El ángel de piedra
Por Margaret Laurence
Libros del Asteroide. 336 páginas
El ángel de piedra de Margaret Laurence está considerada una de las grandes novelas de la literatura canadiense del siglo XX, un clásico siempre vigente que marcó a generaciones de lectores y escritores del enorme país septentrional.
Su historia, conmovedora y más bien amarga, está dominada por el gran hallazgo del libro, la voz narradora de la protagonista, Hagar Currie, viuda de Shipley.
El presente de la novela la muestra a los 90 años (nació en 1886), anciana y con indicios de demencia. Es la vida triste, solitaria, muchas veces incomprendida de la vejez. La atienden en su casa un hijo distante y una nuera con la que nunca ha congeniado. Hagar presiente con razón que pronto querrán trasladarla a una “residencia” de ancianos. Y su intención es resistirse, cueste lo que cueste.
Mientras llega ese día aciago, la señora recuerda. O habla en voz alta, porque también de eso se trata. Y regresa a su ardua vida en Manawaka, el pueblo (ficticio) del centro de Canadá inspirado en las inhóspitas planicies de Manitoba, donde se crió con un padre comerciante de cepa escocesa y dos hermanos varones mayores que ella y muy distintos entre sí.
La madre, Regina, murió en el parto de Hagar. Fue para honrarla a ella que el padre de la niña encargó en Italia el ángel de piedra “de puro mármol blanco” colocado “en la cima de la loma” del cementerio de Manawaka. Desde allí preside la vida del poblado y también la trama del libro agridulce que transcurre bajo su inspiración.
Algo arquetípicas, esas relaciones personales no dejaban mucho espacio para el amor. Muy pronto la niña aprendió a repetir el lema del endurecido clan al que pertenecían los Currie: “Opóngase quien ose”. Por ese camino obstinado y arisco Hagar desembocó en el matrimonio con el rústico Bram Shipley, un gigante desaliñado que, mientras estuvieron juntos, le dio dos hijos y un poderoso arrobamiento erótico nunca confesado por ella y después añorado.

Joven o anciana, Hagar siempre acunó un rescoldo de rebeldía: se reconocía “orgullosa como Napoleón o Lucifer”. Los grandes quiebres de su relato, en el pasado lejano o en el presente de la vejez, con alguna riesgosa aventura postrera, serán la consecuencia de ese temperamento indomable que chocaba con el apego a las normas y las buenas costumbres.
Hacia el final de su travesía, la orgullosa anciana, siempre reacia a abrirse al consuelo de la fe, se preguntará si podría haber sido menos conformista. “¿Cuándo he dicho de verdad lo que sentía?”, murmurará antes de la despedida.
El ángel de piedra se publicó en 1964. Fue la primera de la serie de “novelas de Manawaka” con las que Laurence (1926-1987) se labró un lugar central en la literatura canadiense. Su lectura continúa impresionando por la potencia de muchos de sus episodios y por la pericia de la narradora en primera persona, que no es ninguna inepta a la ahora de acuñar metáforas. Oye ranas que “cantaban como coros de ángeles con dolor de garganta”. Camina con otras amigas junto al basurero municipal, “levantando remilgadamente el bajo del vestido, como zarinas de nariz delicada que se encontraran de pronto en presencia de unos mendigos con llagas supurantes”. Evoca rayos de tormenta que “rasgaban el cielo como una garra enfurecida el manto de Dios”. O confiesa su temor a la oscuridad, “repleta de fantasmas, parásitos del alma con dedos de plumas, voces sobrenaturales y pálidos fuegos inconstantes como parpadeos”.