Ciencia y Salud

Cómo se alteró nuestra percepción del tiempo

“El presente se reduce a picos de actualidad. Ya no dura.” 
Byung-Chul Han, El aroma del tiempo: Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse.

La pandemia y, de manera más marcada, las cuarentenas, funcionaron como una suerte de experimento social, que si bien algunos dirán que fue involuntario y otros lo contrario, es un hecho que fue quizás el mayor experimento social de que tengamos constatación histórica. No sólo cambió nuestra forma de vivir, modificó los tiempos y modalidades en lo social y político y en particular cambió una dimensión central de la vida psíquica: la temporalidad subjetiva, es decir, nuestra forma de sentir, de experimentar el paso del tiempo. Este fenómeno viene siendo estudiado y publicado desde hace cierto tiempo. 
Ahora deténgase un momento y trate de empezar a pensar en algunos aspectos recientes y otros de hace algunos años de su vida, la pregunta sería cuando pasó tal evento, o viajó a tal lugar, o incluso alguna noticia de índole mundial. Un ejemplo: en el auge actual del fenómeno Epstein, su desaparición que podía parecer cercana, fue justamente previo a la pandemia en agosto de 2019, ya casi 7 años. Lo más interesante es que se hacen públicas las denuncias en 2005 y es llevado a juicio y encarcelado en 2008, es decir entre 21 y 18 años. Sin embargo, el caso adquiere una vivencia actual, dos décadas más tarde, dada por el relato mediático. Este ejemplo también nos sirve para mostrar otro aspecto y es cómo la alteración en la percepción temporal, impide elaborar conclusiones adecuadas, al carecer del contexto temporal específico y así las narrativas pueden tener otras lecturas. 
El ejemplo puede ser llevado a un plano más individual, cuando por ejemplo se le pregunta a alguien cuando comenzó con tal síntoma, realizado un estudio o comenzado con cierta medicación. Sea cual fuere lo que cada uno tome como ejemplo, estos son múltiples y desde ya personales. Es evidente que el tiempo secuencial, al que llamamos cronológico en honor a Cronos, es vivido de diferentes maneras, no solo entre las diferentes personas, sino lo que es más interesante en nosotros mismos. A veces esto se expresa en pensamientos o frases que parecen contradictorias y, sin embargo, no lo son: “los: (horas, días) no pasaban, no se terminaba nunca” y, en otros “cuando miro hacia atrás, parece que fue ayer, no puedo creer que pasaron x años”. Esa aparente paradoja no es un error de percepción, sino quizás más bien una pista, un hilo de Ariadna a seguir. 
El factor “tiempo” es quizás uno de los más ha intrigado desde siempre, y ha sido abordado por una enorme variedad de lecturas, desde el misticismo, hasta la física, la literatura o la psiquiatría.
En psicología y neurociencias por ejemplo se distinguen al menos dos planos: uno es el tiempo prospectivo, el tiempo tal como lo sentimos mientras ocurre. Aquí cuentan la atención, el aburrimiento, la espera, la ansiedad, la incertidumbre. Cuando estamos pendientes del reloj, confinados, o atrapados en una rutina vacía, los minutos pueden volverse, como si fuera un fluido, espesos, interminables. Otro plano es el tiempo retrospectivo, el que reconstruimos después. En ese caso, el cerebro no “mide” duración, sino que hace una recomposición a partir de recuerdos, cambios, hitos, escenas, eventos demarcatorios etc. Si un período estuvo cargado de novedades, decisiones, encuentros, viajes, pérdidas o descubrimientos, suele adquirir mayor densidad en la memoria. 
Es muy habitual que una persona que haya pasado una semana de capacitación en algún lugar nuevo y con múltiples experiencias, luego tenga la sensación y recuerdos equivalentes a meses. Pero si, por el contrario esa misma capacitación o experiencia, fue uniforme, repetitiva y pobre en acontecimientos diferenciados, con bajo potencial de estímulo, la huella mnésica es escasa y el tiempo tiende a comprimirse retrospectivamente, pero a alargarse prospectivamente. Dicho de otro modo: una etapa puede sentirse larga mientras se vive y, sin embargo, parecer corta cuando se la recuerda y viceversa.
El escritor Thomas Mann, en “La montaña mágica”, describe cómo la monotonía puede volver tedioso el instante, y al mismo tiempo contraer los grandes tramos de la vida hasta casi disolverlos. Es una observación extraordinaria, ya que anticipa en un lenguaje narrativo y simple, lo que hoy sabemos por múltiples estudios sobre memoria y percepción temporal: lo que no deja huellas, en retrospectiva, casi no existe, y este puede ser el centro de la investigación actual, es decir que la percepción del tiempo tanto prospectivo como retrospectivo guarda relación, con el uso que le damos.
Las cuarentenas concentraron precisamente ese problema. No sólo hubo encierro; hubo una alteración profunda de los organizadores del tiempo. El exceso de fronteras de limites implico a su vez lo contrario, se borraron fronteras entre semana y fin de semana, trabajo y descanso, interior y exterior, proyectos y pausa, o mejor aún, tiempo suspendido, sin saber cuándo terminaba esa suspensión. Se suspendieron rituales, viajes, celebraciones, duelos, rutinas sociales. Los días empezaron a parecerse demasiado entre sí. De alguna manera generaron una sensación de bienestar al inicio para muchos, y esto era lo que se esperaba pasara, y así que el enclaustramiento fuera bien recibido, porque actuaria de forma de suspender las obligaciones, los tiempos, los plazos: una especie de vacación “sine die”. Pero aquí mismo estaba la trampa, cuando los días se parecen demasiado, es decir el tiempo indiferenciado, la memoria empieza a jugarnos algunas trampas y perdemos puntos de anclaje, ya que la uniformidad quita temporalidad: la psicología del prisionero en celda de aislamiento. 
La experiencia del tiempo está ligada a sistemas de atención, memoria, emoción y regulación de diferentes variables corporales, como son por ejemplo, los ritmos circadianos. No existe un único “reloj” que explique toda nuestra vida temporal. Intervienen redes atencionales que hacen que el tiempo se vuelva más “denso” cuando estamos aburridos o esperando, sistemas de memoria episódica que permiten reconstruir cuánto “vivimos” en un período, estados afectivos como la ansiedad, la tristeza, o la apatía y ritmos biológicos sueño, vigilia, actividad. Si esos ritmos se alteran, también se altera el mapa temporal con el que organizamos la experiencia. A su vez la alteración de los ritmos externos incide sobre estos, como puede verse en intervenciones comportamentales en ciertas formas de depresión.
Por eso sería simplista decir solamente que la pandemia “pasó” y dejó consecuencias sanitarias, económicas o políticas. También dejó una marca menos referida y desde ya no aceptada en su momento: una perturbación de la percepción temporal de la vida cotidiana. En muchas personas persiste aún hoy una sensación de desfasaje, como si el calendario hubiera seguido avanzando pero una parte de la experiencia hubiese quedado suspendida. Las consecuencias sobre la salud mental son cada vez más evidentes. Un estudio reciente lo define de manera gráfica en su título: “Fuera de tiempo, fuera de la mente, percepción del tiempo y bienestar mental durante la pandemia”.
Pero todo esto ya era conocido. La filosofía y la mitología clásicas, ofrecen un lenguaje simple y sorprendentemente útil. Si bien solemos hablar del tiempo como si fuera una sola cosa, para los griegos había diferentes registros: Cronos, el tiempo que avanza, que consume, que no se detiene. Kairos el del momento oportuno, el instante cargado de sentido pero esquivo y efímero. Finalmente, Aión ligado al tiempo de la vida a lo trascendental. Durante las cuarentenas, Cronos continuó su marcha, así pasaron días, meses, aun años, indiferenciados. Eso hizo que se hiciera imposible de atrapar a Kairos: hubo menos acontecimientos significativos, vitales, menos experiencias que dejaban marca.
Y aquí es donde otros personajes míticos, pero que hoy los podemos sustentar científicamente se presentan: “Mnemosyne”, la memoria, ya que no alcanza con que el tiempo pase; para que una vida tenga sentido, ese tiempo debe tener recuerdos significativos para necesita sedimentar el contenido. No es el tiempo cronológico que da la sabiduría, ya que cuando predomina la uniformidad, cuando todo se vuelve repetición, aparece la inevitable figura complementaria en este caso a Mnemosyne y es el olvido: “Lethe”. El tiempo se consume, pero no se incorpora nada y no queda nada, solo el olvido..
Este fenómeno no se limita a la pandemia. Las cuarentenas lo hicieron visible, pero la cuestión es más amplia y con aplicaciones más actuales, de allí la referencia al bombardeo Epstein que nos debe hacer reflexionar. Una cultura de hiperestimulación digital, de búsqueda de la atención fragmentada, una cultura de trabajo sin ritmos claros, que lleva a la incertidumbre, pero a la vez  la repetición y de allí al agotamiento produce un efecto que citan varios filósofos contemporáneos. mucha actividad, mucha estimulación, infodemia, todo esto sin densidad; sin huella en la experiencia; por ende de la memoria y de allí un Cronos que devora a sus hijos, pero poco Kairos. De Aion ya ni hablamos.
En la clínica, en lo social, en la psicología de masas esto es central, la percepción del tiempo no es un lujo teórico. Hace al sentido de futuro, a la motivación y especialmente a la continuidad del yo. En la depresión, el tiempo suele volverse pesado o inmóvil. En la ansiedad, puede acelerarse o fragmentarse. En el envejecimiento, la sensación de que “los años pasan volando” no depende sólo de la edad en sí misma, sino también cuánto se repite la vida sin nuevos anclajes, aprendizajes o ritos de paso. No casualmente la actividad mental que más produce efectos benéficos son la que aportan las experiencias nuevas.
La pregunta de fondo, entonces, no es meramente cuánto tiempo tenemos. Es otra: ¿qué hacemos para que el tiempo vivido no se convierta en tiempo perdido, que quede en el olvido?
Tal vez una parte de la respuesta esté en recuperar densidad, anclajes más que velocidad: rituales, conversación real, lectura sostenida, trabajo con sentido, experiencias corporales novedosas, aprendizajes, encuentros, cuestionamientos de posturas rígidas etc. Todo esto no para “llenar la agenda”, sino para producir huellas.
Porque el riesgo de nuestra época no es sólo vivir apurados. Es mirar hacia atrás y descubrir que una parte de la vida fue devorada por Cronos sin haber llegado a convertirse en experiencia, para nosotros, pero en particular para los que nos siguen en el tiempo: el legado, que es lo que queda.

Pero cuando nada queda de un pasado antiguo, después de la muerte de los seres, sólo, más frágiles pero más duraderos, más inmateriales, más persistentes, más fieles, quedan durante mucho tiempo el olor y el gusto, para recordar, para esperar, para tener esperanza, sobre la ruina de todo lo demás, para soportar sin pestañear, el inmenso edificio de la memoria.
Marcel Proust, Du côté de chez Swann