Roberto Baggio estaba delante de la pelota. En sus pies habitaba la última esperanza de evitar la derrota. El talentoso jugador de Juventus era una de las máximas figuras de Italia en ese Mundial 1994 de estrellas apagadas. Su presencia pasó casi inadvertida en una final de vuelo muy bajo contra Brasil. Habían transcurridos 120 minutos con poco fútbol y muchas precauciones por parte de ambos contendientes. El derechazo de Il Divino viajó absurdamente arriba del travesaño. Otra vez, la alegría era brasileña. Los verdiamarillos, con un equipo que no le rendía honor a su historia, se alzaban con su cuarto título del mundo. Sin brillo ni magia, pero con mejor puntería desde los doce pasos.
Una vez que a Diego Maradona le “cortaron las piernas” por la efedrina que le puso fin a su derrotero mundialista, la Copa de 1994 quedó huérfana. Pocos jugadores mantuvieron en alto la bandera del buen juego. El rumano Gheorghe Hagi, el búlgaro Hristo Stoitchkov, los suecos Martin Dahlin y Kenneth Andersson, los brasileños Romario y Bebeto y el propio Roberto Baggio fueron los más destacados de ese torneo que contribuyó poco y nada para que el fútbol ganara terreno en el casi indiferente público estadounidense.
La final resultó tan pareja como aburrida. Brasileños e italianos se dedicaron a cuidarse defensivamente y a apostar todo por el error ajeno en lugar de buscar aciertos propios. Muy poca ambición para un premio tan grande como lo era un título del mundo.
Esa situación no se antojaba sorpresiva, pues los protagonistas de la finalísima transitaron las fases previas con actuaciones bastante pobres. La dupla ofensiva Bebeto-Romario emergía como lo mejor de una selección construida por Carlos Alberto Parreira que privilegiaba la fortaleza defensiva con un zaguero de buena técnica como Marcio Santos y dos mediocampistas de férrea marca y profuso despliegue como el capitán Dunga y Mauro Silva. Del jogo bonito del pasado, ni noticias…
"Jugaremos como el futbol moderno demanda. La magia y los sueños ya no existen en el futbol actual. Tenemos que combinar técnica y eficiencia", había anunciado Parreira antes del puntapié inicial del Mundial. No mintió en absoluto.
Il Divino Baggio aportaba el toque de distinción de una Italia con nulo poder ofensivo. Todos corrían y marcaban. Y entre los que marcaban asomaba la ilustre excepción de Franco Baresi, un líbero de galera y bastón. Sin embargo, así como el destino fue implacable con el fantástico jugador de Juventus, también se ensañó con el exquisito defensor del Milan.
EL MILAGRO DE BARESI
La vigilia de la final tenía a Baresi como actor protagónico. Se había roto los meniscos en el 1-0 sobre Noruega, en el segundo partido de la primera fase. Pasó el 23 de junio. Dos días después, fue intervenido quirúrgicamente. Italia debió arreglárselas sin él. El conjunto de Arrigo Sacchi llegó al duelo decisivo contra Brasil y, contra todos los pronósticos, contó con su capitán.
El defensor luchó contra viento y marea para recuperarse y el 17 de julio, poco más de 20 días después de su lesión, estuvo en la cancha. Y jugó un partidazo. Pero no lo recordará jamás con alegría porque la suerte no estuvo de su lado.
Justamente de los pies de Baresi se inició la primera acción de peligro del encuentro. Una de las pocas de esa jornada. El pase largo del zaguero fue capturado por Daniele Massaro tras una pifia de Marcio Santos, pero su remate quedó en poder del arquero Taffarel. Brasil replicó con un peligroso tiro de Branco que rechazó Gianluca Pagliuca y que no logró definir Mazinho.
Se lesionó Jorginho y entró Cafú en el lateral derecho de la retaguardia. La modificación le dio algo más de espíritu ofensivo a un seleccionado verdiamarillo de acotada ambición. Con muy escasos recursos, los de Parreira mostraban una imagen apenas mejor que la de sus adversarios, decididos tan solo a contraatacar a través de la conducción de un Baggio que se pareció muy poco al jugador que tanta admiración despertaba en el ambiente futbolístico.
ETERNO 0-0
Algún intento aislado del poco iluminado delantero italiano y un cabezazo débil de Romario no bastaban para modificar un trámite muy apagado. Una tenue polémica asomó con un offside a Roberto Donadoni cuando se escapaba hacia la valla de Taffarel. La final era de un nivel pobrísimo.
El arquero brasileño se lució ante una llegada de Donadoni y luego le tocó a su colega Pagliuca verse favorecido por la fortuna cuando su endeble reacción ante un remate de Marcio Santos finalizó con la pelota tocando el poste derecho antes de caer en las manos del aliviado guardavalla.
Se consumieron los 90 minutos reglamentarios y el alargue pareció despertar a los finalistas. Se salvó Italia ante un centro que Pagliuca no logró contener y luego Taffarel respondió bien ante un disparo de Il Divino. Romario no pudo empujar al fondo del arco un rebote que le quedó casi servido en bandeja y luego el apagado Baggio no pudo siquiera asustar al arquero brasileño con tiro muy débil desde una buena posición.
El 0-0 se hizo eterno y tras la media hora del alargue, el título debió definirse desde el punto penal. Esos once metros que para la cultura futbolera son doce pasos iban a ser la distancia entre el cielo y el infierno. Baresi, heroico y tenaz, ardió en las llamas del averno con una ejecución que destrozó una nube en el firmamento de Los Angeles. Pagliuca redimió a su afligido compañero atajando el disparo de Marcio Santos.
Acertaron Demetrio Albertini, Romario, Alberigo Evani y Branco. Le tocó el turno a Massaro, cuyo remate débil y anunciado murió en las manos de Taffarel. Dunga, ese obrero de la mitad de la cancha con una personalidad ciento por ciento ganadora, doblegó a Pagliuca y dejó a Baggio con la obligación de acertar para mantener en carrera a Italia. Y justamente ese jugadorazo de un talento ilimitado le pegó tan pero tan mal que su remate pareció un calco del de Baresi. Los dos mejores futbolistas del equipo azzurro le hicieron poco honor a su inmensa categoría y el título quedó en manos Romario, Bebeto y compañía. Desde los doce pasos, la alegría era solo brasileña.
Brasil 0 (3) - Italia 0 (2)
Brasil: Taffarel; Jorginho, Marcio Santos, Aldair, Branco; Mazinho, Dunga, Mauro Silva, Zinho; Bebeto, Romario. DT: Carlos Alberto Parreira.
Italia: Gianluca Pagliuca; Roberto Mussi, Franco Baresi, Paolo Maldini, Antonio Benarrivo; Roberto Donadoni, Demetrio Albertini, Dino Baggio, Nicola Berti; Roberto Baggio, Daniele Massaro. DT: Arrigo Sacchi.
Incidencias
Primer tiempo: 21m Cafú por Jorginho (B); 34m Luigi Apolloni por Mussi (I). Primer tiempo suplementario: 5m Alberigo Evani por D. Baggio (I). Segundo tiempo suplementario: Viola por Zinho (B).
Definición por disparos desde el punto penal: F. Baresi (desviado), Marcio Santos (atajado), Albertini (convertido), Romario (convertido), Evani (convertido), Branco (convertido), Massaro (atajado), Dunga (convertido), R. Baggio (desviado).
Estadio: Los Angeles Rose Bowl (Los Angeles). Árbitro: Sandor Puhl, de Hungría. Fecha: 17 de julio de 1994.