Paradojas de la política: casi unánimente todos los medios, comentaristas, expertos, operadores, analistas y público en general vaticinaban casi unánimente la derrota del GOP o partido republicano en Estados Unidos.
Sin embargo, el mundo financiero y los medios en general reaccionaron ante la paliza que recibió el oficialismo, o landslide, (alud en la jerga electoral de la ex primera potencia mundial) como si se tratase de una sorpresa mayúscula, lo que llevó por caso a Wall Street a derrumbarse en una suerte de ladnslide propio, fatal y final. ¿Excusa para la gran corrección tan anunciada?
Todo el rational de los inversores profesionales y los especialistas del más alto nivel quedó en el olvido, y los infalibles se suicidaron en una espiral vendedora que va en contra de lo que sostenían hasta el viernes con la convicción de un oráculo.
Habrá que desbrozar la marea de palabras y decisiones que se tomaron en las 72 horas siguientes a las elecciones para buscar entender no sólo las razones inescrutables del resultado, sino el panorama futuro que se le presenta a Estados Unidos, a Occidente y al mundo tras la bofetada que recibió Donald Trump.
En una primera mirada, la cuestión inminente es cómo se gobernará en los próximos dos años, en momentos tan complejos y difíciles para Estados Unidos y para el mundo. Nada hace pensar que se pueda lograr un gobierno coherente, más bien se tratará de una permanente y gran pulseada, que en el mejor de los casos terminará en nada, sin cambios sustanciales, y en el peor de los casos desembocará en un mayor debilitamiento de la economía norteamericana y mundial, un aumento del déficit y la deuda y un deterioro mayor en todas las áreas. Si no en un descalabro monetario mayor.
Aunque en este momento el peso del análisis cae sobre el propio presidente, hoy más que nunca un lame duck, pato rengo en inglés, claro, dando de algún modo la razón a quienes siempre le llamaron Donald Duck, en una irrespetuosa caricatura. La primera afirmación del decadente mandatario fue que él no había sido candidato a nada. Transfería así la responsabilidad del cachetazo a los diferentes candidatos, muchos de los cuáles había designado él mismo contra toda lógica y contra toda opinión sensata y capitulaba al declarar que seguramente se entendería con el nuevo Congreso. ¿Anticipa eso la idea de entrar en una negociación constante y non santa con los legisladores, como es su especialidad, o simplemente fue una frase de compromiso y ya está preparando la pluma para los decretazos? El futuro tiende a ser payasesco y peligroso.
Con relación a la actitud de transferir a otros la culpa del fracaso, actitud tan trumpeana, cabe el recuerdo de Bill Clinton y Barak Obama, que también perdieron en las elecciones de medio término, pero que tuvieron la gallardía (y la inteligencia política) de asumir su responsabilidad, lo que de inmediato les permitió corregir el rumbo. Imposible esperar esa actitud de un megalómano.
La responsabilidad de Trump es evidente, como es sabido casi universalmente. Prometió con aire sobrador eliminar las guerras en breve tiempo, y sin embargo toleró la invasión rusa a Ucrania, y peor aún, insultó y dio una filípica a su presidente porque no cedía a las exigencias rusas, para culminar con un apoyo abierto al Kremlin en las últimas semanas. Atacó a Venezuela y la amenazó con usar la fuerza si no permitía elecciones libres, para terminar negociando con los titiriteros de Maduro que lo entregaron como chivo expiatorio (junto con el petróleo) para garantizarse la continuidad. Una ofensa y una burla para todos los venezolanos que se exiliaron y los que sufrieron y sufren la dictadura, y un desdén a Corina Machado, a la que descalificó públicamente en su vocación de que su movimiento se hiciera cargo del gobierno al sostener que “no estaba preparada”.
Remató ese accionar creando un gran negocio para sus amigos (¿socios?) petroleros. Otro agravio y otra pantomima intolerable. Una parodia que el mundo le perdonó o disimuló en nombre de la personalidad o el “estilo” del que hace gala incesantemente.
Mientras reclamaba como si lo mereciese el Premio Nobel de la Paz, lanzó la guerra contra Irán, irreflexivamente, y todavía peor, en vez de cumplir la promesa de liquidarla en dos semanas, entró en un loop de amenazas, marchas y contramarchas, que terminó con los iraníes apoderándose del estrecho de Ormuz y abriendo el camino para el cobro de peaje por su uso y llevando por su sólo accionar al 50% del aumento del precio del petróleo, lo que llevó a un aumento inmediato del costo de vida en su país y en todo el mundo, creando así un innecesario problema político, social y económico universal. Cuando se le puntualizó que la guerra (y su falta de contundencia para “aniquilar a Irán", visto de un ángulo pragmático) había provocado un aumento fatal en el fluido, respondió que estaba feliz con ese aumento que generaba grandes ingresos a las empresas norteamericanas. Las sospechas corren por cuenta del lector. También un gran negocio para todos los países petroleros del mundo, incluidos Rusia, los países árabes y aún YPF y Petrobras.
Además de dar de baja a muchos de los mejores generales y estrategas de guerra que le advertían de los riesgos y proponían una estrategia diferente, terminó por aflojar el cerco al petróleo ruso, con lo que hizo quedar como ignorantes a los expertos en política internacional que sostenían seriamente que “esta guerra es un ataque sobre China y Rusia”. Su reunión con Xi Jinping no fue para amenazarlo, precisamente.
La guerra contra Irán de inmediato transporta a la guerra contra Irak que concluyó con dos millones de muertos y el linchamiento del exaliado estadounidense Sadam Hussein, en busca de armas nucleares que nunca existieron -aunque la amenaza nuclear no parece haber sido una mentira en este caso, fruto del melifluo pacto de Obama con la nación persa.
Lo que le restó autoridad y credibilidad fue la mezcla de bravatas, amenazas vacías e idas y vueltas militares en la guerra, que transformó una acción que podía haber sido justiciera en una muestra de debilidad que afectó duramente su credibilidad y hasta pone en dudas la condición de primera potencia bélica, que no solamente consiste en tener armamentos, equipos y soldados altamente entrenados, sino también en usarlos pasiva y activamente cuando sea necesario. El reproche de muchos países amigos y factores económicos parece ser: "¿Por qué no cumpliste tus amenazas y los aniquilaste en dos semanas?”
Es cierto que desde George W. H. Bush el sistema norteamericano viene abandonando su condición de “gendarme” o custodio de la paz y el Orden Mundial, sin comprender que esa condición es consecuencia y razón de su poderío como líder y primera potencia mundial, que tanto el gobierno como el pueblo creyeron que se podía sostener sólo con palabras, bravatas o algunos gestos y sin riesgos.
Es sabido que toda la valentía y coraje del pueblo estadounidense se diluye cuando llegan los primeros cuatro ataúdes envueltos en la bandera de las barras y estrellas, y por eso sus gobernantes suelen mandar al frente a sus socios, para luego dejarlos colgados del pincel en términos profanos. Israel ahora debe estar pensando lo mismo, pese a quienes sostienen que la guerra fue inducida por Benjamín Netanyahu.
Trump le dio el golpe final, el colofón a esa filosofía. Transformó el respeto y el temor que imponía su país y que equilibraba ese Orden Mundial y lo convirtió en una farsa ridícula digna de burla. En tal sentido, prácticamente desmembró a Occidente, y lo terminó de entregar atado a sus enemigos ideológicos y estratégicos.
Como suele ocurrir en casos similares, su accionar, pleno de proteccionismo y keynesianismo prepotente, más las amenazas contra los países que hasta ayer conformaban la alianza occidental, creó una brecha que se profundiza cada día. Sus insultos y agravios a México y Canadá, faltos de toda razón, han hecho del Nafta, que ya había desvirtuado en su mandato anterior, un mero acuerdo sin valor y ha mostrado claramente su intención de manejar a su antojo al continente americano, sin respeto ni espíritu de cooperación alguna. Otra debilidad para Occidente y para el mismísimo Estados Unidos. Desmembró la alianza atlántica.
Se puede seguir casi indefinidamente haciendo el inventario del daño que ocasionó a las libertades, al derecho y a la libertad de comercio. Su gobierno, mezcla de lo peor de los dos Roosevelt, Teodore y Franklin, retrocedió décadas de progreso, cooperación y movilidad social, en contraposición a la globalización económica, que en sus 30 años de vigencia sacó de la pobreza a mil millones de habitantes, ha muerto con su proteccionismo.
Al aplicar su ignorante política proteccionista (Trump sigue creyendo que los recargos los pagan los países que le exportan, no el consumidor), no sólo rompió alianzas comerciales y políticas con sus amigos, sino que condenó al público norteamericano a una suba importante del costo de vida, que también tiene que ver con este resultado.
La descalificación de la función de la Fed y su insistencia en aplicar manu militari una baja de tasas, además de perseguir e insultar a su expresidente Powell y ahora de perseguir a una directora que trata de cumplir la función para la que la institución fue creada pone en peligro el valor del dólar como moneda de refugio, lo que también es resignar un símbolo y un arma poderosa en la defensa de Occidente. Las confiscaciones de fondos de otros países y de personas ataca la figura de centro indiscutible de las finanzas mundiales, lo que también conspira con el liderazgo mundial. Consultado por el peligro de que el dólar se devaluara, el mandatario respondió que eso lo pondría muy contento porque convendría a Estados Unidos. En su modesta opinión, claro. De paso, otro modo de renunciar al liderazgo mundial, casi peor que el accionar de Nixon cuando rompió arteramente los tratados de Breton Woods que intentaban asegurar la solidez y confianza financiera internacional.
La aplicación exagerada de la doctrina Monroe, ya una culpa con la que carga su país desde siempre, también ha dejado Europa y Asia en manos de las otras grandes potencias, en una tácita negociación de poder para repartirse el mundo.
La iniciación de juicios billonarios absurdos contra quienes no coinciden con él, lo que pone a la contraparte en la necesidad de incurrir en los altísimos costos de defensa, es un ataque sistemático contra la seguridad jurídica, ya rota con los mecanismos que el tantas veces quebrado utiliza, cono si el Estado fuera uno más de sus emprendimientos. También es un uso indebido de fondos oficiales.
Este limitado detalle golpea la credibilidad de las ideas de libre empresa, propiedad privada, meritocracia y derechos que jura defender. Por ejemplo, la resurrección de la izquierda demócrata luego del desastre de Biden tiene mucho que ver con ese comportamiento. No hay ningún indicio para creer que estos izquierdistas de hoy son o serán mejores que los izquierdistas de ayer. Como tampoco hay razón para pensar que los republicanos que sucedan eventualmente a Trump serán mejores, más equilibrados, más honestos y más inteligentes que el actual líder de su partido.
El partido republicano, parte por el accionar y la sumisión a Trump como por una acumulación histórica, tampoco tiene candidatos de primer orden con chances, o ganas. Debe reconstruirse total y urgentemente como un servicio al país. De lo contrario, el próximo presidente será otro Biden, pero con más energía.
Y aquí viene el otro aspecto preocupante que es típico de los políticos milagrosos e insultantes que con la prepotencia y la descalificación quieren imponer sus decisiones, conveniencias y creencias, y que desprecian a todo el que le discuta o no lo obedezca. Ni uno ni otro partido tiene, al menos hoy, candidatos sólidos, confiables o valiosos.
El Partido Demócrata, sin líder, al extremo que presentó a Kamala Harris como candidata, ¿qué hará para mejorar a Trump? ¿Bajará el déficit? ¿Detendrá la guerra? ¿Frenará a China y a Rusia? ¿Recuperará el liderazgo del Orden Mundial y defenderá los principios de Occidente? ¿Reemplazará la política de Trump de perseguir mejicanos y despreocuparse por la invasión islamita que ha penetrado en todos los estadios de la sociedad y el poder y que no hay forma de que no intenten imponer su cultura, para llamarla de algún modo, sus costumbres, sus ritos, sus fobias y segregaciones, sus sanciones físicas, su desprecio por las formas y hasta por la urbanidad y los individuos, su confusión entre los ritos y las creencias religiosas y la conducción de una sociedad? ¿Su destrucción deliberada de riqueza y progreso? ¿Dejará de pagar a terceros países para que reciban a sus deportados?
¿Será más honesto, más justo, creará más puestos de trabajo y más bienestar, defenderá la inversión, el emprendimiento, la empresa las religiones y valores de su sociedad y del mundo?
Difícil que lo haga porque no lo ha hecho durante su reciente gobierno, al contrario. Además, no está en manos de estadistas ni siquiera de tecnócratas o de especialistas, Está en manos de burócratas ideologizados y facilistas, instrumentos fáciles de la penetración cultural, social y política.
¿Y qué hará un republicano que suceda a Trump? ¿Seguirá desfinanciando a los entes internacionales de burocracias inútiles, costosas y fanáticas del estatismo y la gratuidad, además de defender la suprasoberanía que anula a los Estados y la cultura de los pueblos?
¿Mantendrá los criterios de Trump en esos aspectos, pero con más amplitud, civilizadamente, con menos insultos y palabras y más acción y constancia? ¿Disminuirá el proteccionismo, reducirá la deuda, recuperará el liderazgo mundial de EE.UU.? ¿Parará las guerras sin abandonar ni traicionar a sus aliados y sin hacer de la guerra un negocio? ¿Desarrollará una nueva política orgánica migratoria y determinará los requisitos para la migración y defenderá en su frontera el acceso exclusivamente de quienes cumplan con esos requisitos, lo que incluye la asimilación de los migrantes que intenten ingresar?
Por ejemplo, la falta de un documento de identidad obligatorio, que parece un instrumento policial, sin embargo, evita buena parte de los problemas que se plantean hoy. Y de paso mejora notablemente la transparencia electoral. ¿O la política de Estado en ese rubro seguirá siendo la ICE y pagarles a países con necesidad de ingresos para que reciban a sus migrantes rechazados?
Una de las ventajas de la globalización comercial, particularmente del NAFTA de Clinton, fue el concepto de que la mejor forma de evitar la invasión clandestina de desesperados era crear trabajo en su propio país. Si ese tema no se resuelve, es inútil poner un policía de la ICE por cada inmigrante ilegal. En tal sentido, el proteccionismo, que además de gustarle a Trump, que lo blande como una amenaza. es el mayor impulsador de las migraciones.
Como en tantos otros países, el problema es que “los otros son peores”, la dicotomía inventada y fomentada por los propios políticos para conseguir o mantener el poder, y para lograr la tolerancia de sus despropósitos o sus negociados.
No hay dudas que no solamente no hay estadistas, sino no hay decencia en la política, y eso hace que la corrupción en todos sus formatos, el miedo, el fanatismo, son los mecanismos con los que gobernantes y aspirantes a serlo luchan para conseguir el poder y para mantenerlo.
Los individuos quieren que los políticos les prometan milagros y los políticos exitosos son los que más milagros prometen, como sostenía Tocqueville. Y cuando los políticos no hacen esos milagros, porque son imposibles o porque ellos no son aptos, los pueblos eligen un nuevo tarotista que les augure y les prometa que pueden hacerlos. Desilusión garantizada.
Por eso se da el fenómeno de que los gobernantes son desplazados con horror y reemplazados por un nuevo milagrero en poco tiempo. Mejor que hacer es prometer, parafraseando al mayor milagrero de todos los tiempos. Por eso el vulgo sostiene que “todos los políticos son iguales”. No odiamos lo suficiente a los políticos, o sea.
Por algo los griegos no permitían la figura del político profesional. Por eso las sociedades le dan una chance a los outsiders. Pero estos se contagian el primer día.