Opinión
Páginas de la historia
Coreanos en el Sur
La Argentina con su Constitución amplia y acogedora, abrió siempre sus puertas a todos los pueblos del mundo. Millones de descendientes de italianos y españoles lo prueban. Y también colonias galesas en el Chubut, alemanas en Misiones, judías en Entre Ríos, lo ratifican con amplitud.
Pero hay una experiencia más reciente y no del todo conocida. Una colonia coreana en la provincia de Río Negro. Este río avanza por las llanuras y al llegar al valle central, luego se abre en dos brazos que forman la isla de Choele-Choel, una especie de inmensa mancha verde de más de 30.000 hectáreas. Que engalana diría la austeridad del llano patagónico. La isla de Choele-Choel posee, incluso hoy, escuelas secundarias.
En 1965, hace años, llegaron a esa isla 20 familias de Corea del Sur. Al año siguiente, 1966, sólo quedaban tres. El idioma, el clima riguroso, la impaciencia, hicieron su obra. Pero en ese 1966 llegaron otros grupos coreanos. Y más familias se radicaron pocos años después. Se ha realizado allí uno de los sistemas de regadío más importantes del país y eso facilita la obtención de una alta producción agrícola. Los primeros trabajadores que llegaron allí en 1882 eran galeses. Enseguida vinieron grupos de italianos. Más tarde: árabes, alemanes, rusos blancos.
Me contaba un coreano ya curtido por el sol argentino: -“El principio fue muy duro”.
-“¿Por qué vinieron acá?”, le pregunté. Y su hija de nombre Yog Yong, que significa “Hermoso Dibujo”, con un idioma más claro que el del padre me decía: “Nosotros vivíamos en Pusán, un puerto importante de Corea, sobre el mar del Japón. Teníamos todas las comodidades. Pero sobrevino la ruina económica y entonces mi padre decidió emigrar. Conocía de lejos esta colonia y la eligió. Agregaría fueron seres humanos cuyas alas atravesaron fronteras. Buenos Aires nos alojó por dos meses”, nos decía la muchacha.
- “Hasta que arreglamos nuestro afincamiento y nos trasladamos a la isla Choele Choel. Mi padre -agregaba- jamás había conocido el trabajo de la tierra, se hizo campesino y agricultor. Cortó árboles, niveló el terreno, abrió surcos y levantó con las propias manos la primera casa familiar. Mi madre colaboró con él en la siembra y en las cosechas. Al llegar, nos pusieron en la escuelita más cercana. Eramos 20 alumnos, la mitad de ellos coreanos.
Teníamos un diccionario y estudiábamos tenazmente con el diariamente, hasta casi la medianoche. Pero aprendimos enseguida. Pasamos los grados, ingresamos en el secundario y mi hermana mayor ya está en la universidad”.
Y agregaba: “Papá no quiere que trabajemos la tierra. Para él es labor sólo de hombres. Entonces ayudamos en las tareas domésticas y aprendemos inglés y piano y hasta cerámica”.
En esta familia había una hija más, Mog Hi, que significa “Bella como la Luna Llena”, que en la época en que los visité, iniciaba la carrera de Ingeniería Química. Supe luego que se había recibido. Entre 6 familias coreanas poseían 400 Has.
-“Fueron tierras en préstamo. Pero cuando las autoridades comprobaron la labor realizada, cedieron las parcelas a los coreanos, que dispusieron de ellas, aunque por ley no las podían vender”, explicaban.
Hoy se que cultivan intensamente y con éxito, tomates, manzanas y duraznos.
Han pasado muchos años. Y esos coreanos que ayer llegaron sin idioma, sin conocimiento de las tareas rurales y sin medios, están hoy totalmente adaptados y curtidos sus rostros por el sol argentino. Ellos tuvieron fe. Y para crear algo, hay que creer en ese algo. Los pobladores patagónicos de la zona, los quieren, los valoran y los respetan.
Esa experiencia tan singular, vivida por esos hombres que llegaron desde el continente asiático, la culminaron hermanándose en estas lejanas comarcas con los hombres y con la tierra, extrayendo de ésta el pan, la tranquilidad, la vida. Porque creyeron en esta tierra argentina. Y tuvieron ideales.
Y esta feliz concreción de ideales, trajo a mi mente este aforismo: “Quien tiene ideas es fuerte. Pero quien tiene ideales es invencible”.