A todos nos agrada sentirnos cómodos, en un lugar templado y mullido, con música suave, entre gente amable y familiar. Nadie discute que la comodidad es placentera, desde el aspecto físico hasta lo vincular. La comodidad es un cierto valor al que aspiramos y la sociedad de consumo tiene muchísimas ofertas para todos los gustos. El problema no es que se considere un valor, sino el orden en que la ubicamos en una escala jerárquica. Cuando la comodidad empieza a ser uno de los ideales más preciados en la vida, el asunto se complica.
Emprendamos un camino desde lo externo y evidente hacia lo más profundo. La informalidad es uno de los nombres de la comodidad, en lo que atañe a las vestimentas, por ejemplo, cuando estar cómodo se privilegia sobre el simbolismo que las vestimentas conllevan en cada sociedad. No da lo mismo la ropa que se utiliza “entre casa”, en una playa o en una ceremonia religiosa, aunque todas cumplan funciones semejantes. Tampoco da lo mismo expresarse de cualquier manera en distintos ámbitos.
En la vida ciudadana actual, nos venden la comodidad de manera tramposa y persuasiva, con la excusa de ser más prácticos, aprovechar el tiempo, reducir la espera, ahorrar trabajo y ganar libertad. La sociedad del delivery la muestra como un artículo de primera necesidad que deja a la espera y al esfuerzo como algo viejo y desagradable relegado a los que no se adaptan a los cambios.
LA ZONA CÓMODA
Tal como define la Dra. Judith M. Bardwick, la zona cómoda o zona de confort es “un estado de comportamiento dentro del cual una persona opera en una condición de ansiedad neutral, utilizando un conjunto limitado de comportamientos para lograr un nivel constante de desempeño”.
Ese espacio no es el mismo para todos, ni se encuentra en un lugar localizado. La zona cómoda es un espacio mental y metafórico. Cada uno adhiere sus actividades y comportamientos habituales a un patrón de rutina que genera un estado psicológico de seguridad en el que no se perciben riesgos y por lo tanto hay menos estrés.
Hace más de un siglo, los psicólogos Yerkes y Dodson estudiaron la influencia de la presión en el resultado de tareas que implican actividades mentales complejas y explicaron su teoría por medio de una U invertida. Observaron que no se da un buen rendimiento, tanto si la presión es escasa (en nuestro caso, si no se sale de la zona cómoda) como si es excesiva (cuando la persona se tiene que enfrentar a ambientes nuevos o grandes cambios). El resultado óptimo se logra cuando la presión es moderadamente elevada.
Ampliar de a poco el espacio que nos resulta familiar (no hacer solo lo fácil, ni desear únicamente lo que está al alcance de la mano) ayuda a delinear estrategias y construir herramientas con las cuales enfrentar la adversidad y las frustraciones que, en algún momento, todo ser humano encuentra.
Excepto en el vientre materno, la vida nos brinda a cada paso ocasiones para que el equilibrio perfecto se rompa y nos obligue a salir casi expulsados, de nuestro lugar confortable. Paralizarse es uno de los tres mecanismos automáticos e involuntarios que se ponen en acción ante la amenaza o el estrés que produce.
DESAFÍOS
El famoso filósofo y sociólogo de la comunicación Herbert Marshall McLuhan demostró cómo los diferentes medios que utilizamos moldean nuestra visión del mundo e influyen en nuestra forma de pensar, sentir y comportarnos. El medio en sí mismo moldea la percepción del mensaje de la misma forma que lo hace su formato. Nuestra sociedad de pantallas e inmediatez crea un caldo de cultivo propicio para ser consumidores demandantes y pasivos.
La búsqueda de comodidad en exceso se transforma en pereza y lleva a la inacción, a pretender que nuestros problemas sean solucionados por otros, a no involucrarnos en la ayuda a los demás, a ignorar las necesidades propias y ajenas.
No casualmente se llamó a la pereza “madre de todos los vicios” y se la cuenta entre los siete pecados capitales. La acedia es su versión espiritual y profunda. Los monjes del desierto en el siglo IV la llamaban “el demonio del mediodía”, un estado mezcla de apatía, negligencia en los deberes, desánimo y desinterés en el crecimiento personal y trascendente.
La pereza del corazón es un enemigo silencioso, no se hace notar y parece inofensiva porque justamente consiste en hacer nada. Una nada que encierra en el vacío existencial y ahoga toda posibilidad de mejora porque ninguna virtud se logra sin un poco de esfuerzo. Para crecer se requiere pasar de un estado inferior a otro superior y eso no puede hacerse desde la pasividad.
Mientras que la comodidad puede aportar un bienestar momentáneo y sensible, la virtud ofrece un bienser duradero y profundo.
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