en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay conoció a su amigo de toda la vida, Julio Argentino Roca, hijo también de un oficial antirosista.
Ese colegio fue el germen de la llamada Generación del 80, que impuso un estilo literario realista, atento a las ideas del modernismo, con inquietudes científicas y dispuesto a analizar y asumir los cambios sociales que se anunciaban en Estados Unidos y Europa, lugares a los que un grupo de ellos, como Wilde, viajaba con frecuencia para abrevar de sus fuentes.
Cané, Zeballos, Mansilla y Wilde fueron algunos de sus exponentes más notables, que en sus artículos difundían y opinaban de los cambios en un mundo en constante efervescencia.
Siempre me pregunté por qué los argentinos aceptamos con naturalidad las teorías evolutivas de Darwin y en EE. UU., hasta mediados del siglo XX, estaban casi vedadas en los colegios. La respuesta probablemente esté en esta Generación del 80, que nos ilustró con sus textos que apuntaban a la modernización y la secularización. Entre ellos descollaba Wilde, quizás el más preparado para entender los cambios en ciencia y biología.
En 1864 comenzó sus estudios de Medicina y, antes de concluirlos, participó como practicante en una epidemia de cólera y como cirujano en la Guerra del Paraguay. Vuelto de la contienda, fue uno de los primeros médicos en detectar los casos de fiebre amarilla que se convertirían en epidemia en 1871. Se contaba entre los setenta médicos que se quedaron en la ciudad para atender a los 130.000 habitantes de Buenos Aires. Hay un monumento en Parque Ameghino que recuerda a estos héroes y a los caídos, a pesar de sus esfuerzos.
El 10 % de la población murió durante los casi seis meses que duró la epidemia, que entonces no se relacionaba con la picadura de mosquito. Como creían que se contagiaba de persona a persona, se acusaba a los inmigrantes italianos que vivían en forma precaria de dispersar la enfermedad...
Mientras continuaba sus tareas asistenciales, Wilde se dedicó a escribir en distintos medios e inició una carrera política que lo llevó a la Cámara de Diputados y a ejercer como ministro durante el gobierno de Roca y la desastrosa gestión de Juárez Celman.
Su actuación para lograr la votación de las leyes de Registro Civil y Educación Laica (Ley 1420) lo llevó a enfrentarse con amigos como Pedro Goyena, un católico militante. Curiosamente, había sido Wilde quien asistió en el alumbramiento de varios de los hijos de Goyena.
La aprobación de estas dos leyes le arrebató el enorme poder a la Iglesia al registrar casamientos y nacimientos, además de monopolizar la educación e imprimirle un sesgo dogmático.
Fue Sarmiento quien preconizó estas ideas, pero en su gobierno no se dictaron dichas leyes y hubo que esperar a Roca y Wilde para su definitivo dictamen.
Para entonces Sarmiento estaba viejo, sordo y cascarrabias, y no podía mantener las discusiones necesarias con la oposición católica para imponerse en un debate. Por expreso pedido de Roca, Wilde se hizo cargo del debate legislativo.
Los discursos de Wilde para lograr la aprobación de sus proyectos fueron notables piezas de oratoria, con ese toque de ironía que le era tan característico y que tantos problemas le aparejaba.
Obviamente, estas leyes no fueron del agrado de las autoridades eclesiásticas y, después de la aprobación de la Ley 1420, el nuncio apostólico Luigi Matera publicó una carta prohibiendo a los fieles enviar a sus niños a las escuelas públicas. Roca le dio 24 horas para abandonar el país y rompió relaciones con la Santa Sede, vínculo que tardó 16 años en reestablecerse.
Después de la Revolución del 90, Wilde abandonó la política, desarrolló su carrera como diplomático y continuó escribiendo esos libros donde plasmaría esa “página perfecta”.
Murió en Bruselas en 1913 y su cuerpo fue repatriado y descansa en la Recoleta, a unos pocos metros del sepulcro de Julio Roca, junto a su esposa, Guillermina Oliveira Cézar, quien en algún momento dividió los corazones de estos dos amigos...
A pesar de haber sido Wilde quien estableció la ley de educación laica, obligatoria y gratuita, no hay un retrato que recuerde al gestor de esas leyes en las escuelas argentinas, ni se leen sus libros de alguna “página perfecta”, ni se lo homenajea como es debido, y nadie recuerda su tesis doctoral sobre el hipo...
Quizás el olvido es el más duro castigo cuando se aplica a un hombre dotado que le arrebató el poder a la Iglesia y les otorgó a los jóvenes la capacidad de educarse sin prejuicios ni dogmatismo.