A veces ni el presidente Javier Milei parece tener una imagen completa de los cambios económicos, sociales y políticos que genera su gestión. Una prueba de esto pudo apreciarse el miércoles pasado en Davos, donde ocupó la tribuna del encuentro más importante del “establishment” mundial.
En lugar de aprovechar la oportunidad para describir el extraordinario crecimiento de su poder político tras las elecciones de octubre y su impacto positivo sobre la marcha del plan económico, dedicó su disertación a una exposición de corte académico sin la menor relevancia política.
En lugar de exhibir la parálisis de la oposición populista en todas sus variantes y lo que eso significa para la apertura de la economía y para nuevas oportunidades de negocios intentó dejar atónito a su auditorio con una frase poco feliz por decir lo menos: “Maquiavelo ha muerto”. Pudo haber desplegado el panorama de un futuro próspero para la Argentina ante los ojos de la élite empresaria global, pero dejó pasar la ocasión. Dedicó su mensaje a un diplomático florentino muerto hace seis siglos.
A lo que hay que agregar que su tesis fue dudosa, que la “realpolitik” está más viva que nunca y que los medios estuvieron pocas veces tan indecorosamente subordinados a los fines. Si no, que considere la política exterior de su colega Donald Trump.
El resto del discurso consistió en el esperado embate contra el “wokismo” de la izquierda que pretende situarse en una posición de superioridad moral, acusando al capitalismo de libre mercado de “crueldad” y de fomentar la desigualdad.
Como era previsible el presidente expuso la irrefutable experiencia de que la manipulación de la economía desde el poder político sólo expande la pobreza y la corrupción y termina generando una casta de dirigentes que aprovechan el poder en beneficio personal. En suma, nada nuevo más allá del hecho de que le erró a la perspectiva: ya no es un conferenciante profesional, sino un jefe de Estado con obligaciones de otra naturaleza.
De todas maneras, la realidad que procede por hechos y no por palabras vino en su auxilio para demostrar que el orden económico que impuso continúa consolidándose. Hubo una notoria mejora de los activos financieros argentinos, aumentaron de bonos y acciones, las reservas brutas superaron los 45 mil millones de dólares y el riesgo país bajó hasta los 520 puntos, lo que permite vislumbrar que la vuelta a los mercados voluntarios de deuda no está tan lejos.
Si el problema central de todos los gobiernos de las últimas ocho décadas fue financiero y, más específicamente, de falta de dólares, la combinación de ajuste fiscal con éxito electoral parece estar produciendo un fenómeno inesperado.
El vicepresidente del Banco Central, Vladimir Werning, informó oficialmente el jueves que la demanda de dólares había caído un 75% desde la victoria del oficialismo en octubre. Lo que podría denominarse la progresiva desaparición del “riesgo kuka” por efecto de las urnas. La política nativa tiene esas rarezas: una chicana terminó convirtiéndose en una variable macro cuantificable.
El funcionario anticipó, además, que la inflación volverá a bajar en enero y que hay 3.600 millones de dólares emitidos por empresas que todavía no ingresaron al mercado local, lo que significa un aumento de la oferta. Hasta el J.P. Morgan recomendó apostar al peso; salir del dólar y jugar al “carry trade” en moneda nativa.
Los especialistas atribuyen la persistente baja del dólar a la oferta generada por la emisión de deuda de empresas locales. En particular las vinculadas a la energía que tuvieron un buen 2025. El 70% del superávit de la balanza comercial es atribuible a esa actividad que expandió las exportaciones y redujo las importaciones.
El lunes pasado en una reunión reservada con banqueros y fondos de inversión realizada en Londres Werning caracterizó el fenómeno de la confianza en el peso como la fase de normalización financiera poseletoral que consiste en compra de reservas, remonetización de la economía y una nueva ola desreguladora.
Pero la sorprendente trayectoria del dólar no es atribuible solo a una coyuntura financiera. La otra cara de la misma moneda es política y se explica por la paralización y desconcierto opositor. El kirchnerismo, la fuerza a la que la estabilidad macro golpeó más fuerte, tiene un problema irresoluble de liderazgo. Mientras no defina su conducción no podrá armar una nueva oferta electoral.
El resto de la dirigencia, peronismo no k, parte del radicalismo y del progresismo (Carrió, socialistas, provinciales), no tiene ni líder, ni programa, ni candidato, pero si intenta ir en 2027 como fue el año pasado con una alianza de ocasión, terminará facilitando la reelección de Milei (ver aparte “Massa y Rodríguez Larreta”).