Opinión
Buena Data en La Prensa

Cuando te vi llorar

Querido Benedicto:

Esta última semana lloraste varias veces. Recuerdo específicamente una de esas noches en las que habías llorado durante un buen rato y, cuando por fin lograste dormirte, apenas cinco minutos después volviste a romper en llanto. Era de madrugada y yo tenía sueño y estaba cansado. Me frustré. Y pensé: “Beni, ¿por qué llorás, si está todo bien?”.

EL LLANTO DEL BEBE

El llanto del bebé me llama fuertemente la atención. Como papá primerizo, hice la tarea y averigüé cuáles pueden ser los motivos para que un bebé llore. Entre otras causas, el llanto del niño puede surgir del dolor, cansancio, hambre, incomodidad, miedo, necesidad de afecto, impotencia e incapacidad de ordenar aquello que se siente. Pero lo que me resulta fascinante es que este malestar es un malestar no objetivado. Con esto quiero decir que aún no es capaz de identificar con claridad qué es lo que le sucede, sino que su percepción es más primitiva: simplemente siente que algo está mal en él. Es como una afección global, un estado general de desorden sensible. Creo que esto nos revela algunos rasgos fundamentales de la condición humana.

Yo te miro y entiendo cosas que vos todavía no podés comprender. Sé, por ejemplo, que no te estás muriendo, aunque a veces llores con la desesperación de quien siente que el mundo entero se derrumba. Sé que ese dolor va a pasar. Sé que muchas veces lo que te invade no es una tragedia sino cansancio; que el caos que sentís puede resolverse con algo tan simple como una siesta. Y también sé que, a veces, eso que sentís ni siquiera es un problema. Es simplemente que todavía sos pequeño y necesitas estar entre el calor de los brazos de tu padre.

Una vez que somos capaces de reconocer la raíz de nuestro malestar comenzamos a ponerle nombre: dolor, ansiedad, angustia, irritabilidad, tristeza, agotamiento. La realidad humana es compleja, pero estos sufrimientos responden a una misma causa: una herida que busca ser sanada, un vacío interior que necesita ser llenado. Sé que algo no está bien en mí y necesito de alguien que me sostenga.

San Agustín decía: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Hay algo en el ser humano que sólo descansa cuando descubre que es querido y que puede, a su vez, entregarse. Como si el corazón estuviera hecho para encontrar en otro una comunión capaz de devolverle unidad cuando todo en su interior parece dispersarse.

Tal vez por eso un niño deja de llorar al ser levantado en brazos. No porque haya comprendido racionalmente su problema, sino porque encuentra a alguien en quien puede reposar. Antes incluso de entender el mundo, aprende que la paz nace de saberse amado.

Entonces, cuando te vi llorar, te miré con ojos de padre y recordé algo de mí: Dios también debe mirarme así muchas veces. Debe verme inquieto, angustiado, temeroso, llorando por dentro mientras Él me sostiene entre sus manos y piensa, con infinita ternura: “Hijo, ¿por qué llorás, si yo estoy acá?”. Dios también nos mira con ojos de padre.

CONFIANZA BASICA

En el primer estadio del desarrollo de Erikson (confianza básica vs. desconfianza básica), el niño no posee una identidad psicológica autónoma. No busca entender el mundo sino experimentar si el mundo es algo estable, protector, acogedor, digno de confianza.

La respuesta amorosa de los padres promueve el desarrollo de esta confianza básica. Así, surge en el niño la sensación de que “el mundo es habitable y mis necesidades pueden ser atendidas”. Antes de cualquier razonamiento, el niño aprende afectivamente si la existencia es un lugar amenazante o un lugar en el que puede descansar. El trato afectuoso va imprimiendo silenciosamente algunas certezas primordiales: 1) Existir es bueno. 2) No estoy solo frente al caos. 3) Mi padre es confiable.

Esto último me parece de vital importancia. Porque, si mi padre es confiable, el mundo se me muestra como habitable. Es decir, sea cual sea el sufrimiento que pase, sé que no estoy sólo y obtendré una respuesta. El sufrimiento puede ser atravesado porque hay un padre que me ama y sostiene. El vacío que siento puede ser llenado.

PRESENCIA DEL AUSENTE

En los primeros meses de vida, el bebé todavía no percibe plenamente a las personas como otros diferenciados de sí mismo. No hay aún una conciencia psicológica madura capaz de distinguir con claridad entre el propio malestar y aquello externo que viene a aliviarlo. Por eso, la madre o el padre aparecen inicialmente más como una presencia envolvente que como individuos. El niño no piensa “alguien vino a ayudarme”, simplemente pasa del hambre a la saciedad, del caos a la calma. Sin comprenderlo racionalmente, comienza a asociar la realidad con una experiencia de amparo.

Sólo más adelante descubrirá que detrás de esa paz había una voluntad que lo cuidaba. En cierto sentido, primero experimenta el amor, y después descubre a la persona de la cual viene.

Esto es lo que aprendí durante estos días acerca de vos, de mí y de Dios.

Con amor, tu papá.

El lector podrá seguir a Buena Data en:

YouTube: /BuenaData

Instagram: @buenadata