Cultura
EL RINCON DEL HISTORIADOR

Cuatro memorias inéditas del Rosismo

Juan Isidro Quesada acaba de publicar Cuatro Memorias Inéditas del Rosismo. Como lo señala en la Presentación, son estos “hechos históricos un género literario de gran repercusión en quienes gustan de estas lecturas de recuerdos personales unidas a hechos que jalonaron la historia de una nación”.

Este género tiene como antecedente las Memorias del general Lamadrid, quien las escribió por sugerencia de Manuel Belgrano, que por su experiencia europea sabía la importancia que tenían estos escritos. Siguieron las del general José María Paz, publicadas por sus hijos en 1855, a un año de su muerte. Estas menoscabaron a algunos contemporáneos, y agrega Quesada: “En los cuatro tomos publicados en esos años, y posteriores ediciones, no aparecen sus recuerdos de los años en que actuó en la guerra contra el Brasil. Esa parte de su manuscrito original desapareció en manos de Andrés Lamas. Nada más se supo de él. ¿Tendría terribles opiniones sobre los principales actores de esos años? Es posible. Urge pues su aparición, si es que aún existe”.

No deja de mencionar las de Tomás de Iriarte, publicadas a instancias de Enrique de Gandía en la editorial Claridad por la década del 40 y finalizadas por Luis Iriarte Udaondo, siempre con el estudio preliminar de su descubridor; igualmente “fueron criticadas por algunos”.

EL JOVEN SUIZO

Henri Louis de Chapeurouge era un joven suizo, atraído por los viajes y el comercio, actividad a la que se dedicó primero en Liverpool, de donde en 1834 la Casa Barker decidió enviarlo a Buenos Aires como su representante. Llegó a nuestra ciudad el 17 de febrero de 1835 y se alojó en la casa de don Samuel Lafone, casado con Marica Quevedo, cuyo casamiento, por haberse celebrado solo por el rito protestante, había llevado a la cárcel a todos los que tuvieron parte en él, según cuenta en esas páginas.

Ofrece también otros detalles de interés sobre la vida doméstica, como que en 1837 arrendaba dos cuartos en la casa de doña Rudecinda Gómez, donde compartía la mesa con otros inquilinos, entre ellos el coronel José Segundo Roca (padre del futuro general) y su sobrino Marcos Paz, un joven abogado que llegaría a ser vicepresidente de la República.

El 13 de julio de 1840 fue preso y en pocas páginas describió su vida en compañía de algunos comerciantes, como Ladislao Martínez y Mariano Sartre, que presidía el Tribunal de Comercio. Más allá de la falta de libertad, que no es poco, la prisión no le resultó muy dura, al extremo de que desde la cárcel atendía su negocio. Finalizado el bloqueo, quedó en libertad.

Conoció después a Margarita del Sar (no Riera, como señala Cutolo), con quien se casó en La Merced el 8 de diciembre de 1843; su muerte, en 1872, la “disimuló con la alegría propia de un hombre que tenía la virtud por norma y a Dios por su única esperanza”.

Fue uno de los fundadores del Club de Residentes Extranjeros y, a su muerte en 1898, con sus muchos años, se había convertido en el decano de los suizos en Buenos Aires.

LOS MILITARES

Las otras memorias corresponden a tres militares: los coroneles Antonio Toll, Juan Elías y Lino Lagos. El primero era un joven marino catalán que, alistado en la flotilla realista que, al mando de Michelena, bombardeó San Nicolás de los Arroyos y Buenos Aires, pero con ideas favorables a la causa revolucionaria, aprovechó el armisticio firmado por Elío para radicarse en nuestra ciudad, y sirvió después a las órdenes de Brown en el sitio de Montevideo y de Alvear en la toma de aquella plaza. Su carrera en la marina lo llevó a ocupar un lugar destacado en nuestra armada durante la guerra con el Brasil, y mereció los honores del adversario cuando fue prisionero. En 1832 era coronel de Marina y fue “partidario incondicional y hasta sumiso” del gobernador Rosas, que le encomendó la vigilancia de las costas y puertos del Uruguay, donde se enfrentó con Urquiza, situación que le valió ser destituido por Rosas.

El manuscrito del coronel Toll lo encontró el autor en una librería de viejo. Más allá de narrar esa misión, presenta con crudos trazos a Urquiza en ese momento, empeñado en lograr “el mayor anhelo del mando supremo. Al efecto trabaja sin cesar para hacerse de partido con varios comandantes que lo adulan, cree que el gobierno es su patrimonio al concluir su período el Sr. D. Pascual Echagüe; o antes si se le presentase la oportunidad”.

Pero a esto agrega:

“Es odiado del comerciante, agricultor, artesano, de los ricos y los pobres, por hallarse todos vejados por el carácter orgulloso, vengativo y cruel, hasta tocar con la ferocidad. Ambicioso sin límites por honores y riquezas, enemigo declarado de todos los que tienen más que él. Para corroborar el orgullo y vanidad de este jefe acompaño una divisa de las que se hizo litografiar haciéndoles poner al pecho a todos sus súbditos; mandando una al señor general Garzón y otra a mí; quizás pensando que yo haría uso de ella, como hicieron algunos oficiales de la escuadrilla después que fui separado del mando”.

Un juicio ante la Sala de Representantes vindicó el nombre de Toll, que siguió sirviendo a la Confederación y fue edecán de Rosas hasta Caseros. En la revolución de setiembre de 1852 estuvo con los porteños, y Mitre lo llevó a integrar la Comisión de Marina, a la que Toll, con su formación, propuso la creación de una escuela de formación de oficiales, antecedente de la Escuela Naval Militar. En ese puesto falleció en Buenos Aires en julio de 1864.

LA RÉPLICA

La memoria del coronel Juan Elías es una contestación a las que escribiera el general José María Paz. Elías estaba en Bolivia cuando estas vieron la luz y, cuando pudo leerlas, “fue grande su indignación al leer trozos en las mismas a él referentes y en los cuales mancillaba su honor y comportamiento en el Ejército Libertador”.

Este valioso documento, refrendado en algunos casos por la opinión del general Lamadrid, trata de los tiempos de la Coalición del Norte. A pesar de su indignación, el autor “deplora la necesidad en que estoy colocado de revelar la verdad”, aunque no deja de reconocer “a la memoria del general Paz veneración y respeto por sus hechos militares, por su noble constancia en saber soportar los reveses de la fortuna con esa abnegación que forma su más bello título, y sobre todo porque supo conquistarse el aprecio público combatiendo denodado la tiranía que pesó sobre el suelo argentino y oriental”.

Las Memorias del general Paz fueron replicadas por Iriarte, Aráoz de Lamadrid y Lorenzo Lugones, como vimos por Elías, y también por el coronel Lino Lagos, a quien El manco acusa de discrecionalidad a la hora de repartir los alimentos, y que es a la vez un testigo interesante de los sucesos en tiempo de los Madariaga en la provincia de Corrientes.

Juan Isidro Quesada, en este magnífico y cuidado volumen de Ediciones del Plata, hace un nuevo y valioso aporte. Pero además habla de la generosidad del coleccionista, porque algunas de ellas obran en su valioso archivo personal, del que hace partícipes a menudo a los lectores o interesados, dando a conocer textos de interés.

Hace más de 50 años que conozco al autor, desde los tiempos de la Revista de Historia Entrerriana que organizó Isidoro Ruiz Moreno, y nos hemos frecuentado con relativa asiduidad, dada su residencia fuera de Buenos Aires; pero, cual prestidigitador, siempre tiene algo inédito o curioso entre sus manos, como este libro.

La obra apareció a los pocos días de la muerte del doctor Miguel Ángel De Marco, “compañero de investigaciones históricas y entrañable amigo”, y está dedicada a su memoria, sin duda el primer homenaje en un libro de los muchos que recibirá quien tanto de bueno sembró en su andar por esta tierra.