Luiz Inácio Lula da Silva (80 años) fue reelecto para su cuarto mandato como presidente de Brasil.
Se impuso en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de este domingo, con el 51,76% de los votos, frente al 48,24% del senador derechista Flávio Bolsonaro, según los resultados oficiales con el 97% de las urnas escrutadas.
El próximo 5 de enero comenzará un mandato de cuatro años.
El inicio del recuento ha estado marcado por una gran confusión, después de que, a petición de la campaña de Lula, un juez de la Corte Suprema prorrogara dos horas el horario de votación, cuando ya se habían empezado a contabilizar los primeros sufragios por problemas con el transporte en el Nordeste y Sao Paulo y por cuestiones climáticas en el Sur.
Lula se impuso en trece estados (Alagoas, Amapá, Amazonas, Bahía, Ceará, Maranhão, Minas Gerais, Pará, Paraíba, Pernambuco, Piauí, Río Grande do Norte y Sergipe) y en el exterior (58,09% de los votos).
Bolsonaro lo hizo en trece (Acre, Espírito Santo, Goiás, Mato Grosso, Mato Grosso do Sul, Paraná, Río de Janeiro, Río Grande do Sul, Rondônia, Roraima, Sao Paulo, Santa Catarina y Tocantins) y el Distrito Federal.
El candidato de la izquierda arrasó en la región más pobre del país: el Nordeste. En el populoso Bahía la diferencia fue de 71% a 29%.
El hijo de ex presidente se impuso en los estados más ricos y la diferencia fue más abultada en los estados linderos con la Argentina: Paraná 63% a 37%; Río Grande do Sul 58% a 42%; Santa Catarina 69% a 31%,
La gran novedad fue el viraje en Minas Gerais, el segundo distrito del Brasil: 50,33% a 49,67% a favor de Lula. En primera vuelta había ganado Bolsonaro.
Antes de la cita de este año, en las nueve elecciones presidenciales celebradas en el país desde el fin de la dictadura militar, ningún candidato había cantado victoria tras perder la primera vuelta, hasta hoy.
En la primera vuelta, Flávio fue el más votado con el 47 % de los apoyos, dos puntos más que el dirigente progresista, lo que se tradujo en una diferencia de 2,2 millones de votos.
Este domingo, en la segunda, Lula ha revertido ese resultado y le ha sacado más de cuatro millones de votos a su adversario.
El eterno dirigente del Partido de los Trabajadores (PT), referencia del progresismo global, volvió a demostrar su innato olfato político con una transformación radical desde que se quedó dos puntos por detrás de su rival en la primera ronda.
Pero a sus casi 81 años agarró por primera vez un celular, se sumergió en el mundo virtual, principal medio de información de los brasileños, y arrastró a cientos de miles de militantes a las calles en una efervescencia social que no se veía desde hacía décadas.
Se declaró "el rey del selfi" y promovió un "ejército" de 10 millones de seguidores en Whatsapp que se encargaron de recordar su vida, los logros de sus administraciones y la vida rodeada de sospechas de su adversario.
Después de una primera parte de la campaña “desorganizada”, como definió el propio Lula, el gobernante dio un giro radical a su estrategia y llamó a ocupar las calles y las redes sociales.
La militancia respondió con marchas multitudinarias en varias de las principales ciudades del país en una efervescencia del progresismo no vista en décadas.
El aspirante del PT también multiplicó sus anuncios desde la Presidencia: logró la aprobación en el Congreso de la jornada laboral, perdonó las deudas a millones de trabajadores autónomos y lanzó medidas de incentivo para el sector de los videojuegos, entre otras medidas.
También emprendió una dura campaña de desgaste contra su adversario con una estrategia basada en el miedo y en el recuerdo de los recortes durante la gestión de Jair Bolsonaro (2019-2022).
En este sentido, vinculó a Flávio con la “motosierra” de Javier Milei, advirtió que su victoria era una “riesgo para la democracia”, tras la intentona golpista que lideró su padre tras perder los comicios de 2022, y recordó las sospechas de corrupción y sus vínculos con parientes de grupos paramilitares de Río de Janeiro.
También alertó de que se subordinaría a Trump, en asuntos como seguridad y minería, en medio de los intentos de injerencia de la Casa Blanca para supuestamente favorecer al hijo de Bolsonaro, aliado del republicano.
“No permitiremos que Brasil sea el patio trasero de nadie”, exclamó Lula en sus mítines.
Frente a esto, Flávio, ungido candidato por su padre, quien se encuentra condenado y en prisión domiciliaria por golpismo, perdió la capacidad de marcar el debate público y fue a remolque en las tres últimas semanas de campaña.
A partir de febrero, Flávio perderá sus fueros como parlamentario y tendrá lidiar con al menos dos investigaciones en su contra relacionadas con supuestos delitos de blanqueo de capitales.
Mientras, Lula ejercerá su último mandato, pero lo hará con un Parlamento más escorado a la derecha que hace cuatro años.