En estos tiempos de diversificación y en consecuencia de extrema especialización en los campos científicos, incluidos los de las materias sociales, debería reconocerse y destacarse cómo algunas figuras no lejanas ahondaron en diversas esferas del saber con el ánimo manifiesto de buscar y afianzar los vínculos interdisciplinarios. Sin dejar escapar por las hendijas de las particularidades el escenario universal de las inquietudes humanas; algo así como privilegiar el “noús” en tanto entendimiento del que habla Heráclito en el fragmento B40.
Intuiciones y reflexiones tanto del especialista cuanto del científico con vuelo propio, alto para avizorar distancias gnoseológicas e hilvanarlas con el hilo de los horizontes del discernimiento, siempre en zozobra y expansión, se unieron en el profesor doctor Francisco Pedro Laplaza, alguien nacido en 1909 en Balvanera, zona a la que gustaba llamar con orgullo: Once, y fallecido octogenario en 1989.
Laplaza, jurista, criminalista, publicista incansable y de larga actividad, por ejemplo en la mítica revista Nosotros cuanto menos desde mediados de los años treinta del siglo XX, fue magistrado, docente universitario, cultor de la Historia del Derecho, biógrafo de José Ingenieros, bibliófilo coleccionista de libros raros y antiguos, políglota, documentado cultor de la lingüística y las etimologías. En ese último carácter aportó justamente sus pareceres al estudio del lunfardo y sobre el origen del término esbozó una interpretación coincidente con la del académico Amaro Villanueva, en el sentido que provendría de “lombardo”, en tanto gentilicio del individuo natural de la Lombardía.
DECANATO
Laplaza ejerció el decanato de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires entre los años 1960 y 1962. Convulsos tiempos en los que la violencia política invadía también la casa de la avenida Figueroa Alcorta, como efecto de un problema institucional y de tozudez política irresuelto que todo lo sacudía y viciaba: la proscripción del peronismo. En ese contexto aconteció el 8 de junio de 1962 la muerte de la estudiante de la carrera de Asistente Social, Norma Beatriz Melena.
Ocurrió luego de un confuso tiroteo durante un homenaje a la memoria del General Juan José Valle y los demás fusilados en junio de 1956, organizado por miembros de la Juventud Peronista y sectores del nacionalismo pertenecientes al Movimiento Sindicalista Universitario.
Se evidenciaba ya hacia dentro de esos grupos corrimientos extremos hacia derecha e izquierda que adelantaban las luchas de los 70, cuando el antagonismo entre eslóganes como: “patria peronista” y “patria socialista”, se reflejaba detrás de palabras y algo más o menos que palabras capaces de desatar -incluso antes de la última dictadura- el derramamiento de sangre como la de José Rucci, Carlos Alberto Sacheri o Jordán Bruno Genta a manos de iluminados de ultraizquierda y la de Silvio Frondizi, Julio Troxler o Miguel Ragone por parapoliciales máquinas de matar de ultraderecha.
Laplaza ordenó el sumario administrativo correspondiente, siendo su instructor el profesor adjunto doctor José F. Argibay Molina como lo recuerda Eduardo Barbarosch en el ensayo “A medio siglo del caso Melena”, un capitulo de la obra: Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires: su legado histórico (2013), coordinada por Tulio Ortiz y editado por el Departamento de Publicaciones de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA.
TERTULIAS
Pero ni las funciones y responsabilidades del decanato, ni la dirección de la biblioteca de la Facultad de Derecho entre 1976 y 1979, ni las actividades que cumplió en el Poder Judicial de la Nación, donde inició la carrera como Secretario de Juzgado hasta desempeñar la Fiscalía de Cámara en las Tribunales de la Capital Federal, lo alejaron de las tertulias culturales.
En sus mocedades se sumó a la membresía del Ateneo Popular de la Boca, donde confraternizó con quien fuera el creador de la institución en 1926: el periodista Antonio J. Bucich; además de hacerlo con Benito Quinquela Martín, con el comisario, historiador y criminólogo Francisco L. Romay, con el psiquiatra Hernani Mandolini, con el diplomático y escritor Enrique Loudet, con el poeta e historiógrafo salteño a poco radicado en Buenos Aires Carlos G. Romero Sosa, con el poeta Francisco Juan Póliza, con el músico y musicólogo Jorge Oscar Pickenhayn o con el periodista y lunfardólogo José Gobello.
Más tarde, vecino de la calle Ramón Freyre 1744 e identificado con el pasado barrial y zonal, integró la Junta de Estudios Históricos de Belgrano compartiendo estrados y ponencias con Alberto Octavio Córdoba tan alberdiano como él, con el profesor Alfredo Nocetti, los muy católicos historiadores discípulos del padre Guillermo Furlong: Enrique Mario Mayochi y Juan Carlos Zuretti o con el socialista Héctor Iñigo Carrera.
SOBRE LA VOZ “LUNFARDO”
En 1971 se lo incorporó como miembro numerario de la Academia Porteña del Lunfardo. Ocupó allí el sillón “Nicolás Olivari” e ingresó a la corporación con una conferencia que tituló “Los laburos y los días”, parafraseando a lo “reo” el libro del beocio Hesíodo, texto que conocía en griego.
Resultan de gran interés las comunicaciones que presentó ante sus colegas académicos, siendo de destacar la titulada “A la búsqueda de la etimología de la voz LUNFARDO” –de 1976- o su particular análisis de la palabra “garúa”, tan perdurable en el tango de Enrique Cadícamo y Aníbal Troilo, que publicó el Boletín de la Academia Porteña del Lunfardo en 1984.
Las firmes vocaciones y sus penetrantes miradas sobre el Derecho Penal y la Criminología, vista esta como ciencia autónoma, independiente del Derecho Penal y cuyo objeto constituye en su definición la conducta humana peligrosa en tanto fenómeno individual y social -tal como antes lo entendió nada menos que Enrico Ferri-, no fueron ajenas a su insistencia en resaltar la influencia en el argot porteño, por de pronto en sus orígenes, de la mala vida y el decir de “Los hombres de presa” según el título del libro del jurista Luis María Drago publicado en 1882. Era afín esa tesis suya con los postulados del igualmente lunfardólogo Pedro Luis Barcia, quien sostenía que el lunfardo al que Gobello aireó en otros vientos más de vuelo y arrastre inmigratorio que carcelario, nació como jerga de ladrones y delincuentes.
En ese sentido cuando Laplaza dio a conocer en 1950 su trabajo ”Antecedentes de nuestro periodismo forense hasta la aparición de la Revista Criminal (1873) como introducción a la historia del Derecho Penal Argentino”, mencionó los dos artículos periodísticos del comisario Benigno Baldomero Lugones acerca del lenguaje de la delincuencia porteña.
PENALISTA Y CRIMINALISTA
Se destacó en anteriores renglones su visión plural del Derecho Penal y la Criminología, ciencias que desde su perspectiva jurídica positivista vinculaba, aunque reconociendo la autonomía de cada una, hallando en el cenit mundial de la segunda la obra de José Ingenieros de 1913 precisamente intitulada Criminología. Una valoración de Laplaza compartida en su hora por los juristas europeos Francisco Del Greco y Constancio Bernaldo de Quirós y por criminalistas argentinos como los médicos Osvaldo Loudet y Nerio Rojas, el citado comisario Romay y el abogado y escritor Juan-Jacobo Bajarlía.
Dejó en claro en el libro Objeto y método de la criminología de 1954, que el Derecho Penal no agota el estudio del problema de la delincuencia, al mismo tiempo que objetó el criterio de ciencia sintética y propedéutica que le atribuyeron a la Criminología los italianos Nicéforo y Florián. Eso sí, puso cuidado Laplaza en no abrir una brecha insalvable entre “el Derecho como ciencia normativa del deber ser con su lógica, su objeto, su método propio y la Criminología como ciencia causal explicativa también con su objeto y su método propio”.
Para concluir sosteniendo: “El problema penal tiene un aspecto normativo y un aspecto natural o causal o fáctico; pero siempre es uno. Del primero se ocupa el Derecho Penal y del segundo la Criminología. Sin embargo no es posible dejar de advertir: 1) que si lo normativo o valorativo prevalece sobre lo criminológico, conforme ocurre cuando lo primero suministra a lo segundo el objeto jurídico delito, se sacrifica o limita uno de los aspectos. 2) Que si se mantiene la escisión radical entre los dos mundos, el normativo y el causal, el problema tendrá tan pocos visos de resolverse como hasta el presente.”
IDEAS DE ALBERDI
Ese mismo año de 1954, Laplaza dio a la prensa otra de sus obras fundamentales: “Las ideas penales de Alberdi en el Fragmento preliminar al estudio del derecho”, que el tucumano publicó en 1837 influenciado por el historicismo de Savigny y el sansimonismo -que al igual que Esteban Echeverría en El dogma socialista- habría recibido a través del romanticismo social de Leroux tal cual lo reconocieron José Ingenieros, Alejandro Korn o Raúl Orgaz.
Aunque ese sansimonismo precursor del socialismo utópico, haya sido puesto en duda en el pensamiento alberdiano por Jorge Cabral Texo, sin embargo un posible resquicio de las teorías del Conde parisino, así como el vuelo metafísico de Alberdi estudiado por Coriolano Alberini, tanto como su inclinación moralista que da por tierra con el individualismo egoísta al sostener en el “Fragmento” la división entre el bien personal y el bien absoluto, o “bien en sí”, como él lo llama, restan fundamento a la pretensión de algún anarco libertario de reivindicar como antecedente para esa causa al genial autor de las Bases.
Es que si bien Alberdi abrevó en Jeremías Bentham a quien cita en más de veinte oportunidades en el “Fragmento”, no es menos contundente su afirmación sobre el utilitarismo: “lo útil es un medio, no un fin”. Y menos cabe descuidar su posición frente al Derecho Natural, al repetir con M. Dupin que “es necesario estudiar el derecho natural y estudiarlo antes de todo.”
Laplaza para indagar la génesis del ideario penal del tucumano que este había rastreado hasta las Partidas de Alfonso el Sabio, analizó con detalle el capítulo III del “Fragmento” referido a la “sanción del derecho”, que según el subtítulo: “Cuarta división del derecho positivo” aborda los planos penal, represivo y penitenciario. Porque tanto allí como en páginas previas del discurso Alberdi expuso que el derecho es al mismo tiempo preceptivo y sancionador.
El comentarista desprende de esta segunda característica –por seguro tributaria de la justicia vindicativa del penitenciarista francés Charles Lucas- que ella emana de la concepción de Alberdi “del derecho como regla moral de la conducta humana”. Y que “Va implícito, pues, que el fundamento consiste en la tutela jurídica y deriva del orden absoluto que es el bien en sí. Por eso agrega que la potestad penal parte del derecho y cesa en el derecho: es un poder de equilibrio y armonía, no de venganza y reacción: es el sostén de la libertad, no el invasor”.
En esa línea sugiere en el “Fragmento” que las penas no deben ser mayores que el delito, además y con sentido práctico de preverlas inmediatas y ciertas. Lo cual hará reflexionar a Laplaza sobre las notorias reminiscencias de Beccaría en este pasaje y asentar como corolario: “El pensamiento alberdiano, aunque se mantiene en las líneas generales de la ortodoxia clásica, denota ya las inquietudes que prepararían la eclosión del llamado positivismo penal”.
Quedándonos a nosotros para la reflexión la curiosidad que quien escribió hacia 1869 El crimen de la guerra, no tomó posición alguna sobre la pena de muerte en su juventud al redactar el “Fragmento”.
EL PERIODISMO
Francisco P. Laplaza fue a partir de 1986, frecuente colaborador de la página central de La Prensa. Artículos de su firma como “Fallos y fallas” (24/II/86), “Sobre la prioridad de las leyes obreras en la Argentina” (1/III/86) o “Sobre dislates escritos y orales (3/IX/86) clarificaron sobre cuestiones jurídicas y notorias sentencias judiciales.
En otra nota: “Reforma universitaria olvidada” (6/IV/86) aportó al conocimiento de los lectores con la erudición que le era característica, detalles sobre aquella olvidada reforma universitaria decimonónica antecedente de la cordobesa de 1918. Historió en esa columna que en 1871 el punto inicial de la revuelta había sido el suicidio de un estudiante provinciano aplazado en Derecho Romano el 13 de diciembre de aquel año en el examen de la materia rendido en la Universidad de Buenos Aires.
El hecho dio lugar a respuestas airadas de sus compañeros que exigieron la destitución de los profesores Aurelio Prado y Rojas y Ezequiel Pereyra y bregaron por una Reforma Universitaria inspirada en los principios liberales propugnados en un artículo de José Manuel Estrada en la Revista Argentina a propósito del hecho. Incluso hasta determinó a los jóvenes rebeldes la creación de un órgano de prensa que llevó por título, a propuesta de Estanislao Zeballos, esa misma luctuosa fecha. Laplaza detectó en la Hemeroteca Nacional que 13 de Diciembre tuvo doce entregas, la última en marzo de 1872 y que entre otras plumas escribió allí Lucio Vicente López.
VINCULOS
A la muerte de su colaborador La Prensa destacó el 27 de octubre de 1989 su trayectoria, poniendo de resalto que en 1946 renunció a la cátedra universitaria de Derecho Penal y Criminología por disentir con el régimen entonces imperante.
No obstante su nunca disimulado antiperonismo no le impidió, en el plano personal, sostener vínculos amistosos con Jorge Cabral Texo o con León Benarós. E incluso mantener una relación respetuosa con el argentino Enrique Bacigalupo -Procurador del Tesoro de la Nación designado por el presidente Héctor J. Cámpora en 1973 y exiliado en la Madre Patria luego de recibir amenazas de la Triple A-, salvando incluso las diferencias además de políticas, doctrinarias, porque Laplaza era causalista en lo que hace a la teoría del delito y el recientemente fallecido en Madrid profesor Bacigalupo -que llegó a desempeñarse como magistrado del Tribunal Supremo de España- finalista, difusor en la literatura jurídica castellana de Hans Welzel además de traductor y expositor de la penología de Günter Stratenwerth.
En 1979 bajo el rectorado de la Universidad de Buenos Aires de Lucas J. Lennon, el decano de la Facultad de Derecho, Martín J. Casey, entregó a Francisco P. Laplaza, a Julio López del Carril y a Ricardo T. Zorraquín Becú los respectivos diplomas de profesores eméritos, tocándole agradecer la distinción al aquí recordado, nuestro venerado maestro e inolvidable amigo dispuesto y generoso.