Por Thiago Battiti
Hay lugares donde la Ciudad deja de ser mera disposición de calles para convertirse en teología encarnada. No todo suelo urbano es equivalente: hay ámbitos donde la historia ha sedimentado, como en un relicario de piedra, la fe, la memoria y el sacrificio de generaciones enteras. Tal es el caso de la manzana de la Iglesia de Santa Catalina, en el corazón de la antigua Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Ayres, donde hoy vuelve a insinuarse -con modales técnicos y retórica de progreso- la tentación de alterar lo que ha sido consagrado por el tiempo.
No se trata de una querella menor ni de una discusión entre arquitectos. Lo que aquí se debate es el sentido mismo de la Ciudad: si ha de ser continuidad o ruptura, herencia o tabula rasa, altar o cálculo. Bajo fórmulas modernas -siempre elegantes, a menudo imprecisas- se desliza una lógica que convierte el espacio en mercancía y el pasado en estorbo. Dicho sin circunloquios: donde hubo misterio, se pretende instalar rendimiento.
AREA DE PROTECCION HISTORICA
La normativa vigente no deja resquicio a la ambigüedad. El Plan Urbano Ambiental (Ley 2930) y el Código Urbanístico (Ley 6099) han establecido para el área una de las categorías más estrictas de protección: Área de Protección Histórica. No es una cortesía ni una sugerencia, sino una definición jurídica fundada en el reconocimiento de un bien superior. La manzana delimitada por San Martín, Viamonte, Reconquista y Córdoba pertenece a ese linaje de espacios donde la Nación se reconoce a sí misma en piedra y silencio.
Quien recorra ese ámbito con mirada limpia advertirá de inmediato su condición singular. No es un vacío disponible, sino un tejido cargado de sentido. Allí, cada proporción responde a una escala humana que no es fruto del azar, sino de una tradición constructiva que entendía la ciudad como prolongación del orden. Alterar esa escala en nombre de la rentabilidad equivale a introducir una disonancia en una partitura secular.
La legislación argentina en materia de patrimonio -desde las primeras iniciativas del siglo XX hasta las disposiciones actuales- ha sido clara en un punto: hay bienes que no pueden ser sometidos a la lógica del mercado sin que se resienta el cuerpo mismo de la comunidad.
La creación de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos en 1940 no fue un gesto ornamental, sino un acto de lucidez política. Reconocía que la Nación no se sostiene solo en la producción, sino también en la memoria.
LA PRUDENCIA
Sin embargo, toda ley, por perfecta que sea, requiere una virtud que no se codifica: la prudencia. Y la prudencia, en materia urbana, consiste en saber que no todo lo posible es conveniente, ni todo lo rentable es justo. Las grandes ciudades que han sabido preservar su identidad no lo han hecho por inmovilidad, sino por inteligencia. París y Madrid han comprendido que el centro histórico no es un campo de experimentación, sino un núcleo que debe ser tratado con una delicadeza casi litúrgica.
Buenos Aires ha ensayado, con aciertos y errores, ese mismo camino. Las políticas orientadas a recuperar la escala peatonal, a reducir el tránsito vehicular y a revalorizar el espacio público responden a una comprensión más madura de lo urbano. Se ha intentado, en suma, devolver al centro su condición de lugar habitable, no meramente transitado. En ese contexto, cualquier intervención que rompa la armonía existente no solo contradice el espíritu de la ley, sino también el sentido de la experiencia acumulada.
Pero hay algo más profundo aún. La Iglesia -y en particular un templo como Santa Catalina- no es un elemento decorativo dentro del paisaje. Es un eje. En torno a ella se ha organizado la vida, no solo religiosa, sino también social y cultural. Desfigurar su entorno inmediato no es una operación técnica: es una alteración simbólica. Es tocar, con mano poco diestra, el centro invisible que da coherencia al conjunto.
La Ciudad tradicional no es una suma de funciones, sino un organismo. Posee órganos vitales que no pueden ser reemplazados sin que todo el cuerpo sufra. La manzana de Santa Catalina pertenece a ese orden. Tratarla como si fuera intercambiable con cualquier otra parcela es desconocer la naturaleza misma de lo urbano en su forma más alta.
CUSTODIA
Se dirá, como siempre, que el progreso exige sacrificios. Pero conviene preguntarse: ¿qué se sacrifica, y en nombre de qué? Cuando el sacrificio recae siempre sobre lo irrepetible -sobre aquello que no puede reconstruirse una vez perdido-, el progreso deja de ser tal para convertirse en una forma de empobrecimiento. Hay desarrollos que desarrollan; otros, simplemente, erosionan.
La responsabilidad de custodiar estos bienes recae, en primer lugar, en las autoridades. Hacer cumplir la ley no es una opción, sino un deber. Y en este caso, el deber es doble: jurídico y moral. Jurídico, porque la normativa es clara; moral, porque está en juego algo que excede el interés inmediato. Permitir que la presión económica desplace la protección patrimonial sería una forma elegante de renuncia.
Pero también hay una responsabilidad difusa, más difícil de medir y más decisiva: la de los ciudadanos. Una comunidad que no reconoce el valor de su herencia está condenada a dilapidarla. La conciencia patrimonial no nace de decretos, sino de una educación de la mirada. Es preciso aprender a ver, y ver -en este caso- significa comprender que esas piedras no son mudas: hablan, y dicen quiénes somos.
No es casual que esta Ciudad lleve en su nombre la referencia a la Santísima Trinidad. No es un adorno retórico, sino una marca de origen. Y aunque los siglos hayan secularizado muchos de sus signos, subsiste en su trazado una huella de esa consagración. La Iglesia de Santa Catalina forma parte de esa huella. Defenderla es, en cierto modo, mantener la coherencia entre el nombre y la forma.
En tiempos en que todo parece provisional, la permanencia adquiere un valor casi subversivo. La piedra, con su silencio obstinado, recuerda que hay realidades que no se negocian. No por rigidez, sino por fidelidad. No por nostalgia, sino por justicia.
La manzana de Santa Catalina no requiere innovación, sino custodia. No pide audacia, sino respeto. Quien la contemple con ojos atentos advertirá que ya está completa en su sentido. Intervenirla sin necesidad es añadir ruido a una armonía lograda.
Las naciones no se destruyen de un día para otro. Se erosionan lentamente, concesión tras concesión, hasta que un día descubren que han perdido aquello que las hacía reconocibles. Evitar ese destino no exige gestos grandilocuentes, sino decisiones concretas. Esta es una de ellas.
Y conviene no errar. Porque hay errores que, una vez cometidos, no admiten redención urbanística ni absolución histórica. Aquí, la prudencia no es cobardía: es, sencillamente, inteligencia.