Opinión
La guerra de Ucrania y el regreso de la Gran Política

Del Donbass a Silicon Valley (II)

Mientras los drones sobrevuelan Moscú, las fábricas europeas aceleran la producción de municiones, Silicon Valley desarrolla nuevas aplicaciones de inteligencia artificial para uso militar y las negociaciones diplomáticas avanzan con extrema dificultad, la mayoría de los análisis continúa formulando la misma pregunta: ¿quién está ganando la guerra en Ucrania? Los mapas del frente cambian semana a semana, las cifras de bajas son objeto de disputa y cada parte proclama avances que la otra niega. Sin embargo, quizá esa no sea la pregunta verdaderamente importante.

Todo conflicto importante deja enseñanzas que trascienden a sus protagonistas. Waterloo no sólo marcó la derrota de Napoleón; transformó el equilibrio europeo. La Guerra de Secesión no fue únicamente un conflicto interno estadounidense; anticipó la guerra industrial. La Primera Guerra Mundial modificó la relación entre economía, sociedad y poder militar. La Segunda Guerra Mundial inauguró la era nuclear. Del mismo modo, la guerra de Ucrania probablemente será recordada no sólo por sus consecuencias territoriales sino porque constituye el mayor laboratorio estratégico del siglo XXI.

 

EL ARTE DE LA DIALECTICA

Carl von Clausewitz enseñó que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Un siglo más tarde, el general francés André Beaufre completaría esa idea definiendo la estrategia como “el arte de la dialéctica de las voluntades que emplean la fuerza para resolver un conflicto”. Ambas afirmaciones, separadas por más de cien años, adquieren hoy una sorprendente actualidad.

Esta interpretación encuentra además un sólido respaldo en Raymond Aron, quien advirtió que la estrategia sólo puede comprenderse dentro del marco de las relaciones políticas entre los Estados. Las operaciones militares, por brillantes que sean, carecen de significado si se las separa del proyecto político que les da origen. La guerra de Ucrania confirma nuevamente esa intuición.

La guerra de Ucrania demuestra que, aunque cambien las armas, las tecnologías o los escenarios, la esencia de la estrategia permanece inalterable: la fuerza continúa subordinada a una voluntad política. Lo que ha cambiado es la amplitud de los instrumentos mediante los cuales esa voluntad se expresa.

Durante décadas predominó la idea de que la globalización reduciría progresivamente el papel del Estado. En el denominado “momento unipolar”, muchos imaginaron que los mercados, las cadenas globales de valor y las grandes corporaciones terminarían sustituyendo a los Estados como actores centrales de la política internacional. La pandemia de Covid-19, la creciente competencia entre Estados Unidos y China y finalmente, la guerra de Ucrania demostraron exactamente lo contrario. Cuando están en juego intereses vitales, la conducción política recupera la iniciativa y el Estado vuelve a ocupar el centro de la escena. No asistimos al fin de la geopolítica, sino al retorno de la Gran Política.

La guerra de Ucrania constituye quizás el laboratorio más visible de esta transformación.

 

LA GRAN POLITICA NACIONAL

En una columna anterior sostuvimos que el conflicto ya no podía comprenderse únicamente observando las operaciones militares en el Donbass. Las decisiones más importantes comenzaban a gestarse en laboratorios, universidades, industrias de defensa, empresas tecnológicas y organismos de investigación. Hoy esa afirmación puede ampliarse. El verdadero cambio no consiste solamente en la aparición de nuevas tecnologías, sino en la capacidad del Estado para integrarlas dentro de una Estrategia Nacional orientada por una Gran Política.

Aquí conviene distinguir con claridad conceptos que muchas veces aparecen confundidos.

La Gran Política Nacional constituye el nivel superior de conducción. Es allí donde una Nación define sus intereses permanentes, identifica sus objetivos históricos y establece el rumbo general de su desarrollo. La Estrategia Nacional no reemplaza esa función: es el instrumento mediante el cual la Gran Política armoniza e integra los distintos instrumentos del poder nacional para alcanzar esos fines.

En ese proceso, la geopolítica ocupa un lugar fundamental, pero preciso. No constituye un nivel superior de conducción ni una política en sí misma. Su función consiste en aportar el conocimiento del espacio, de la posición relativa de los Estados, de los recursos, de las comunicaciones y de las relaciones de poder que condicionan toda acción estratégica. Es, por tanto, una disciplina tributaria de la Estrategia Nacional.

Esta arquitectura conceptual permite comprender mejor lo que hoy ocurre en Estados Unidos. El llamado ecosistema de innovación no representa simplemente el éxito de Silicon Valley ni el dinamismo de determinadas empresas privadas. Expresa la capacidad del Estado para articular universidades, centros de investigación, organismos públicos como DARPA, estructuras vinculadas a la comunidad de inteligencia, capital de riesgo, industria de defensa y empresas tecnológicas en función de objetivos estratégicos nacionales.

Palantir, Anduril, SpaceX, Microsoft o Google constituyen piezas relevantes de ese sistema, pero no son su fundamento. El verdadero protagonista continúa siendo el Estado, que orienta, coordina y aprovecha esas capacidades dentro de una estrategia superior. La innovación tecnológica deja así de ser un fenómeno exclusivamente económico para convertirse en un instrumento del poder nacional.

 

GUERRA SOBRE EL TERRENO

Mientras tanto, la guerra continúa evolucionando sobre el terreno. Los recientes ataques masivos con drones de largo alcance contra territorio ruso demuestran hasta qué punto tecnologías relativamente accesibles pueden producir efectos estratégicos. La inteligencia artificial, la navegación autónoma y la producción en gran escala modifican profundamente la relación entre costo, distancia y capacidad de ataque. Pero esos avances no alteran un principio esencial: ninguna tecnología sustituye la conducción política ni la planificación estratégica.

La guerra de desgaste ofrece otra enseñanza significativa. Ya no se limita a las pérdidas humanas o materiales de los ejércitos enfrentados. También compromete la capacidad industrial, financiera, energética y política de quienes sostienen el esfuerzo bélico. Europa enfrenta el desafío de mantener durante años el apoyo a Ucrania preservando, al mismo tiempo, su competitividad económica, su cohesión política y su base industrial. El desgaste se extiende así al conjunto del poder nacional.

La diplomacia tampoco permanece al margen de esta transformación. Las negociaciones ya no transcurren exclusivamente alrededor de una mesa. Se desarrollan simultáneamente bajo la influencia de sanciones económicas, capacidades industriales, innovación tecnológica, presión energética, campañas de información y evolución militar. La política y la guerra vuelven a aparecer, como intuían Clausewitz y Beaufre, profundamente entrelazadas.

La propia evolución institucional de Ucrania refleja esa lógica. A medida que el conflicto se prolonga, las decisiones políticas, militares, industriales y tecnológicas tienden a concentrarse en una conducción cada vez más integrada. Los recientes cambios en la estructura del gobierno ucraniano y el creciente protagonismo de las áreas vinculadas a la defensa ilustran una tendencia que la historia ha mostrado repetidamente: las guerras de larga duración no sólo modifican los ejércitos; también transforman la organización del Estado. La conducción política no desaparece ni es reemplazada por la lógica militar. Por el contrario, se ve obligada a coordinar con mayor intensidad todos los instrumentos del Poder Nacional para sostener el esfuerzo estratégico.

 

OPERACIONES MULTIDOMINIO

Las llamadas Operaciones Multidominio constituyen la manifestación militar de esa integración. Tierra, mar, aire, espacio, ciberespacio y dominio cognitivo solo pueden coordinarse eficazmente cuando detrás existe una Estrategia Nacional capaz de integrar también la política, la economía, la diplomacia, la ciencia, la tecnología y la industria al servicio de los objetivos definidos por la Gran Política. Ésta es, probablemente, la principal enseñanza que el conflicto deja para la Argentina.

La discusión sobre la Defensa Nacional no debería reducirse a la adquisición de nuevos sistemas de armas ni al porcentaje del presupuesto destinado al sector. El verdadero desafío consiste en recuperar la capacidad del Estado para formular una Gran Política Nacional de largo plazo y, a partir de ella, desarrollar una Estrategia Nacional que articule el conocimiento geopolítico, la diplomacia, las Fuerzas Armadas, el sistema científico, las universidades, la industria y las empresas tecnológicas dentro de un mismo proyecto nacional.

Las guerras del siglo XXI seguirán librándose en los campos de batalla, pero su desenlace dependerá cada vez más de la capacidad de los Estados para integrar todos los recursos de la Nación bajo una conducción política coherente. La guerra de Ucrania no anuncia el fin de la estrategia clásica; anuncia su regreso. En una época fascinada por los algoritmos, los drones y la inteligencia artificial, el factor decisivo continúa siendo el mismo que reconocieron Clausewitz, Aron y Beaufre: la capacidad de una Nación para saber qué intereses quiere defender y organizar todo su Poder Nacional en función de ellos. Esa es, quizás, la enseñanza más profunda que el conflicto ofrece hoy a la Argentina.

La verdadera revolución que revela Ucrania no consiste únicamente en la irrupción de los drones o de la inteligencia artificial. Consiste en demostrar que, cuando una Nación enfrenta un desafío existencial, el Estado vuelve a convertirse en el gran integrador de la política, la economía, la ciencia, la industria y el instrumento militar. En el siglo XXI, como en tiempos de Clausewitz, la guerra continúa siendo, ante todo, un problema de conducción política.