Homenaje a Casimiro Ferrari a los 25 años de su partida.
-Mari mari, peñi… lo estaba esperando –le dijo la Mara a su nuevo amigo el Cóndor.
- Mari mari, hermanita; me daba esa ilusión al verte ahí quietita parada en el mismo lugar donde nos conocimos. Bajé alegre por el reencuentro. Pensé que quizás te hubiese ofendido la última vez que hablamos. Y me pesaba. Fui un poco duro…
“No sé si te acordás que los dos habían estado hablando de cosas difíciles, profundas”, le dije a mi nieto. Él puso cara de “por supuesto”, así que me animé de nuevo a seguirle el vuelo al cóndor. Ojo que no es fácil. Tampoco lo fue para Mari-mari, pero se ve que algo le dejó, porque volvió a la piedra en donde habían estado charlando y esperó ansiosa volver a ver a su nuevo amigo. Volvamos a ellos:
-Me dejó pensando y con la cabeza como un torbellino -empezó sonriente-. No sabría explicar por qué… Mi marido me lo preguntó y yo no supe qué decirle. Apenas algo sobre la importancia del silencio y la “contemplación”, pero cuando él quiso saber más, me sentí como una tonta sin saber explicarlo. Aunque sé que usted tenía razón y sé también que necesito saber más…Me lo dice el corazón, aunque sé que soy medio tonta y no voy a saber repetirlo.
-“El corazón tiene razones que la razón no entiende” -le contestó su amigo.
-¡Linda frase! ¿Me deja anotarla?
-Se la oí a alguno y es cierta. Me alegra, hermanita, que te hayas quedado pensando. Como una llovizna suave, las ideas van penetrando y nos van alimentando. Las tormentas solamente sirven para barrer con todo y erosionar la tierra. Y las almas.
-Es verdad, don Cóndor -asintió Mari mari-. Las tormentas erosionan todo. Por eso quería contarle algo que me pasó ayer, algo que me angustió y me hizo pensar en usted. ¿Se acuerda del zorro manchado? El que vive cerca de la barda del este.
El Cóndor asintió con la cabeza:
-Me acuerdo, hermanita. Sé lo que les hizo en el pasado. Sé del dolor de tu madriguera vacía.
-Sí… -la voz de la Mara tembló un poco-. Yo lo odiaba con toda mi alma. Durante temporadas enteras, la sola visión de su cola gris a lo lejos me encendía de cólera y rabia. Quería venganza, verlo sufrir, verlo caer en una trampa... Pensaba que eso sería la justicia. Pero ayer… ayer bajé hasta el camino donde estacionan los turistas para mirar el río. Y lo vi.
Estaba parado en dos patas, don Cóndor -continuó la Mara, con los ojos húmedos-. Daba vueltas en el aire, ponía cara de perrito faldero y saltaba cada vez que un humano le mostraba un pedazo de pan o una galletita. Los turistas se reían, le sacaban fotos. Y él se arrastraba, mansa y miserablemente, mendigando esa comida que ni siquiera le gusta. Yo me quedé quieta detrás de un coirón. Esperaba sentir alegría al ver a mi enemigo humillado. Pero no pude. Por primera vez en mi vida… me dio pena. Una pena profunda que me heló el corazón.
El Cóndor extendió sus alas, como en un abrazo a la distancia. Quizás como el Crucificado.
-No es cobardía, es que tu inteligencia ha empezado a ver -le contestó con ternura infinita-. Lo que sentiste ayer es lo que los sabios llaman pietas, algo más hondo que la simple piedad o lástima. La rabia de tu enojo del pasado era vulgar, porque la ira es ciega y solo quiere que la realidad se doblegue ante el dolor propio. Pero esa piedad es el nivel más alto de la inteligencia: es comprender la tragedia del otro, incluso la del enemigo, cuando se ha perdido a sí mismo. Hermanita, yo supe desde el primer momento que no eras vulgar…
-¿Qué pasó? -preguntó la Mara sin hacer caso del halago-. Ahora los turistas lo quieren, le dan comida sin que tenga que correr. Está a salvo de los pumas... pero creo que todo eso está mal…
-Ese que viste ayer ya no es un zorro -explicó el Cóndor-. El Creador hizo al zorro libre, astuto, silencioso, un cazador con dignidad salvaje firmada en su límite. Esa era su verdad, su ser real. Pero él decidió vender su ser a cambio de comodidad y aplausos. Se quitó su dignidad y se puso una máscara de carnaval para divertir a los turistas. Se convirtió en un objeto de espectáculo, en un esclavo. Ha reducido su vida a una simple representación.
La Mara miró el horizonte, tratando de asimilar la gravedad de las palabras.
-Una máscara… -susurró-. Él cree que es inteligente porque consigue comida fácil, pero en realidad…
-En realidad es el ser más desdichado de estas tierras -sentenció el Cóndor-. Ha destruido su interioridad para vivir solo en la mirada de los que se ríen de él. Tu pena, hermanita, nace de ver esa profanación: la de una criatura que prefiere arrastrarse con una máscara antes que ser libre dentro de sus límites. Tu corazón no sintió debilidad, sintió el dolor de ver el oscurecimiento de su ser. Al sentir pena por él, has roto la cadena horizontal del resentimiento y has llegado a la verticalidad del amor, que sufre cuando ve que la corrupción de lo que debe ser.
-¿Y qué puedo hacer por él, don Cóndor? -preguntó la Mara, entristecida.
-Nada material, hermanita. A la masa y a los que viven de la máscara no se los puede convencer con discursos. Solo podés ofrecerle tu silencio respetuoso y tu fidelidad a lo que vos sí sos, tu testimonio de coherencia. Cuando el invierno vuelva a enfriar la tierra y los turistas se vayan con su ruido y sus galletitas, el zorro se quedará solo con su máscara vacía. Tal vez ese día, si te ve vivir en la sencilla verdad de tu madriguera, él recuerde lo que era ser un animal libre y decida, por fin, despojarse de la comedia.
La Mara asintió en silencio...
-Pewkayal, lamngen… -le dijo el cóndor alzando vuelo-¡Nos volveremos a ver!
-¡Adiós, hermano! ¡Gracias!
***
-Abuelo, ¿no es raro que dos bichos tan distintos se llamen “hermanos”?
-No, ninguno de los dos tiene máscaras que se lo impidan; al contrario, saben mirarse a los ojos.
-Entonces, cuando lo veamos al cóndor, yo lo voy a decir: ¡Mari mari, peñi…!
-… y él nos va saludar planeando majestuoso y en silencio.