POR BERNARDINO MONTEJANO
Un día de recorrida por San Joaquin, en los pagos de san Serapio de Azul, una mujer grande y muy buena, Charo Fraga Iribarne de Puy, observó unas setas y dictaminó con autoridad: son champiñones de excelente calidad.
Ante la duda los hongos fueron estudiados en la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad de Buenlos Aires por el Dr. Cabral y el resultado fue definitivo: eran un par de especies de agaricus bisporus, comestibles y muy estimables.
Desde entonces, en cada otoño o primavera, después de las lluvias, crecen en buena tierra y los disfrutamos, con un sabor silvestre, muy distinto de aquellos que se producen en los criaderos en bosta esterilizada de caballo.
Pero los hongos exigen una prudente discriminación, porque existe una especie, amanitas faloides, que es mortífera. El nieto de un amigo fue una de sus víctimas.
Tiempo después, gozando de la generosa hospitalidad de Francisco Puy, en su residencia de Guillamonde, sita en Paizás, al recorrer sus bosques advertimos que Charo era una experta en la recolección de setas gallegas, que luego enriquecía en sabrosas comidas.
LO CULTURAL
Pasamos de lo fúngico a lo cultural y en El Manifiesto periódico política y socialmente incorrecto de hoy, podemos leer un artículo titulado: “En defensa de la discriminación”.
En él se afirma que “Occidente se va a los perros porque hemos dejado de discriminar, porque hemos convertido la discriminación en uno de los pecados capitales de nuestro tiempo. Por eso urge que empecemos a discriminar.
Discrimine mucho, a conciencia y sin remordimientos. Enseñe a sus hijos a discriminar desde pequeños. Exija que discriminen sus profesores, sus médicos, sus jueces y sus gobernantes. Desconfíe de quien presume de no discriminar: acaba de confesarle que ha renunciado a una de las facultades elementales de la inteligencia. Discriminar es distinguir, separar lo verdadero de lo falso, lo hermoso de lo feo, el genio del imbécil, el amigo del enemigo, el vino del vinagre. El idiota no discrimina”.
Sigue una cita de Albert Einstein: “Solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y no estoy tan seguro de la primera”, frase que haría revolver en su tumba a Juan Jacobo Rousseu y sus discípulos.
Y nos aconseja: “discrimine entre un hombre admirable y un canalla, entre una obra de arte y una mierda, entre una noticia y propaganda, entre una injusticia y una desgracia, entre una víctima y un profesional del victimismo. Discrimine entre quien sabe y quien aparenta, entre quien le dice la verdad y quien pretende tomarle el pelo. Y discrimine especialmente entre ideas. Empezando por ésta: que discriminar está mal”.
No queremos corregir a la antítesis de obra de arte, calificada por Carlos Esteban en un lenguaje que nos recuerda al de Javier Milei, pero nuestro castellano tiene palabras más elegantes para designarla: excremento, bosta, truño, cochinada, guarrería.
Porque no hablamos español, como vulgarmente se dice, sino castellano, uno de los idiomas de la península ibérica, junto al gallego, al catalán, al vasco y al andaluz, aunque esto disguste a los separatistas enemigos de la España que queremos, una, grande y libre, a pesar de sus protervos gobernantes que la tienen postrada hoy.