Opinión
Buena Data en La Prensa

Con paz de espera


La aceleración del ritmo de vida es una constante que no parece querer bajar un cambio.

El avance en las comunicaciones es un ejemplo claro de lo que acontece.

Nuestros padres y abuelos vivieron gran parte de su vida en la época en que para tener noticias sobre alguien que estaba lejos había que utilizar el correo postal, enviar o recibir una carta, un telegrama, o contar con un vecino o comerciante amigo que les facilitara un teléfono. Cuando se tomaban fotos, el producto final revelado se hacía desear por varios días.

Antes de la llegada masiva de la radio y la televisión, para informarse había que esperar a que se publicara el diario. Seguir una telenovela o una serie implicaba esperar la hora y el día en que se develara el misterio que había quedado pendiente en el capítulo anterior.

Así como forma parte del deporte de la pesca que el pescador lance su línea al agua con la esperanza de que pique un pez, hasta hace pocas décadas la espera ocupaba un tiempo significativo en la vida cotidiana. De este modo se vivió hasta transcurrida buena parte del siglo XX.

Hoy, en cambio, si uno no recuerda algo lo googlea, las maratones de series están a la orden del día, el flujo de información es inmediato y acelerado. Todo tiene que suceder con rapidez y sin demoras, y si hay tardanza, que sea de la forma más confortable posible para que no se note. Cuando no hay nada para hacer el teléfono smart se ocupa de que no haya tiempos muertos. El I want it all, and I want it now (Lo quiero todo y lo quiero ahora) que anunciaba Freddie Mercury a fines de los ‘80 es el lema del siglo XXI.

CAPACIDAD PARA ESPERAR

La paciencia en la espera se aprende desde pequeño. Es necesario practicarla hasta que se convierta en “una segunda naturaleza”, como bien denominaba Aristóteles a los hábitos que se adquieren y afirman por la costumbre y la repetición de actos. Obviamente, el medio actual no colabora para que este hábito se instale. Cuando es posible que algo esté al alcance de un botón, ¿para qué esperar? Y sin ejercicio del hábito, cuando la espera se impone necesariamente, la ansiedad está en la puerta. El tránsito desde el deseo hasta el logro se vuelve insoportable.

Podría decirse que la ansiedad es un mal de la época. Si bien su incremento es mundial, en nuestro país, la ansiedad es un problema con gran incidencia en la población. Según el informe Relevamiento del estado psicológico de la población argentina, del Observatorio de Psicología Social Aplicada, entre el 25 y el 35 por ciento de la población adulta muestra síntomas de ansiedad o depresión, siendo más frecuente en jóvenes, en mujeres y en personas con menor nivel socioeconómico.

Hacia fines del año pasado, en la ciudad de Buenos Aires, por primera vez se midió el bienestar emocional de los porteños. El estudio realizado por el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat y el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina corroboró la cifra: el 28,6 por ciento de los porteños entre 18 y 75 años evidencia síntomas de ansiedad y depresión.

La ansiedad puede adquirir características patológicas cuando produce un malestar excesivo y no permite desarrollar con eficiencia actividades cotidianas como comer, dormir, compartir reuniones, estudiar o trabajar. Pero también puede asumirse como una base anímica existencial que no impide el desarrollo de la vida, pero la desalienta.

Para Aristóteles, la capacidad de soportar demoras e incluso penurias sin perder el control emocional, era central en la vida de una persona. Lejos de asociarse con la pasividad, refiere a la fortaleza para afrontar dificultades sin dejarse aturdir por la frustración o la desesperación. La capacidad de esperar está asociada a la posibilidad de aceptar y superar las frustraciones y aprender de ellas. El filósofo la consideraba necesaria para alcanzar nada menos que la anhelada felicidad.

ESPERA Y ESPERANZA

Para el médico humanista Pedro Lain Entralgo, la espera es la forma primaria de la esperanza, en tanto nuestra existencia se desarrolla en el tiempo y nuestro futuro es incierto. La esperanza es espera con confianza. Así, la capacidad de espera se eleva de plano.

Cuando la confianza en un ser trascendente, en los otros y en uno mismo se rompe, la espera desespera. Se hace insoportable y sin sentido.

Lamentablemente, como señaló Benedicto XVI en 2008 en un mensaje sobre la tarea urgente de la educación, “hoy nuestra esperanza se ve acechada desde muchas partes, y también nosotros, como los antiguos paganos, corremos el riesgo de convertirnos en hombres sin esperanza y sin Dios en este mundo".

De todos y de cada uno depende comenzar a revertir las condiciones.

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