Opinión

Dos cóndores (Primera parte)

(Homenaje a Casimiro Ferrari a los 25 años de su partida)

—En el río de las vueltas, allá en Santa Cruz, vivía una Mara. ¿Sabés qué son?

—No, abuelo…

—Yo las conocí en el viejo Zoológico. Paseaban entre la gente, mansitas… También la llaman “liebre patagónica”, aunque es muy distinta de la otra, más grande.  Esta no era una mara cualquiera, se las daba de periodista o “Youtuber”, bien no sé… Andaba siempre preguntándole cosas a todo el mundo.  “Mari-mari”, la llamaban, porque siempre saludaba con esa linda expresión mapuche. Era, por vocación y temperamento, una activista sin descanso. Para ella, existir era sinónimo de hacer, registrar, denunciar. Era un poco hueca, pero no mala.

Nunca hasta ese día había tenido la ocasión de charlar con un cóndor y verlo de cerca. Desde abajo Mari- mari lo admiraba al ver su figura suspendida en el vacío. Durante horas, el Cóndor se dejaba llevar suspendido en el misterio del cielo azul.

Cuando lo vio posado en una piedra la Mara corrió hacia él. El Cóndor, la miró con sus ojos enormes.

—Mari mari. He venido a hacerle un reportaje, anunció la Mara, tratando de recuperar el aliento y adoptando un tono profesional.

—Mari mari, le contestó don Cóndor.

—Abajo hay problemas graves. Cada vez hay menos animales… menos agua, el pasto escasea y las máquinas humanas avanzan. Y usted se pasa el día planeando sobre las nubes. ¿Qué hace allí arriba?

—Yo no "hago" nada. Contemplo.

—¡Contempla!, exclamó la Mara, arrugando el hocico. Eso suena a pereza, a esos “planes” que repartían los humanos para que nadie quiera trabajar. Es un lujo que no podemos permitirnos. Necesitamos compromiso, acción, reformas, asambleas permanentes, sinodales. El que no produce, el que no colabora en la solución de los problemas, está fuera del sistema y es un enemigo del pueblo. ¿No siente remordimiento al dedicarse “a contemplar nomás”?

El Cóndor la miró fijamente.

—Me llamás "desocupado" y me decís “planero” porque mantengo el orden del espíritu, dijo el Cóndor. Tu prisa es una máscara de tu ceguera. Creés que por mover la tierra de un lado a otro, por llenar el aire de parloteos y consignas estás salvando el mundo. Pero tu activismo sin descanso nace del miedo a encontrarte con vos misma en el silencio. Parecés un turista moderno que, ante el paisaje más lindo que han visto en su vida se detienen un segundo solamente para sacarse una “selfie” poniendo encima cara de estúpidos.

La Mara sintió que una corriente caliente le subía por el cuello con rabia.

—¡Nosotros trabajamos por la justicia! Nos indignamos ante la desigualdad de los pastizales, ante el abuso del zorro y el avance de los hombres. La ira es nuestro motor. Si no nos enojáramos, nada cambiaría. Su indiferencia de piedra es lo que verdaderamente ofende.

El Cóndor batió sus alas lentamente, sin darle importancia.

—Hablás de justicia, pero lo que te mueve es tu enojo con todo, con vos misma también: es la marca de los seres vulgares, sentenció el Cóndor. No es amor a la justicia, es la rabia de un ser pequeñito que se niega a aceptar sus límites y quiere que la realidad entera se doblegue ante sus caprichos. Muy vulgar…

—¡Hay que enojarse para que cambien las cosas!, chilló la Mara un poco histérica.

—El enojo es contagioso y ciego. Se llena de palabras para ocultar su egoísmo y suele ocultar debilidad intelectual. Quien tiene inteligencia no grita, no se agita en un activismo estéril; contempla el orden del ser, lo respeta en su sacralidad y actúa desde la verdad, no desde el resentimiento.

—No entendí nada, dijo la Mara casi con humildad. Se sentó sobre sus cuartos traseros, un tanto sorprendida. Mire, don, dijo, bajando un poco la voz. Yo lo que veo acá abajo es desorden y que todo cambia a gran velocidad, es inestable. Las maras jóvenes ya no quieren quedarse en la misma madriguera; renuevan parejas cada temporada, buscan nuevas experiencias, dicen que la estabilidad es una prisión que ata su libertad. Turistean… Y yo las entiendo: ¿para qué atarse a una sola porción de tierra o a un solo compañero?

El Cóndor bajó la cabeza hasta que su pico corvo quedó a pocos centímetros de la Mara. Sus palabras adquirieron gravedad:

—Ahí radica la mentira más destructiva de este mundo moderno. Los convencieron de que la libertad es la ausencia de vínculos, pero el cambio sin un fin que lo trascienda no es libertad; es esclavitud en el vacío de la nada. Decime, Mara, ¿cuál es tu ley de vida más profunda? ¿Cómo te uniste a tu compañero? Yo los veo siempre juntos…

La Mara parpadeó, sorprendida por la pregunta tan personal.

—Bueno... nosotros las maras somos naturalmente monógamas, admitió con un hilo de voz. Elegimos un compañero para toda la vida. Compartimos la misma madriguera, cuidamos juntos a la cría y, si uno falta, el otro camina solo.

—Yo también tuve una sola compañera para toda la vida. Ambos compartimos esa gran bondad en medio de esta tierra desolada. Pero decime: ¿por qué? ¿Por utilidad económica?

—No, contestó la Mara, bajando la cabeza de forma instintiva. Es algo más fuerte. Es una promesa silenciosa que sostiene toda nuestra existencia. Sin mi familia la tierra me parecería un desierto vacío, y mi madriguera no tendría sentido.

—Eso, pequeña Mara, es la confirmación del límite como un vínculo de amor, explicó el Cóndor con profunda piedad. Cuando aceptamos nuestro límite con humildad y nos entregamos a otro ser por amor, ese límite se transforma en un puente hacia el Infinito. La fidelidad que compartimos, es una afirmación de la verticalidad frente a la mentira de lo horizontal e inestable. Elegir a uno y renunciar a todos los demás no es una prisión; es la verdadera libertad, porque es fundar la propia existencia en una verdad estable, sustrayéndose a la tiranía del capricho pasajero y del consumo de sensaciones.

El argumento del Cóndor casi no cabía en su cabecita, aunque ella intuyó que tenía razón.

—Usted habló de “contemplación”, dijo la Mara en un susurro, ¿qué es lo que oye cuando pasa las horas inmóvil en el cielo? Yo solo oigo el ruido del viento...

— A veces se busca el ruido exterior para acallar el vacío de la mente, respondió el Cóndor, extendiendo sus inmensas alas, desperezándose. En mis vuelos, cuando el viento ruge con más fuerza, me entrego con una obediencia confiada. Y en esa entrega, el ruido exterior desaparece y da paso al silencio fecundo. No es un silencio vacío, como el de la nada; es un silencio lleno de presencia, donde se descubren las cosas esenciales y se oyen las profundidades de lo invisible. Es la luz de la historia de cada criatura, firmada en su límite por el Creador.

Si quieres salvar tu tierra, Mara, abrazá a tu compañero en la fidelidad de tu madriguera y aprendé a guardar silencio. Solo en el silencio de la contemplación la inteligencia recupera su luz, reconoce su límite y conquista la sencillez. Lo demás viene por añadidura.

¡Nos volveremos a ver, hermanita!

Sin decir una palabra más, el Cóndor se lanzó al vacío. No batió las alas. Se deslizó sobre el abismo, elevándose. Circularmente.

Mari-mari se quedó inmóvil un rato largo. Recién cuando el cóndor ya estaba lejos y ya no podía oírla, le brotó de su alma un saludo sincero y emotivo:

—Pewkayal peñi… Adiós, hermano…

Me quedé mirando a mi nieto que contemplaba el cielo. Pobre, ¡qué historia le tiré por la cabeza…!

—Por acá no tenemos cóndores —le dije—, pero un día me vas a acompañar a buscarlos, ¿no?

—Abuelo, ¿se volvieron a encontrar la mara y el cóndor?

—Se hicieron grandes amigos…