Asistimos a un nuevo capítulo del histórico conflicto argentino-británico por la cuestión Malvinas. Su trasfondo –es cierto- es tan antiguo como la usurpación de ese territorio en 1833. Pero, ahora, “las armas están guardadas”, o no están.
Desde aquéllos albores, hasta la calculada sobreactuación de la Junta Militar, en 1982, el pueblo argentino siempre orientó su ánimo en dirección a la restitución y la reparación del orgullo nacional herido. Esto fue, precisamente, lo que aprovecharon Galtieri y sus pares en la aventura bélica. ¿Soberanía o uso político de una causa nacional legítima y hondamente arraigada?
Los resultados de la confrontación armada no pudieron ser peores para el país. De allí en más, en vez de una revisión desapasionada y completa acerca del asunto, la tentación más difundida fue la de la llamada ‘desmalvinización’, acompañada casi siempre de un sentimiento de rechazo absoluto a la profesión de los impulsores locales de la guerra, los militares, que sirvió de árbol para tapar el bosque de la complicidad civil con lo que implicó esa derrota.
Desde la asunción del poder por parte del kirchnerismo, un huracán patagónico en buena medida formado por la proximidad geográfica con las islas (en combinación con una suerte de visión casi exclusivamente ‘meridional’ del oponente en relación con el resto del mundo), el tema volvió por sus fueros, obviamente alimentado por la clásica negativa inglesa a la negociación civilizada.
La diplomacia argentina, desde antes y durante la gestión actual de la Casa Rosada, fue persistente en todos y cada uno de los foros internacionales en cuanto a la afirmación de nuestra soberanía, para lo cual se insistió en la búsqueda del diálogo entre las partes. ¿Cuál fue, entonces, el disparador de la controversia en términos actuales?
Que el gobierno británico afronta momentos de crisis está bien a la vista. A tal punto esto es así que hasta un aliado de gran peso con el Reino Unido como es el presidente norteamericano Barack Obama acaba de aconsejar a las partes la instalación de instancias de diálogo como un modo de protección mutua.
Pero, otra vez, ciertas interpretaciones domésticas -cargadas del virus del ideologismo- pretenden arrojar leña al fuego en base a construcciones conspirativas de escasa objetividad.
Desde la prensa ultrakirchnerista, alguien se animó a disparar una sorprendente teoría basada en confusos armados del escenario internacional: se trataría –escribió Eduardo Anguita- de la coincidencia temporal del replanteo en el Atlántico Sur justo cuando “el tema requiere no perder de vista los momentos de extrema tensión que vive el mundo, en el cual la posibilidad de un ataque de EE.UU. y Gran Bretaña contra Irán está al tope de la agenda”. Con otro agregado: el autor sugiere que la irrupción “con olor a petróleo” del Medio Oriente también podría replicarse en los mares adyacentes a Malvinas. Si bien la movida reciente de la Casa Blanca apunta hacia las antípodas de semejante fantasía sobre este conflicto, cabe preguntar si nuestra Cancillería le da, o no, a esa especie, el más mínimo crédito. Al mismo tiempo, ¿cuál es el panorama político en la Argentina, precisamente, cuando se habla de inseguridad o de ajustes y de pujas salariales exacerbadas, circunstancias que así podrían taparse o diluirse?
El colega citado recuerda, adicionalmente, que no se habrían investigado lo suficiente “las pistas que lleven a entender cómo los británicos y los norteamericanos provocaron e indujeron a los militares a meterse en la boca del lobo”. ¿Acuerdos bajo la mesa traicionados por el norte desarrollado, o simple cortedad de miras de Galtieri y compañía? La democracia, en cambio, si es genuina, sólo requiere de transparencias y firmezas.