Ver a Diego Velázquez y Patricio Aramburu en ‘Una sombra voraz’, en la sala Dumont 4040, es casi como estar mirando un sistema de relojería que funciona a la perfección. Hay una coreografía del texto y el cuerpo que ambos dominan con gran naturalidad, haciendo que la obra no sea sólo una interpretación sino un hecho físico que genera cierto magnetismo en el espectador.
La obra, con la que el grupo Marea, liderado por Mariano Pensotti, volvió al teatro independiente después de casi veinte años, se está convirtiendo en una suerte de fenómeno del off porteño gracias al boca a boca. "Está bueno que el público responda, más en un momento como este que está todo medio complicado", dice Velázquez.
En esta historia él interpreta a Manuel Rojas, un actor cuya carrera viene un poco estancada en los últimos años y al que convocan para hacer la película sobre Julián Vidal, el hijo de un famoso alpinista que desapareció intentando llegar a la cumbre del Annapurna en 1989 y que ahora quiere repetir la escalada en la que murió su padre.
Esta apuesta por un relato complejo no es casualidad; fiel a su estilo, en ‘Una sombra voraz’ Velázquez reafirma su compromiso con un teatro de riesgo y de autor. "Yo me sigo sintiendo más cómodo ahí, me siento más dueño de esos espacios".
RELOJERIA FISICA
-Cuando empezaron a trabajar, ¿esperaban que tuviera tan buena aceptación de parte del público y la crítica?
-Uno siempre tiene la esperanza y la fe en que lo que tiene ganas de compartir al otro le va a gustar, pero nunca sabés qué va a pasar, esas cosas no las podés prever demasiado. A la obra también se le suman un par de elementos que la hacen atractiva, como que el grupo Marea volvió a hacer algo en el teatro independiente después de veinte años. Es una ficción de sólo dos personajes, que es algo que prácticamente no han hecho, siempre son espectáculos más grandes, y está muy apoyada en lo actoral, que para nosotros está buenísimo.
-Con Patricio tienen un manejo del cuerpo y del tiempo muy preciso, ¿cómo fue el proceso de coreografiar esa tensión sobre el escenario?
-Lo fuimos haciendo pasito a pasito, viendo lo que la obra necesitaba. Es un trabajo muy de dúo, a pesar de que hay momentos en los que uno está solo, está todo el tiempo en relación al otro. En realidad, la escena somos los dos juntos, pero cada uno en su escena (risas). Parece un trabalenguas, pero es así. Tenés que estar atento al ritmo y a lo que la obra necesita para que el público la pueda seguir. Tuvimos que aprender el texto, y recién ahí pudimos empezar a jugarlo. La pieza sigue creciendo y va variando mucho de función a función. Eso la mantiene viva.
-¿Cómo construyeron ese vínculo donde los personajes parecen espejarse todo el tiempo?
-La obra es clarísima en relación al devenir de los dos personajes y hay algo que hace, ya desde el texto de Mariano, que es marcar ese camino. No había mucho más que hacer que seguirlo. Estas dos personas pasan por muchísimas situaciones y estadios, entonces hay algo de ir actuando lo que hay que actuar en cada momento y permitir que eso se acumule, hace que el personaje se construya. La comparación de ellos dos la hace el espectador. Al encargarse Patricio de hacer bien a Julián, y yo a Manuel, hay una comparación servida que hace que la cosa se vea. Lo que uno tiene que hacer para que eso se vea es ocuparse de tocar las teclas que te corresponden y la música que le llega al público es la que tocamos los dos juntos, cada uno desde su lado. Mariano armó toda la obra sobre la base de eso, digamos que hay un juego con el doble, con el espejo.
-Más allá de ser actores, ¿tienen otro puntos en común con Manuel?
-No, mucho no. Por momentos decís: "uh, sí esto me pasó", pero siento que él es otro tipo de actor, tiene otro recorrido. Es alguien que cuando empieza la obra cuenta que estuvo tres años en la misma tira haciendo el mismo personaje, que es algo que a mí no me ocurrió nunca.
-El título habla sobre la voracidad, ¿qué cree que realmente devora a estos personajes? ¿El pasado, el otro, la propia incapacidad de ser uno mismo?
-La verdad que eso habría que preguntárselo a Mariano (risas). No tengo idea. En un momento de la obra, cuando yo agarro el libro de Petrarca, leo y digo: "A veces siento que no estoy solo, que hay alguien más que me acecha con intenciones que desconozco, una sombra voraz". Es eso, me parece que tiene que ver con todo lo irascible que uno carga, con lo que uno va acumulando durante su vida, la famosa mochila.
TEATRO DE RIESGO
-¿Siente que el teatro independiente es su lugar?
-Es donde yo empecé y donde mejor me siento, donde puedo jugar los materiales que más me interesan. Uno va eligiendo en base a lo que se encuentra. Frente a la propuesta de una obra interesante en el off, aparece esa lucha eterna que tenemos los actores a los que nos interesa lo que está corrido del centro del negocio. Son las obras que me gusta ver como espectador, las que me formaron y las que me dieron ganas de actuar; eso me sigue pasando. No digo que no se puedan hacer cosas interesantes en lo comercial, pero cuando un proyecto está atravesado por la necesidad del negocio, el foco del hecho artístico inevitablemente se desplaza. Por eso me sigo sintiendo más cómodo en los espacios independientes: me siento más dueño y siento que el diálogo con mis pares tiene más que ver con el arte que con la construcción de un producto.
-¿Cómo vive el parate que hay en la industria audiovisual?
-Es un garrón, primero como actor porque no hay trabajo, y no sólo para nosotros sino para todos los técnicos. Es mucha gente la que vivía de la industria audiovisual. Y por otro lado, como espectador, porque soy un fan del cine y me gusta ver cosas corridas, más independientes, que son los verdaderos afectados en toda esta movida. Cine comercial va a seguir habiendo porque están las plataformas, que son las únicas que están produciendo ahora. El tema es qué pasa con todas esas voces que requieren de la ayuda del Instituto Nacional de Cine para poder ser escuchada. Yo tuve la suerte de participar en muchos filmes que se hicieron en el interior, ganadores de pequeños concursos, y tenemos un país muy amplio en el que se estaban empezando a escuchar otras voces, de otros lugares que no sean Buenos Aires, sino el mundo audiovisual queda muy acotado a la visión porteña y eso es una pena porque nos estamos perdiendo un mont"n de historias y particularidades que tiene cada una de las provincias.