Básicamente, hay dos clases de intelectuales: los erizos y los zorros. Los primeros son monistas; explican toda la realidad con un único sistema. Los segundos son pluralistas, escépticos, admiten los límites de la comprensión humana. El campeón de los erizos es Karl Marx, pero también Dante, Platón, Lucrecio, Pascal, Hegel, Dostoievski, Nietzsche y Proust pertenecen a esa categoría. Por el contrario, Heródoto, Montaigne, Erasmo, Moliere, Goethe, Balzac son zorros.
El autor de tan elegante y precisa clasificación es un zorro de 50 kilates. Su nombre, Isaiah Berlin (1909–1997), “influyente filósofo británico e historiador de las ideas, reconocido como fundador de la historia intelectual moderna y defensor del liberalismo”, según describe la Enciclopedia Británica.
Berlin incluyó la antinomia en un genial estudio sobre la concepción de la historia de Lev Nikoláievich Tolstoi, publicado por primera vez en 1951 en una oscura revista de estudios eslavos y desde entonces reimpreso como ensayo, admirado por erúditos y público en general, y debatido hasta el tuétano en todos los centros de cultura occidentales. Es el libro que aquí venimos a recomendar.
Hemos tenido la fortuna de leerlo en portugués (O ouriço e a raposa, Editorial Civilización Brasileira, 188 páginas). La cuidada edición brasileña incluye, entre otras gemas, un prólogo de Michael Ignatieff, destacado historiador y expolítico canadiense, reconocido sobre todo por ser el biógrafo autorizado de Berlin. Las versiones en español del breve ensayo se consigue fácilmente.
Usted se preguntará de dónde ha sacado Berlín la idea de esos dos animalitos. De un fragmento de un poema del griego Arquíloco (680 aC-645 aC) que dice así: “Un zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe sólo una gran cosa”. El verdadero significado del verso ha sido también motivo de intenso debate, incluso -se explica en la edición brasileña- podría tener un matiz sexual (sería la respuesta de una dama que intentaba ser seducida hace unos 2.600 años).

Volviendo al libro, la tesis de Berlin es que el gran Tolstoi fue por temperamento un erizo, pero su razón lo empujaba a escribir y actuar como un zorro. Es decir, tuvo un ardoroso deseo de una visión monista, pero siempre se detuvo, con prudencia, en los lindes de la Tierra Prometida. Como tantos de sus semejantes infelices lo desgarraba un conflicto irreconciliable entre instintos y aspiraciones intelectuales. Su drama, además, fue carecer de una perspectiva positiva.
Esa tempestad interior es la materia prima con que el ilustre pensador británico escribió una de las mejores críticas literarias de todos los tiempos, según han descatado un par de encuestas en la anglósfera. El análisis que hizo de las influencias que modelaron el pensamiento del novelista rusa es sublime. Desmenuzó, además, pasajes y personajes de Guerra y paz y examinó la correspondencia del literato. El estilo de Berlin refulge por su claridad, luminosa como una mañana soleada en Buenos Aires.
Si bien la obra de Berlin es esencialmente literaria, el lector inteligente sacará conclusiones que pueden ser aplicadas a la arena ciudadana de nuestros días. Es otro valor del texto. Concluirá ese lector que, en términos políticos, los erizos son fanáticos cuyas ideas conducen al desastre económico y social. Los zorros son tolerantes, esclarecidos y humanistas en el sentido real del vocablo.
A pesar de la veneración que suscita una mente como la de Isaiah Berlin hay que decir que no inventó nada. Incluso, el mejor de nuestros zorros ya había planteado la disyunción intelectual que describió el inglés.
Jorge Luis Borges, quién si no, rescató la frase "todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos" del poeta Samuel Coleridge en varias ocasiones.
“Los últimos intuyen que las ideas son realidades; los primeros, que son generalizaciones; para éstos, el lenguaje no es otra cosa que un sistema de símbolos arbitrarios; para aquéllos, es el mapa del universo. El platónico sabe que el universo es de algún modo un cosmos, un orden; ese orden, para el aristotélico, puede ser un error o una ficción de nuestro conocimiento parcial. A través de las latitudes y de las épocas, los dos antagonistas inmortales cambian de dialecto y de nombre”, escribió el maestro en Otras Inquisiciones.
Dios nos libre, pues, de los erizos de la política que ven las ideas como realidades.