Los acontecimientos
Por Ramiro Sanchiz
Fondo de Cultura Económica. 216 páginas
Si existe un lector desprevenido que se adentre en el libro de Ramiro Sanchiz Los acontecimientos -quienes leen al autor suelen ser fans-, lo primero que notará es que el título de la obra podría resultar, por lo menos, engañoso. Un acontecimiento, tomando una definición más bien literal, suele asociarse con movimiento, con acción. Los del libro, en cambio, son más sutiles, mínimos: hay que buscarlos con brújula. Conviene advertirlo a quien no esté familiarizado con el mundo de Sanchiz. Nada de lo que se encuentra en esta novela remite al avance, al menos a un avance explícito. Todo es introspección, escucha, tensa calma.
El Proyecto Stahl -la biografía del alter ego de Sanchiz, del que Los acontecimientos es el último eslabón- se caracteriza por mundos opresivos y oscuros, por momentos solemnes. Aquí, el protagonista -o narrador, o personaje principal- se dedica casi exclusivamente a escuchar un zumbido que asocia con los infrasonidos o hums. Eso es, mayormente, lo que hace a lo largo de la obra. No hay guiños de humor ni escapes providenciales, ningún accidente oportuno.
Considerado uno de los escritores más importantes de la llamada “ficción extraña” latinoamericana, Sanchiz -uruguayo, también especializado en Filosofía- consigue en este nuevo trabajo transportarnos a su imaginario fantasmagórico y postapocalíptico, ya visitado, por ejemplo, en la tan elogiada El orden del mundo (2014).
En este nuevo material, el protagonista vive aislado en una plataforma petrolífera abandonada, con la misión de realizar tareas de mantenimiento. A partir de esa consigna mínima, emergen la obsesión, lo meticuloso, lo kafkiano y lo lovecraftiano.
Los acontecimientos es, así, una novela que se repliega sobre sí misma, desafía la paciencia del lector y pone en cuestión la idea misma de avance. Su mayor virtud -la fidelidad a una poética de la repetición- es también su principal riesgo, ya que exige una disposición poco habitual. Busca a un lector dispuesto a aceptar que volver sobre lo mismo no siempre es un defecto, sino, tal vez, el sentido último de la experiencia.
Alejandro Pigman