Nuestra Constitución sin bien no declara una religión oficial y garantiza la libertad de culto para sus ciudadanos, si tiene una relación preferencial al establecer que “el Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”. Asimismo, desde la reforma de 1994 no exige que el presidente deba profesar la fe católica.
Sin embargo, en más de 200 años de existencia como Nación independiente, y pese a nuestras raíces y tradición católica (con breves conflicto como los ocurridos durante los gobiernos de Bernardino Rivadavia en el silgo XIX o el segundo mandato de Perón en el siglo pasado), el único Papa que estuvo en la Argentina fue Juan Pablo II.
Karol Józef Wojtyła (1920-2005), de nacionalidad polaca, gobernó la Iglesia católica desde 1978 hasta su muerte en 2005. Nueve años después fue canonizado por el papa Francisco. Durante la ceremonia, en la cual también llevó a los altares a Juan XXIII, Jorge Bergoglio destacó: “Tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos heridas y su costado traspasado. Eran dos hombres valientes, que en cada persona que sufría veía a Jesús. Conocieron las tragedias del siglo XX, pero no se dejaron abrumar por ellas. Más fuerte fue en ellos Dios; más fuerte fue la fe en Jesucristo”.
Y los argentinos pudimos comprobarlo. Debido a esos laberintos que suele tejer la historia, San Juan Pablo II estuvo en nuestro país en dos oportunidades. Dos escenarios políticos completamente diferentes lo recibieron, pero el mismo cariño de los fieles fue el que lo acompañó durante su visita en 1982, en plena de guerra de Malvinas, como la de 1987, ya en democracia.
El 11 de junio de 1982 , pocos minutos antes de las 9 de la mañana, aterrizaba en el Aeropuerto de Ezeiza, un avión de Alitalia. En medio de una lluvia intensa apareció bajando de las escalinatas el Papa Juan Pablo II. Lo primero que hizo fue besar el suelo argentino. Luego fue saludado por el Cardenal Juan Carlos Aramburu: Arzobispo de Buenos Aires y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), el presidente de facto, general Leopoldo Fortunato Galtieri y los otros miembros de la Junta Militar, el almirante Jorge Anaya y el brigadier Basilio Lami Dozo, entre otras autoridades.
“Permitidme que desde este momento invoque la paz de Cristo sobre todas las víctimas, de ambos bandos, del conflicto bélico entre la Argentina y Gran Bretaña”, fueron sus primeras palabras en suelo argentino.
Esta primera visita se trató de un viaje improvisado y fuera de agenda para el Vaticano. El Papa tenía programado, con antelación, una visita a Gran Bretaña. La misma se llevó a cabo entre el 28 de mayo al 2 de junio de 1982 y fue histórico porque se trató del primer viaje de un Pontífice católico al Reino Unido. Pero el estallido de la Guerra de Malvinas, en abril, puso en aprietos a la diplomacia vaticana ya que no quiso que la presencia de Santo Padre en Londres pudiera ser interpretado como un aval al país europeo en medio del conflicto armado entre ambas naciones. Por esa razón se organizó un viaje relámpago a la Argentina que duró tan solo 31 horas. En momentos de dolor y tristeza, su presencia trajo paz y consuelo a pocos días de la rendición argentina en las islas Malvinas, que ocurriría finalmente el 14 de junio.
Luego del discurso, el Papa abordó el Papamóvil y se dirigió rumbo a la Plaza de Mayo. En el trayecto no se cansó de saludar y dar su bendición a los miles y miles de argentinos que lo esperaban al costado de la autopista Richieri para verlo, aunque sea unos segundos y agitar sus banderas y manos. Una multitud lo aguardaba en la Avenida 9 de Julio, en calles y balcones repletos, millones de papelitos a su paso por la Avenida de Mayo.
“Juan Pablo II, te quiere todo el mundo”, comenzó a ser el cantico elegido que se hacía sentir. En la Catedral celebró una breve ceremonia, se arrodilló a rezar y luego se dirigió a la Casa Rosada para reunirse con Galtieri. Descansó unas horas en el Palacio Arzobispal para luego dirigirse a la Estación de Morón para abordar el tren especial que lo llevaría a Luján para celebrar una multitudinaria misa en la Basílica, donde arribó en el Cadillac presidencial descapotado.
En la homilía, pidió especialmente, de una manera sentida y desgarradora, por “todos aquellos que, a causa de los recientes acontecimientos, han perdido la vida: encomiendo sus almas al eterno reposo en el Señor”. Y pidió por una paz justa. Finalizada la celebración religiosa viajó en un colectivo de la línea 501 a la estación donde lo esperaba el tren para traerlo nuevamente a la ciudad de Buenos Aires.
Al día siguiente tuvo lugar la segunda misa multitudinaria, en los bosques de Palermo, que celebró desde un gigantesco altar levantado en el Monumento de los Españoles. Al finalizar su homilía brindó un breve mensaje a los jóvenes: “No dejen que el odio marchite las energías generosas y la capacidad de entendimiento que todos llevan dentro. Hagan con sus manos unidas -junto con la juventud latinoamericana, que en Puebla confié de modo particular al cuidado de la Iglesia- una cadena de unión más fuerte que las cadenas de la guerra. Así serán jóvenes y preparadores de un futuro mejor; así serán cristianos. Y que, desde este lugar, donde con el himno del gran Congreso Eucarístico suplicasteis al Dios de los corazones que enseñara su amor a las naciones, se irradie también ahora, a cada corazón argentino y a toda la sociedad, el amor, el respeto a cada persona, la comprensión y la paz. Así sea”.
Agotado, tras la Santa Misa, partió hacia el Aeropuerto para emprender su regreso al Vaticano, sin antes brindar un último discurso de despedida. Entre otros sentidos conceptos expresó: “Estoy a punto de concluir la visita a vuestro querido país, que he emprendido en nombre de la paz en momentos dolorosos de vuestra historia. Este viaje y el realizado antes a Gran Bretaña me han permitido cumplir con mi deber de Pastor de la Iglesia universal, y a la vez interpelar las conciencias para que, en momentos de enfrentamientos bélicos, se restablezcan en las dos partes en conflicto sentimientos de pacificación, que van más allá del silencio de las armas. Pido a Dios que se traduzca en realidad operante la profunda convicción de que es necesario poner todos los medios posibles para lograr una paz justa, honrosa y duradera. En los contactos tenidos en estas ocasiones he podido constatar que los dos pueblos, doloridos por los estragos de la guerra y apenados sobre todo por la pérdida de jóvenes vidas, que ponen lágrimas y luto en tantas familias, ansían la paz y la piden con insistencia. Quieran, por ello, los responsables de los dos países y de la comunidad internacional, que también mira con fundada aprensión al momento presente de tensiones y luchas, devolver por encima de todo a las familias de las dos naciones lo que ellas más anhelan: la vida y serenidad de sus hijos o seres queridos, antes que nuevos sacrificios agraven los ya provocados. No se dude en buscar soluciones, que salven la honorabilidad de ambas partes y restablezcan la paz. Gracias por vuestro conmovedor entusiasmo que, a pesar del delicado momento que atraviesa vuestra nación, me ha prestado esta acogida tan elocuente y calurosa. Con un ¡hasta pronto!, me despido de todos, bendiciendo a cada argentino, sobre todo a los enfermos y a los que sufren o lloran por las víctimas de la guerra. Dios bendiga a la Argentina, Dios bendiga a América Latina, Dios bendiga al mundo. ¡Hasta la vista!”.
Un lustro después, la situación de nuestro país era otra completamente distinta. La democracia había sido restablecida y gobernaba Raúl Alfonsín desde 1983. Esta segunda visita se preparó durante años e incluía también Chile y Uruguay. Durante la misma, que se extendió entre el 6 y el 12 de abril, recorrió 10 ciudades realizando una agenda extraordinariamente intensa y haciendo gala de su carisma incomparable, su magnética oratoria
en un perfecto español, su humor y sus gestos histriónicos que recordaban su pasado actoral en su Polonia natal. Encabezó misas, encuentros con jóvenes, trabajadores, religiosos, familias, empresarios, comunidades indígenas y representantes de distintos sectores sociales
Todo comenzó a las 16 horas de aquel lunes 6 cuando pisó y besó, por segunda vez, suelo argentino. En el Aeroparque Jorge Newbery expresó: “Siento una profunda alegría y una gran emoción, al pisar por segunda vez en mi pontificado esta tierra bendita de Argentina. Vine aquí por primera vez en junio de 1982, en momentos particularmente difíciles para vuestra nación, como mensajero de la paz de Cristo. Vuelvo ahora de nuevo en visita pastoral para seguir cumpliendo la misión, que el Señor me ha encomendado, de evangelizar y ser Maestro de la fe, ejerciendo a la vez, corno Sucesor de Pedro, el ministerio de confirmar a mis hermanos”. También se disculpó por no poder recorrer otras ciudades.
Fueron días intensos para Wojtyla que ya contaba con 67 años. El primer día, tras reunirse con el presidente Alfonsín saludó desde los balcones de la Casa Rosada.
Fueron jornadas agotadoras. El martes 7 arrancó en Bahía Blanca, continuó en Viedma, luego se trasladó a Mendoza y por último arribó a Córdoba para pasar la noche.
Misas, encuentros protocolares o fuera de programa, sociales, culturales y celebraciones daban el marco a su paso por cada ciudad, cientos de miles de personas fueron testigos. Luego de Córdoba seguiría Tucumán, Salta, Corrientes y Paraná.
El viernes 10 regresó a la capital porteña para celebrar una misa en el estadio del club Vélez Sársfield, una visita a la catedral de los ucranios, otra al Mercado Central y una última al Luna Park. Por la noche transmitió por radio y televisión un mensaje a todos los presos del país.
El sábado estuvo en Rosario y en el vuelo de regreso su Santidad pidió al piloto que desviara la ruta, a fin de pasar, en vuelo rasante, sobre la Basílica de Nuestra Señora de Luján.
Al día siguiente, en la Avenida 9 de Julio, celebró la misa del Domingo de Ramos, con la que se clausuraba la Jornada Mundial de la Juventud. Era la primera vez, en la historia moderna del papado, que el Santo Padre no celebraba la fiesta de Ramos en Roma. Se calcula que había alrededor de más de 1.000.000 de personas, la mayoría había pasado la noche en una histórica vigilia.
Un encuentro con el mundo de la cultura en el Teatro Colón fue su última actividad. De ahí mismo se dirigió a Ezeiza donde pronunció un discurso de despedida. “Comprenderéis muy bien que mi mayor complacencia haya sido encontrarme, esta vez por toda la República, con un pueblo religioso que, en torno a sus Pastores y en unión con el Sucesor de Pedro, está dispuesto a manifestar su fe y a corroborar su compromiso cristiano en la tarea de reconciliación entre todos los argentinos”. manifestó.
Tras un “¡Hasta siempre, Argentina!”, a las 19.30 despegó el avión papal rumbo a la Ciudad Eterna. La segunda visita de Juan Pablo II al país había finalizado.