Cultura
SOBRE LA ADOPCION PRENATAL Y LA DIGNIDAD DE LA PERSONA

Cuando la bioética prefiere la muerte

Por Jorge Martínez Barrera 

Universidad Gabriela Mistral. Santiago de Chile 

Persona. En las discusiones bioéticas sobre el comienzo de la vida humana}, las posiciones contrarias al aborto suelen insistir en la noción de persona humana. En ese contexto es habitual citar a Boecio, primer autor en analizar el concepto con rigor filosófico. 

La definición boeciana de persona no está aquí en discusión. Sin embargo, tal como fue concebida, no resulta de aplicación inmediata al caso de la personalidad embrionaria. Boecio buscaba explicar cómo una persona, en este caso Cristo, puede subsistir en dos naturalezas. No por azar, el opúsculo donde introduce su definición fue titulado por algunos editores De duabus naturis

y no De persona: en Cristo hay dos naturalezas -humana y divina- en una sola persona. 

Pero para volver al contexto bioético, un embrión humano no es una “persona potencial”, según algunos afirman, sino una persona con potencial. Como advierte Robert Spaemann, una persona no surge por transformación de algo previo. No hay un momento en que algo -un conjunto de células, por ejemplo- comience a ser persona. El origen de la persona es la generación, no la transformación. 

Ese origen presupone un plan previo que rige la conformación gradual del cuerpo. Dicho plan es lógicamente anterior a todo desarrollo posterior. El primer golpe de pala para excavar los cimientos de una casa supone la existencia del plano; sería absurdo pensar que el plano se va elaborando a la par de la obra. Del mismo modo, la fusión inicial de los gametos obedece a un plan organizacional previo. 

 MISMA SUSTANCIA 

 El embrión es persona desde la fecundación y recibe distintos nombres según su estadio vital: embrión, feto, bebé, niño, adulto. Esta diversidad terminológica presupone una misma substancialidad inalterable. A esa substancialidad la llamamos persona, noción que no pertenece al ámbito de la biología. 

Cuando se afirma que el feto “no es más que” un conjunto de células, podría decirse lo mismo del adulto. El error está en ese “no es más que”. Esto constituye una extrapolación indebida desde la biología hacia la antropología filosófica. Desde la biología, el feto es un conjunto organizado de células, al igual que el adulto, pero de ahí no se sigue que se agote en ello. 

Resulta llamativo que San Agustín y Santo Tomás de Aquino hayan adherido a la teoría de la animación espiritual diferida, hoy difícil de sostener. Santo Tomás llega a afirmar que los embriones no resucitarán antes de recibir el alma racional (Super Sent., IV, d. 44, q. 1, a. 2). Esa tesis supone justamente lo que Spaemann critica: la persona como resultado de una transformación de un “material” previo -un primate por ejemplo-, y no de una generación. 

El embrión humano posee una dignidad singular por la naturaleza del principio organizacional que rige su desarrollo. Los filósofos clásicos lo llamaron psyché o alma. En el caso humano, se trata de un alma portadora de una mente cuya función es la de organizar un cuerpo humano para ponerlo a su servicio. Ningún viviente no humano posee un principio de esa índole; por ello, la dignidad humana no puede emerger de la pura materialidad. 

 CONSECUENCIAS 

 El embrión es sujeto de respeto por su dignidad ontológica intrínseca, no por su capacidad de autonomía. La dignidad depende de lo que la persona es, no de lo que hace o puede hacer. Fundarla en la autonomía práctica conduce a excluir al embrión y también al enfermo terminal. En efecto, ninguno de los dos está en condiciones de ejecutar acciones por su cuenta, lo cual no significa que no sean seres humanos o personas. 

La legitimidad moral de las acciones sobre los embriones sólo puede evaluarse a la luz del respeto a esa dignidad intrínseca, y no en función de la voluntad de los progenitores ni, menos aún, de los intereses de los centros de reproducción asistida. 

Tres argumentos (discutibles) contra la adopción prenatal y sus límites. Primero, es débil fundar la ilicitud ética de la adopción embrionaria en la eventual imposibilidad de conocer la voluntad de progenitores fallecidos. Tampoco basta el argumento de la pendiente resbaladiza: puede alertar sobre abusos, pero no constituye un fundamento moral último. 

Segundo, tampoco resulta convincente apelar a la intención subjetiva del adoptante como criterio decisivo. La adopción embrionaria no se legitima ni se deslegitima por el contexto familiar o por las motivaciones invocadas, sino por el trato debido a la dignidad del embrión. 

Tercero, la cuestión central es si una vida humana inocente debe ser destruida por acción directa u omisión cuando existe la posibilidad de que continúe viviendo mediante una adopción. 

No es evidente que se respete la dignidad del embrión optando por su destrucción antes que por una adopción heteróloga, por ejemplo. Es decir, no se puede argumentar que una parte esencial de su dignidad es su derecho a nacer en una familia bien constituida porque esa dignidad no puede depender de circunstancias extrínsecas.

CONCLUSIÓN 

 El problema es complejo, pero algunas conclusiones se imponen. Si se sostiene que la adopción prenatal es un mal intrínseco y que la única alternativa moralmente admisible es dejar morir al embrión, la diferencia con el aborto se diluye. En ambos casos, el resultado es el mismo: la muerte de una persona inocente deliberadamente provocada por acción u omisión. 

No se puede afirmar coherentemente la maldad intrínseca del aborto y, al mismo tiempo, negar toda licitud moral a una acción orientada a permitir que ese mismo ser humano viva. En el aborto existe la voluntad directa de matar; en la adopción prenatal, esa voluntad no sólo está ausente, sino que es reemplazada por la intención de preservar una vida. 

Cuando la bioética, en nombre de una supuesta pureza moral, opta por la muerte evitable antes que por una vida imperfectamente salvada, deja de proteger la dignidad humana y comienza a manipularla. Y allí donde la dignidad se manipula, deja de ser un principio innegociable y se convierte en un instrumento. 

Breve discurso a Sofía, embrión congelado. “Sofi: al negarte la posibilidad de ser adoptada, no te protegemos de ninguna injusticia. Simplemente decidimos que no vale la pena que vivas. Y lo hacemos convencidos de obrar bien. Sabemos que te condenamos a morir sin culpa alguna de tu parte, pero te pedimos que entiendas nuestro deber de guardianes de la moral.”