Opinión

De Ankara al Donbass: comenzó la guerra permanente

"La guerra no pertenece al dominio de las artes y las ciencias, sino al dominio de la vida social. Es un conflicto de grandes intereses resuelto mediante el derramamiento de sangre." (Carl von Clausewitz, De la guerra, Libro II, Capítulo III.)

Hace casi dos siglos, Clausewitz escribió una de las definiciones más profundas y menos citadas de toda su obra. Al afirmar que la guerra pertenece al dominio de la vida social, advertía que no podía comprenderse únicamente como un fenómeno militar. La guerra expresa el modo en que una sociedad organiza su poder político, económico, industrial y moral para imponer su voluntad sobre otra. Dos siglos después, esa reflexión adquiere una vigencia extraordinaria. La guerra del siglo XXI ya no transforma solamente a los ejércitos: reorganiza industrias, economías, sistemas tecnológicos, infraestructuras críticas, cadenas logísticas y sociedades enteras.

Por eso, para comprender la batalla de Konstyantynivka o las decisiones adoptadas durante la reciente cumbre de la OTAN en Ankara, resulta imprescindible mirar mucho más allá del campo de batalla.

Durante décadas, especialmente después del final de la Guerra Fría, Occidente creyó haber ingresado en una etapa donde los grandes conflictos convencionales pertenecían definitivamente al pasado. Las operaciones militares se concentraban en campañas limitadas, intervenciones contra actores no estatales o misiones de estabilización. La guerra entre grandes potencias parecía una hipótesis remota. Sin embargo, Ucrania ha demostrado que esa percepción era equivocada. Lo verdaderamente novedoso no es únicamente el regreso de la guerra convencional, sino la confirmación de un paradigma, donde la competencia estratégica demuestra ser una condición permanente del sistema internacional.

Mientras en Ankara los países de la OTAN debatían el incremento sostenido del gasto militar, la ampliación de la base industrial de defensa, la innovación tecnológica y la aceleración de la producción de armamentos, en un puesto de mando avanzado Vladimir Putin presidía una reunión con Valery Gerasimov y los comandantes de todos los grupos operacionales para evaluar la campaña y definir las tareas del verano.

El documento difundido posteriormente resulta particularmente revelador. No describe únicamente operaciones militares; expone una concepción estratégica basada en la continuidad de las ofensivas, la ampliación de las denominadas zonas de seguridad y la destrucción sistemática del complejo militar-industrial ucraniano mediante ataques contra fábricas, aeródromos, centros logísticos e infraestructura energética.

Dos reuniones celebradas casi simultáneamente sintetizan mejor que cualquier discurso la transformación que atraviesa el escenario internacional. La OTAN reorganiza su capacidad industrial para sostener un esfuerzo prolongado. Rusia reorganiza su aparato militar e industrial para continuar una campaña concebida en términos de desgaste. Ninguno de los dos bloques planifica una guerra breve. Ambos preparan sus estructuras nacionales para una competencia cuya duración nadie se atreve a establecer.

En ese contexto, la batalla por Konstyantynivka adquiere un significado que trasciende ampliamente la suerte de una ciudad del Donbass. Desde 2014 Ucrania desarrolló allí un complejo sistema defensivo integrado por Lyman, Siversk, Chasiv Yar, Toretsk, Konstyantynivka, Druzhkivka, Sloviansk y Kramatorsk. No eran posiciones aisladas, sino una auténtica fortaleza escalonada, unida por rutas, ferrocarriles, depósitos logísticos y posiciones preparadas durante más de una década.

 

ABASTECIMIENTO

La discusión pública suele reducirse a determinar quién controla un barrio o cuándo una bandera reemplaza a otra. Sin embargo, desde el punto de vista operacional, una ciudad comienza a perderse mucho antes de su ocupación definitiva. Cuando deja de recibir abastecimientos, cuando sus reservas no pueden relevar a las unidades desgastadas, cuando sus comunicaciones quedan comprometidas y sus líneas logísticas son interrumpidas, la derrota militar comienza a gestarse aunque todavía continúen los combates calle por calle.

Precisamente por ello la guerra contemporánea incorpora un fenómeno que hemos denominado la Niebla de la Guerra 2.0. Clausewitz describió la incertidumbre inherente al combate. Hoy esa incertidumbre ya no es solamente consecuencia del caos propio de las operaciones militares. También es deliberadamente construida.

La propaganda, las imágenes satelitales, los drones, las redes sociales, las campañas de desinformación, los comunicados oficiales y las operaciones psicológicas forman parte del mismo campo de batalla. Cada actor intenta imponer una interpretación distinta de una realidad que evoluciona constantemente.

Los propios documentos oficiales rusos reconocen esta dimensión cuando acusan a Kiev de ocultar pérdidas, presentar territorios conquistados como "zonas grises" y desarrollar campañas informativas destinadas a sostener la percepción de éxito militar. Más allá de compartir o no esa interpretación, resulta significativo que el propio Kremlin considere el dominio de la información como un componente esencial de la campaña.

 

BATALLA DE SISTEMAS

La guerra del siglo XXI ya no enfrenta únicamente ejércitos. Enfrenta sistemas nacionales completos. Cada misil interceptado depende de una industria capaz de fabricar nuevos interceptores. Cada dron necesita microelectrónica, inteligencia artificial, energía, comunicaciones y logística. Cada brigada requiere combustible, transporte, mantenimiento y una economía capaz de sostenerla. La batalla decisiva ya no se libra exclusivamente en la línea del frente. Se extiende a las fábricas, a los laboratorios, a las universidades, a los puertos, a las redes eléctricas y a los presupuestos nacionales.

Por ello proponemos hablar de una verdadera: Batalla de Sistemas. Rusia apuesta a sostener una economía adaptada al esfuerzo militar prolongado mientras intenta destruir la capacidad industrial ucraniana. La OTAN procura fortalecer simultáneamente su propia industria de defensa para garantizar el abastecimiento de Ucrania y reconstituir sus arsenales estratégicos. Ankara y Konstyantynivka representan dos escenarios diferentes de un mismo conflicto: uno expresa la reorganización industrial de Occidente; el otro, la aplicación militar de esa competencia.

Este proceso nos conduce inevitablemente a un concepto más amplio: la Guerra Permanente. No significa un combate continuo, sino una reorganización permanente de los instrumentos del poder nacional. Durante el siglo XX las economías se movilizaban cuando estallaba una guerra. En el siglo XXI las grandes potencias reorganizan de manera estable sus industrias, sus sistemas tecnológicos, sus cadenas logísticas y sus capacidades militares para sostener una competencia estratégica constante, aun cuando no existan operaciones militares abiertas.

La principal enseñanza para Iberoamérica resulta evidente. La Argentina, Brasil y México no pueden observar estos acontecimientos como si pertenecieran exclusivamente a Europa. El nuevo escenario internacional condicionará la energía, el comercio, la tecnología, las inversiones, las cadenas logísticas, la producción industrial y los recursos estratégicos. La defensa nacional ya no puede reducirse a la adquisición de armamentos ( o tercerizar servicios con aliados circunstanciales…). Comienza en la industria, en la infraestructura crítica, en la educación científica, en la energía, en la tecnología y en la capacidad de preservar la autonomía de decisión del Estado.

Quizá la principal lección de estos días no provenga de Ankara ni de Konstyantynivka consideradas por separado. La verdadera novedad reside en que ambas representan la misma transformación histórica. Mientras una ciudad fortificada decide el futuro inmediato de la campaña del Donbass, dos grandes bloques reorganizan simultáneamente sus economías, sus industrias, sus doctrinas y sus tecnologías para sostener una competencia prolongada.

 

DOMINIO DE LA VIDA SOCIAL

Clausewitz comprendió que la guerra pertenecía al dominio de la vida social. Dos siglos después, esa afirmación adquiere una dimensión nueva. La guerra ya no comienza cuando despega el primer dron ni termina cuando cae una ciudad. Comienza cuando una nación adapta silenciosamente todo su sistema de poder para competir en un mundo crecientemente inestable. Y, sin embargo, incluso en esta era de inteligencia artificial, satélites, drones y dominio cognitivo, permanece inalterable una verdad tan antigua como la propia historia: las tecnologías multiplican el poder, las economías sostienen el esfuerzo y las industrias producen los medios, pero siguen siendo los hombres quienes toman las decisiones, ocupan el terreno y convierten la fuerza en un resultado político. La historia cambia sus herramientas; no cambia su esencia.

¿Ustedes creen que nuestros dirigentes entienden esto? Hasta la semana próxima.