Opinión
El columnista invitado

Cuando la política tenía ideas

Por Jorge Giorno *

 

El 20 de agosto se recuerda el nacimiento de Bernardo de Monteagudo, una de las figuras más intensas y controvertidas de la revolución americana. Abogado, periodista, polemista y hombre de acción, entendió muy pronto que la independencia no se ganaba solamente en los campos de batalla: también debía conquistarse en el terreno de las ideas.

Monteagudo escribió en periódicos, fundó espacios de debate, participó en la elaboración de proyectos constitucionales y acompañó procesos revolucionarios desde el Río de la Plata hasta Chile y Perú. Podrá discutirse su temperamento, sus excesos y hasta algunas de sus decisiones, pero resulta difícil discutir la dimensión intelectual que le atribuía a la política.

Aquella generación escribía manifiestos porque necesitaba explicar el modelo de país que aspiraba a construir. Debatía sobre soberanía, representación, derechos, educación, organización institucional y formas de gobierno. La palabra era un instrumento de transformación. Se podía polemizar con dureza, pero detrás de la polémica había ideas.

 

EMANCIPACION

En ese clima de fervor intelectual circulaban también relatos y reflexiones que buscaban dar sentido a la emancipación. Entre ellos, se atribuye a Monteagudo el célebre “Diálogo de Atahualpa y Fernando VII”, una pieza alegórica en la que el pasado americano interroga al presente revolucionario sobre el sentido de la libertad y el destino de los pueblos. Más allá de su exacta autoría o de su forma literaria, el valor de ese tipo de textos reside en algo esencial: la política como discusión profunda sobre el rumbo de la historia.

 

CAMINO INVERSO

Dos siglos después, una parte de nuestra política parece haber recorrido el camino inverso. El argumento cede frente al insulto; el debate, frente a la descalificación; el programa, frente al eslogan; y la formación política, frente a la velocidad de las redes sociales. Se confunde impacto con liderazgo y cantidad de seguidores con capacidad para gobernar.

La Argentina paga caro esa degradación. Tenemos dificultades estructurales que atraviesan gobiernos y generaciones: pobreza, educación en retroceso, empleo precario, desigualdad territorial, inseguridad y una economía incapaz de ofrecer previsibilidad. Ninguno de esos problemas se resuelve con una frase ingeniosa, un video viral o una batalla cotidiana en las redes.

Necesitamos recuperar la política como construcción intelectual y como responsabilidad pública. Volver a formar dirigentes, estudiar los problemas, discutir políticas de largo plazo y comprender que gobernar no consiste solamente en ganar elecciones, sino en imaginar un futuro y construir las herramientas para alcanzarlo.

Recordar a Monteagudo no implica convertirlo en una figura intocable. Significa rescatar algo que su generación comprendió con claridad: las revoluciones duraderas primero ocurren en las ideas. La Argentina no necesita menos política. Necesita menos espectáculo, menos frivolidad y menos agresión. Necesita una política mucho más profunda.

 

* Exdiputado en la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires en dos oportunidades, diputado (mc) en el Parlamento Mundial y presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE); político, escritor y ensayista, actualmente preside el Partido de las Ciudades en Acción y es promotor del proyecto Argentina Esperanza Azul.