“Puerto Rico, Puerto Pobre”, como definió Pablo Neruda al Estado Asociado (o súbdito) de Estados Unidos, en un poema que se convirtió en himno revolucionario, está de moda por sus cantantes que llenan estadios. Pero en tanto la juventud de aquí aplaude a rabiar al boricua Bad Bunny, nuestros senadores nacionales, en el Sur Americano, votan leyes laborales regresivas cuyo articulado, además, desconocían por decirlo con benevolencia o ingenuidad.
Claro que pocos lectores han de hallar relación entre la furia por el reguetón y el nivel paupérrimo de miembros del Poder Legislativo nacional argentino. Sin embargo todo tiene que ver con todo y no es ocioso recordar en lo que hace a nuestro vínculo con la isla antillana neocolonizada por los Estados Unidos de Norteamérica en 1898, que entre septiembre de 1873 y febrero de 1874 visitó la Argentina, un ilustre hijo de Mayagüez: Eugenio María de Hostos.
El pensador, pedagogo y reorganizador de la instrucción pública en la República Dominicana, describió su periplo sudamericano en un par de libros: Mi viaje al sur y Temas sudamericanos.
En Buenos Aires trabó amistad con el presidente Sarmiento; con Vicente Fidel López, quien le ofreció las cátedras de Filosofía y de Literatura Americana en la Universidad de Buenos Aires -de la que era rector-; con Carlos Guido Spano; con Juan María Gutiérrez; con Luis y Héctor Varela, director uno y columnista el otro de La Tribuna, periódico que acogió varias de las notas de Hostos. Y muy especialmente con José Manuel Estrada, quien le facilitó las columnas de su recién fundado medio gráfico El Argentino”, para que volcara con frecuencia allí también artículos de su pluma.
Inflamadas colaboraciones siempre, dirigidas a movilizar la opinión pública por la independencia de su patria y de Cuba, territorios aún en poder de España cuando: “El colonialismo peninsular nunca fue más despótico y consagrado al pillaje que en vísperas de su desaparición”, en palabras de Jorge Abelardo Ramos presentes en Historia de la Nación Latinoamericana; donde el autor casi nada dice de Puerto Rico y asombrosamente ignora al líder independentista apresado por los marines yanquis, torturado y sometido a radiaciones experimentales en su celda, las que le causaron gravísimas quemaduras: el doctor Pedro Albizu Campos (1893-1965).

Sin embargo Ramos, admirador de Manuel Ugarte, destacó en la nombrada obra suya en dos tomos que el escritor modernista, fraterno amigo de Rubén Darío y de Amado Nervo, participó en nombre del Partido Socialista Argentino en el Congreso Internacional Socialista de Stuttgart en 1907, votando junto a Lenin contra el colonialismo.
Pero pasó por alto que en 1927 el sempiterno Ugarte –embajador en México como él, solo que este durante el primer peronismo y Ramos en la gestión de Menem-, en guardia contra el Imperio, fue designado representante del Partido Nacionalista de Puerto Rico en el Congreso Internacional Antiimperialista de Bruselas, cuyas sesiones se llevaron a cabo en el Palacio belga de Egmont, con la concurrencia entre otros del líder de la India Jawaharlal Nehru, el senegalés Lamine Senghor, el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, el cubano Julio Antonio Mella o el uruguayo Carlos Quijano, después fundador y director del periódico montevideano Marcha.
Aquí y ahora, alineado el gobierno argentino con la administración de Trump, el belicista mandatario que tanto nos ama y protege, ni mentar desde el oficialismo a Puerto Rico.
Una complicidad de silencio que se corresponde con las cercanas inclinadas del Rey Felipe VI de España y el entonces presidente del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha, en el Congreso de la Lengua Española reunido en San Juan de Puerto Rico en marzo de 2016. En la oportunidad -lo informó Clarín el jueves 17 del mismo mes y año a página 41-, ante el repudio del escritor nacionalista lugareño Eduardo Lalo, aplaudido a rabiar en su reconvención al monarca que se ufanó en suelo borinquen de “estar contento de visitar Estados Unidos”. A renglón seguido su súbdito, el académico García de la Concha, recalcaba el hecho que era ¡la primera vez que un Congreso de la Lengua no se celebraba en Hispanoamérica!
ANTE ROOSEVELT
Qué opuesta a tanta ignorancia y zalamería diplomática fue en su hora la actitud de Alfredo Palacios. El Senador de la Nación, con mayúscula, que sí leía lo que firmaba, mantuvo en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, un intercambio de correspondencia con el presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt en reclamo de la libertad de Pedro Albizu Campos y favorable a la descolonización de esa tierra de habla hispana y población mayormente católica.
Lo más curioso y que da cuenta de la significación continental de Palacios es que la extensa carta suya fue pronto respondida por el primer mandatario del país del Norte, abundando en explicaciones sobre el presunto motivo del confinamiento del prócer antillano al que para su gloria, un informe del FBI que le seguía los pasos de cerca lo describió como una “seria amenaza a la seguridad nacional.”
Al primer legislador socialista del Continente electo en 1904, alguien de probada vocación antiimperialista e integrante junto a Aníbal Ponce, Deodoro Roca o Carlos Sánchez Viamonte, de la Unión Latinoamericana fundada en 1925 por José Ingenieros, no podía resultarle ajena la situación del líder popular puertorriqueño, abogado de profesión recibido con alto promedio en Harvard y constituido a poco en la figura más notoria del Partido Nacionalista de Puerto Rico.
Vale la pena transcribir algunos de los fundamentos de ese pedido de indulto para Albizu Campos, reclamo al que se adhirió un gran número de intelectuales, varios de ellos profesores de la Universidad Nacional de La Plata. Entre la lista se destacan los nombres de Alberto G. Spota, José Peco, César Díaz Cisneros, Luis Méndez Calzada, Amado Alonso, Fernando Márquez Miranda, Emilio Ravignani, Eduardo R. Elguera, Arturo Capdevila, Pedro Henríquez Ureña, Jorge Cabral Texo, David Lascano, Luis Jiménez de Asúa, Abraham Rossenvasser, Francisco Maffei, Carlos Estrada, Enrique M. Barba o Julio R. Castiñeiras.
En la oportunidad escribió Palacios: “Señor Presidente de los Estados Unidos de Norte América, Franklin D. Roosevelt. Señor: He expresado como Senador de la República, en diversas oportunidades, mi simpatía por la acción que Ud. desarrolla, rectificando la anterior política imperialista de los anteriores gobiernos estadounidenses, que dividieron el continente en fuerzas antagónicas. Usted repudió la tendencia de imposición prepotente, de exclusivismo orgulloso y de aislamiento que caracterizó a la diplomacia financiera. He visto a algunos de los Presidentes que le antecedieron, en una marcha vertiginosa y agresiva, arrasando con todo, para ensanchar los mercados y exportar capitales, en gran parte a nuestros países que iban perdiendo su soberanía. Era más importante para ellos un yacimiento minero que un vigoroso plantel humano. Y eso contribuía a apresurar el proceso de materialización que conduciría a la ruina. Felizmente, debido a Ud., se ha producido una rectificación en los procedimientos de la política internacional norteamericana que, si perdurara, haría renacer la confianza en el alma de nuestros pueblos. Su actitud frente al peligro totalitario y a la sinrazón de los dictadores que encarcelan y matan, es clara y valiente, pero le crea responsabilidades muy serias en los países iberoamericanos, que son democracias esenciales, aunque no orgánicas, y cuyos hijos aman la libertad a la par de la existencia. Y así, los hombres libres de América no pueden concebir que Pedro Albizu Campos, abogado de la Universidad de Harvard y leader del Partido Nacionalista de Puerto Rico, esté encarcelado, desde 1936, en la penitenciaría de Atlanta, por el delito de dirigir el movimiento liberador de su pueblo. Puerto Rico está en poder de Estados Unidos, contra su voluntad. En esa colonia que no se resigna a serlo, según lo ha expresado recientemente un escritor estadounidense, el 56 por ciento del total de sus niños en edad escolar no va a la escuela, porque no hay suficientes colegios; el cien por ciento de la población sufre la malaria; su mortalidad infantil es la más elevada del mundo. (…) Albizu Campos, graduado en Harvard y leader de sus hermanos, defiende ese pueblo y lo quiere libre. Invocando la memoria de Lincoln, sagrada para todos los oprimidos de la tierra, pido a Vd. la libertad de Albizu Campos, el libertador encarcelado, de quien Gabriela Mistral, la más grande poetisa de América ha dicho que es el primer hispano americano. Un caudillo de la independencia de su patria no puede estar encarcelado en el país que preside el demócrata ilustre, defensor de la libertad del mundo. Solicito, Señor, el indulto de Albizu Campos y sus compañeros, en bien de la causa que persigue su país, que es hoy la causa de América. Respetuosamente saludo al Señor Presidente. Alfredo L. Palacios”.
No era accidental la referencia a la chilena Gabriela Mistral, tan amiga de Palacios con quien no obstante polemizó en 1925 sobre la enseñanza religiosa -sostenida por la poeta- y la instrucción laica. La futura Premio Nobel de Literatura, de larga y demostrada solidaridad con el “Último libertador de América”, concurrió a visitarlo en 1939 a su presidio en Atlanta sin que se le concediera verlo, informándole vía telefónica que no le eran permitidas las visitas al detenido.
Empero lo que da idea cabal de la dignidad del perseguido a la par de la grandeza de su causa, es que el martirio de Pedro Albizu Campos traspuso ideologías y su lucha patriótica halló respaldo a izquierda y derecha y nunca más actual la clasificación.
Así, un lustro antes de que en 1964, el “Che” Guevara tributara público homenaje al “Símbolo de la América todavía irredenta pero indómita”, el argentino Juan Carlos Goyeneche difundió y defendió en nuestra patria su persona y epopeya.
Goyeneche, nacido porteño en 1913 y “una de las más destacadas figuras del nacionalismo católico argentino” en calificación de La Prensa en la nota necrológica que a su muerte le dedicó en la edición del 17 de octubre de 1982, fue un intelectual de fuste graduado como profesor en Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.
Primer director de la revista Sol y Luna que había fundado apenas veinteañero en 1938 y que apareció hasta 1943, contando entre sus colaboradores a Leonardo Castellani, Leopoldo Marechal, Nimio de Anquín o Cesar Pico y donde Borges dio a conocer su traducción de la “Balada de Lepanto” de Chesterton, como periodista entrevistó desde Mussolini a Churchill, de Romano Guardini a Reginald Garrigou Lagrange y desde Pío XII a Trotsky en su refugio mexicano.
En España donde permaneció largo tiempo a invitación del Consejo de la Hispanidad, fueron sus maestros José Ortega y Gasset, Eugenio D´Ors y Ramón Menéndez Pidal.
Franquista convencido y razonablemente discutido en esa opción política por muchos contemporáneos suyos, debe decirse en justicia que no desvió en el Viejo Mundo la mirada hacia Hispanoamérica y que la Madre Patria le brindó cauces profundos para intensificarla.
Ya de regreso, el inolvidable José Ignacio Ramos en su libro: Biografía de mi entorno (1984), lo evocó en el restaurante del Jockey Club, en la peña de los hispanistas junto a Marcelo Sánchez Sorondo, Ignacio Anzoátegui, Héctor Sáenz Quesada, “Peco” Ibarguren y en alguna oportunidad un ex combatiente falangista en la División Azul, el escritor natural de Burgos, Carlos María Ydígoras, quien a tiempo repudió la política del “Big Stick” de Los libertadores USAS en la novela de ese título publicada en 1966.
En otro orden de cosas, no es posible pasar por alto que el refinado lugar de reunión: el Jockey, aproximaba, cuando menos en las mesas, a los nacionalistas con indiscutidas figuras liberales o con los meros figurones esposos de las “señoras gordas” ironizadas en los escritos políticos del “Bebe” Goyeneche en Azul y Blanco.
Esos liberales a los que ellos creían combatir en nombre de la tradición hispano criolla, más con modales británicos que incluso con los puños como sí a los comunistas, terminaron una y otra vez dando cuenta de los nacionalistas, tal lo ocurrido al propio Goyeneche a la caída del presidente “de facto” General Eduardo Lonardi en noviembre de 1955, cuando fue removido de su cargo de Secretario de Prensa y Cultura.
En cuanto a la admiración de Goyeneche por Albizu Campos y el empeño para que se visualizara la inicua situación del empobrecido pueblo puertorriqueño, corrieron parejos y coinciden con no pocos de los tópicos expuestos en 1942 por Palacios en aquella carta a Roosevelt: “En el momento de la invasión Puerto Rico era nación acreedora y hoy están arruinados su agricultura, su industria y su comercio. El monocultivo a que se ha visto obligada y el monopolio comercial la hacen depender por entero de grandes corporaciones latifundistas de los Estados Unidos”.
Tal lo advertido por Goyeneche en los iniciales párrafos de La cortina de terciopelo, ensayo de su pluma así titulado para concientizar que además de la de Hierro y Bambú existía y había caído otra cortina, esta vez “democrática”, sobre Puerto Rico, donde –continuó-: “En la escuela pública se ha prohibido el uso del idioma nacional, el español, y hasta las lenguas extranjeras se enseñan con gramáticas y métodos ingleses.”
Ese artículo se publicó en el número 4 de la revista Dinámica Social, correspondiente a 1959. Luego de llamar a Albizu Campos: “ese gran desamparado, ese gran desconocido por la frivolidad y el miedo”, testimonió a renglón seguido que “tuve el honor un día, hace tres años, que estrechara mis manos entre las suyas leales al tiempo que me decía: ‘Cuando usted sienta que la sangre corre nuevamente por las calles y los campos de Puerto Rico, oirá decir que somos fascistas, si estos continúan siendo el espanto de los débiles; comunistas, si se llega a la ruptura con los aliados que hoy los ensalzan; cristianos, si el circo atrae nuevamente a las masas y se las sacia con carne de mártires. Sin embargo no somos más que un pobre pueblo abandonado de todos en su lucha por sus más elementales derechos.’”
Qué bien habla en recurrentes tiempos de “frivolidad y miedo”, que dos figuras de probada honestidad intelectual y superior sentido de la nacionalidad y el iberoamericanismo, tomaran el mismo partido. Más allá de los partidos o -quizá- del maurrasiano desprecio por los mismos.