Un equipo de científicos se encontraba diez años atrás festejando en un laboratorio de la Universidad de Columbia, Estados Unidos, un hito en la neurociencia: habían logrado modificar la actividad de las neuronas en el cerebro de un ratón mediante el uso de láseres holográficos. Habían generado en aquel animal una alucinación visual que les permitía controlar de esa manera su comportamiento. Se trataba de un avance clave para entender cómo funciona el cerebro, que además abría la puerta a potenciales aplicaciones para tratar enfermedades, como la esquizofrenia. Al caer la noche, la felicidad se tiñó de pronto de intranquilidad para el investigador que lideró aquella conquista científica. Por primera vez, el profesor y doctor Rafael Yuste se vio embargado por la preocupación de que los métodos que él y su equipo habían fabricado podían llevar a consecuencias éticas y sociales capaces de impactar a la humanidad no solo para bien sino también para mal.
“Alguien, no yo, puede utilizar estas técnicas para convertir a los seres humanos en marionetas, igual que hemos hecho nosotros con el ratón”, recordó en una entrevista con La Prensa Yuste que pensó por ese entonces, al que denominó “su momento Oppenheimer”. Como alertó Oppenheimer con la energía atómica, todos los avances científicos exigen marcos legales para prevenir sus malos usos.
Ese fue el germen que lo llevó poco después a crear la Fundación NeuroRights, que preside, y a liderar el grupo Morningside -un equipo formado por médicos, especialistas en ética, neurocientíficos e informáticos, entre los que se incluyen ingenieros de Google y de empresas emergentes dedicadas a la neurotecnología- con el objetivo de resguardar los derechos a la privacidad e identidad mentales.
Es así que hoy este catedrático de Neurobiología, profesor de Neurociencia y director del Centro de Neurotecnología de la Universidad de Columbia, considerado el neurocientífico español más reconocido internacionalmente, reparte su tiempo entre la investigación en laboratorio y la concientización sobre la urgencia de regular estas poderosas herramientas de neurotecnología, capaces no solo de descifrar, sino también manipular la actividad cerebral.
Impulsor de la Iniciativa BRAIN, un proyecto apoyado por la administración de Barack Obama que desde 2013 busca desarrollar nuevas tecnologías para comprender el funcionamiento de la actividad cerebral, Yuste alerta en su libro más reciente “Neuroderechos. Un viaje hacia la protección de lo que nos hace humanos” (Paidós, 2025), sobre la necesidad de una regulación estricta para prevenir abusos.
-¿Cuándo advirtió por primera vez los grandes riesgos a los que se iba enfrentar la humanidad ante la posibilidad de intromisión en su cerebro?
-Esto fue hace 10 años cuando estábamos haciendo un experimento en el laboratorio con una neurotecnología óptica que habíamos inventado utilizando láseres holográficos para modificar la actividad de las neuronas en el cerebro de un ratón con una precisión inaudita. Es un experimento que llamamos “tocar el piano con el cerebro de un ratón”, porque es como si cada neurona en el cerebro fuera una tecla en el piano y puedes activar los grupos de neuronas que quieras. En ese experimento pudimos activar un grupo de neuronas en la corteza visual del ratón y el ratón empezó a comportarse como si estuviese viendo algo que no estaba viendo. Es como si le hubiésemos inducido una alucinación visual y a partir de ahí, esencialmente, tomamos control del comportamiento del ratón metiéndole una imagen u otra. Le convertimos en una marioneta. Ese día, durante el día, estábamos felices en el laboratorio porque habíamos logrado este hito en la neurociencia y con eso avanzamos en entender cómo funciona el cerebro, que es nuestro objetivo principal como investigadores y también, con mi condición de ex médico, una persona que viene de la medicina, pues estaba yo muy contento porque las implicaciones de este experimento pueden llevar a entender mejor lo que ocurre en la esquizofrenia donde uno de los síntomas principales son las alucinaciones. Yo me imaginaba que un día podremos incluso controlar las alucinaciones de los esquizofrénicos para que tengan una vida más normal. Pero esa noche fue cuando me surgió de repente la preocupación que no había tenido nunca en mi vida, algo completamente nueva para mí, de que los métodos que habíamos fabricado nosotros con nuestras propias manos podían llevar a consecuencias éticas y sociales que podían impactar a la humanidad para bien o para mal.
Ese fue lo que llamo yo mi “momento Oppenheimer”, como en la película de Oppenheimer cuando encienden el reactor nuclear, empieza a funcionar y están felices de que funcione, y de repente le cambia la cara a Oppenheimer porque se da cuenta las implicaciones que tiene esto, que con las mismas herramientas pueden fabricar una bomba.
Lo que hoy puedes hacer en un ratón mañana lo puedes hacer en una persona. El cerebro de un ratón y el cerebro de una persona funciona esencialmente igual. Somos mamíferos, la corteza cerebral es parecida, la nuestra es mucho más grande, pero las técnicas son las técnicas, son neutras, las puedes utilizar para bien o para mal.
- ¿Qué hizo a partir de entonces?
- Empecé a involucrarme por primera vez en las cuestiones de ética de la neurotecnología y empecé un camino que llevó -tres años más tarde- al desarrollo de los neuroderechos, con otros compañeros que también habían tenido sus momentos Oppenheimer. Esto, años más tarde, lleva a la enmienda constitucional de Chile para proteger la actividad cerebral de la ciudadanía y, años después, llega a la protección actual de los datos cerebrales en California, en Colorado y en Canadá, por ejemplo.
DEL LABORATORIO A AMAZON
-Desde ese experimento con ratones hasta ahora se ha avanzado mucho en la posibilidad de “ingresar” al cerebro humano, por ejemplo, mediante diademas o sistemas de interfaz cerebro-computadora. Por lo tanto, ¿es ya una realidad?
-En parte sí, en parte no. Quiero precisar: la neurotecnología que utilizamos nosotros hace ya una década y mucha gente desde entonces en animales como ratones, tiene un doble uso. Puedes medir la actividad del cerebro como si estuvieses leyendo la actividad cerebral y puedes cambiar, manipular, la actividad del cerebro como si estuvieses escribiendo en el cerebro. Es como leer y escribir. Hoy en día, con tecnología implantada dentro del cerebro humano mediante neurocirugía, se pueden hacer las dos cosas, leer y escribir. Se puede medir la actividad del cerebro, por ejemplo, en un paciente paralizado y conseguir descifrar las palabras que tiene en la mente pero que no puede decir. Eso ya se ha hecho desde hace unos años, se está haciendo cada vez mejor. Luego, a la hora de escribir o estimular, hay ya mucha neurotecnología que se utiliza, por ejemplo, en el Parkinson para reducir el temblor de pacientes estimulándoles distintos puntos del cerebro. En la clínica (la clínica va siempre detrás del laboratorio), ya existe tecnología de leer y escribir en pacientes con dispositivos implantados dentro del cerebro.
Al día de hoy, hay en el mercado dispositivos que no son médicos, que puedes comprar en Amazon: una diadema, un casco, unas gafas con lector de electroencefalograma, hay también auriculares que registran la actividad cerebral dentro del oído. Este tipo de dispositivos, como están fuera del cráneo, no tienen tanta potencia, pero se sigue el mismo camino que ya empezamos en el laboratorio. Ahora empiezan a haber compañías, por ejemplo, que fabrican lectores de electroencefalograma, que los puedes comprar en Amazon, y con estos lectores, con inteligencia artificial, se está demostrando que se pueden descifrar las palabras que conjuras en la mente. Hace dos años, una compañía en Australia hizo una demostración con un dispositivo, un casco de electroencefalograma, con voluntarios, donde había un voluntario que, por ejemplo, pedía un expreso en un Starbucks mentalmente, sin abrir la boca. Creo que vamos a, dentro de poco, encontrar dispositivos en el mercado para pedir un Uber mentalmente, para empezar a comunicarnos directamente desde el cerebro a una pantalla, traduciendo el lenguaje. Esto es algo que está ya en camino.
PRIVACIDAD MENTAL
-En su libro “Neuroderechos” advierte que esta posibilidad de conexión con el cerebro humano puede no siempre ser voluntaria, es decir, es factible que se produzca una violación a la privacidad y a la identidad mental.
-Exactamente. Nosotros decimos que el cerebro es el santuario de la mente, es la última frontera de nuestra privacidad. Y si tú puedes descifrar las palabras que conjuras en la mente… no puedo decir que es un pensamiento -como científicos, no sabemos todavía qué es un pensamiento- pero sí sabemos lo que es el lenguaje. Y precisamente este lenguaje interno, cuando muchas veces piensas con palabras o te hacen una pregunta y piensas la respuesta, se empieza a poder descifrar.
Esto ocurre sin que la persona quiera que se lo descifren, porque si tienes puesto el casco, te lo descifran, quieras o no. Esto nos preocupa muchísimo porque la Fundación Neuroderechos que creamos, estudió hace dos años los contratos con los clientes de 30 compañías de neurotecnología comercial, que están vendiendo estas diademas y cascos y, de las 30 compañías, cuando el cliente enciende el dispositivo y dice que sí al contrato con la compañía, que es la letra pequeña que nadie lee, que son páginas y páginas, y tú la pasas y dices que sí para que puedas encender el dispositivo, en ese momento otorgas a la compañía la propiedad para siempre de todos tus datos neuronales y autorizas a la compañía a venderlos a terceras partes. Esto es un ejemplo del salvaje oeste de la falta de regulación de las compañías de neurotecnología comercial.
No estoy hablando de las clínicas, esas están súper reguladas, no hay ningún problema, pero las que están vendiendo dispositivos comerciales operan sin regulación, excepto en pocos sitios en el mundo donde empieza a haber regulación. Pero, en general, no hay ninguna regla.
Es un peligro inminente y muy importante para la privacidad mental de las personas, porque te pueden descifrar en principio desde la contraseña de tu cuenta del banco, las palabras que conjuras en la mente cuando ves un chico guapo o una chica guapa, lo que piensas de verdad cuando estás diciendo una cosa y pensando otra… o al interrogar a prisioneros, por ejemplo, que no quieren hablar… ese tipo de cosas empieza a ser viable. Tenemos que asegurarnos de que los datos neuronales estén protegidos como el santuario de la mente.
-Explicaba que “leer” el cerebro es mucho más fácil que “escribir” en él…
- Igual que ocurre cuando aprendes un idioma extranjero, es mucho más fácil leerlo que hablarlo o escribirlo. Igual pasa con el cerebro: las tecnologías de leer y descifrar van muy por delante de las tecnologías como “tocar el piano”, las de manipular.
Es decir que, Así como yo estoy muy preocupado por el desciframiento de la actividad mental con dispositivos comerciales, la manipulación de la actividad mental, convertir a la gente en marionetas, todavía no ocurre, está en el futuro, todavía faltan años, no sé cuántos años faltan, pero las tecnologías que accedan al cerebro desde fuera no tienen la precisión que tenemos nosotros con los ratones, que podemos entrar dentro del cerebro y tocarles lo que queramos.
UN APERITIVO DEL FUTURO
- ¿Cuáles son por lo tanto en la actualidad las vías de ingreso al cerebro? Recientemente se estrenó una serie televisiva en la que intrusan el cerebro de un militar mediante nanopartículas administradas a través de un comprimido de un remedio. ¿Es esto posible ya?
-En la clínica y en el laboratorio abrimos el cráneo y entramos, pero eso evidentemente no es preocupante, de hecho, es bueno para poder ayudar a pacientes que tengan epilepsia, tumores, u otras enfermedades.
En la población general, ahora mismo, la única manera de acceder al cerebro y cambiar la actividad es con estimulaciones eléctricas o magnéticas desde fuera. Y estos son métodos que tienen muy poca resolución espacial y temporal. Son métodos muy gruesos. Se están empezando a desarrollar cada vez mejor, pero no puedes convertir a una persona en una marioneta.
Lo que sí se ha hecho, utilizando estimuladores eléctricos, es aumentar la memoria a corto y a medio plazo en un grupo de voluntarios para un estudio para intentar ayudar a pacientes de Alzheimer. Hay un estudio en curso para utilizar estimulación eléctrica del cerebro de pacientes con Alzheimer para aumentar su memoria, para que recuperen la pérdida de memoria que tienen. En el experimento control que se hizo con gente normal se descubrió que se les podía aumentar la memoria un 30%. No es mucho, pero es significativo. Y esto es un aperitivo de lo que viene, que es la aumentación mental. Estas tecnologías cada día van a ser mejores.
Esto es una ola que sale de los laboratorios, que pasa por la clínica y que llega al mercado. Antes o después habrá dispositivos que tendrán mucha más precisión, que nos permitan aumentar nuestras actividades mentales y cognitivas. Desde la memoria, la capacidad de decisión, incluso la percepción que tenemos. En vez de llevar gafas físicas, lentes, pues igual tenemos una manera de estimular la corteza visual para mejorar la visión que tengamos. Esto puede llevar a una carrera social de aumentación cerebral.
-¿La factibilidad de aumentar las capacidades cerebrales es otro de los dilemas que lo desvelan?
-Es un tema muy importante. No es urgente, porque con excepción de este estudio de aumento de la memoria -que es importante pero todavía no es una cosa muy gorda-, les quedan a estas tecnologías todavía varios años.
Pero es algo en lo que estoy trabajando ahora mismo. Después de diez años trabajando para proteger la privacidad mental, ahora que lo estamos empezando a lograr en distintos países, nuestra siguiente batalla es la aumentación mental. ¿Cómo regularla? ¿Quién decide qué persona se puede aumentar cerebralmente y cuál no cuando llegue esta tecnología que permita aumentarnos a los seres humanos de una manera que pueda incluso cambiar la esencia de quienes somos? Si tienes más memoria, si puedes pensar de una mejor manera, si puedes tomar mejores decisiones, si puedes tener mejores percepciones de la realidad ¿Quién decide? ¿Cómo se garantiza que esto no fracture a la sociedad en dos tipos de seres humanos? Unos que vengan aumentados, que tengan acceso a estas tecnologías, por cuestiones de clase social o que vivan en ciertos países, y otros que no lo tengan. Porque queremos evitar esta fractura social es que estamos pensando y trabajando con mucha intensidad sobre el tema de la aumentación mental.
-Además de la estimulación neuronal profunda y los dispositivos externos que ha mencionado, ¿por ahora la nanotecnología para controlar el cerebro no existe?
-De momento es ciencia ficción. Nunca puedes decir que no va a ocurrir. Nunca decimos las cosas de una manera tajante, pero actualmente yo trabajo precisamente en nanopartículas. Me pillas precisamente en San Sebastián, España, trabajando en un instituto de física para fabricar nanopartículas que se puedan inyectar en una vena en pacientes que tengan ictus para poder estimularles las zonas dañadas desde fuera del cráneo, para mejorar su recuperación. Es decir, como una terapia para la recuperación de pacientes con ictus. Pero este tipo de nanopartículas, que las conozco muy bien porque estoy trabajando con ellas, estimularlas a través del cráneo no es una cosa fácil. Y no tienen una resolución como la que tenemos en ratones para tocar el piano.
Es como aumentar la actividad de una zona del cerebro, pero no de neuronas individuales a través del cráneo. Esto no sé cómo lo vamos a hacer. Estamos intentando desarrollar estos métodos para ayudar a pacientes. Imagínate a una persona con Alzheimer aumentarle la memoria para recuperar su vida normal. O corregir el defecto de un esquizofrénico, con los problemas que tenga, reconvertirlo en una persona normal. Ese es nuestro sueño y estamos trabajando para eso.
Estamos preocupados también porque estas tecnologías que todavía no hemos desarrollado se regulen antes de que salgan del garaje.
¿CEREBROS INMORTALES?
-¿Cuán factible será lograr un cerebro inmortal?
-Como científico no lo sé. Depende de cómo funcione el cerebro. Todavía no sabemos exactamente cómo funciona. Si el cerebro funciona como una computadora digital, como los circuitos integrados de los ordenadores, que son circuitos electrónicos que tienen dos estados, los transistores. Si el cerebro funciona así, entonces la respuesta es que sí, que se podrá simular el cerebro en una computadora, replicarlo y pasar a una computadora la actividad de un cerebro y esa computadora puede hacer una simulación del cerebro y puede continuar… Pero mi sospecha es que el cerebro no es una computadora. Cuando hablamos del cerebro utilizamos la analogía o la metáfora de una computadora porque es lo que tenemos a mano. De hecho, los científicos llevan preocupados por entender el cerebro desde hace siglos. En el siglo XVII las máquinas más complejas que tenían los humanos eran los molinos de viento, que eran máquinas mecánicas con muchas ruedas y torques. Por ejemplo, el filósofo Leibniz hablando de la mente humana se imaginaba que era como un molino gigantesco con un montón de ruedas. Después aparece la máquina de vapor y empieza a haber filósofos y científicos que hablan del cerebro como si fuese una máquina de vapor donde sale humo por aquí y por allá.
Después desarrollan las computadoras. Y ahora de repente hablamos del cerebro como si fuese una computadora. Es posible que sea una metáfora. Es posible que el cerebro, como es un tejido orgánico, lo que llamamos computar no lo hace como una computadora digital, lo hace de una manera orgánica, con toda la física y la química que tiene dentro. Con los aminoácidos, con las proteínas, los neurotransmisores, la sinapsis, todo el lío de cosas que tenemos. Se puede imaginar como si fueran en realidad piezas de una computadora. En ese sentido, si quieres hacer un cerebro inmortal lo que tienes que hacer es fabricarlo con el mismo tejido, con el mismo hardware que tenemos. Eso es lo que podrías hacer con ingeniería biológica, como clonación, fabricar otro animal. Si tú puedes fabricar un animal igual al primero, serían gemelos univitelinos. Imagínate que queremos que tu cerebro se mantenga en el tiempo y creamos una persona que tenga exactamente el mismo cerebro que tengas tú. Será como si fuese tu gemelo, pero no serías tú, sería otra persona. Desde ese punto de vista, la respuesta es que no, no podríamos llegar a la inmortalidad del cerebro.
-La inteligencia artificial ya nos ha puesto cara a cara frente a la incertidumbre sobre lo que es real y lo que no, aunque todavía existen maneras de comprobarlo. Con la tecnología que permite introducirse en el cerebro, en el pensamiento humano, ¿correremos el riesgo de perder por completo la perspectiva entre lo real y lo que es generado o manipulado de manera artificial?
-Esta pregunta va al centro de la cuestión de cómo funciona el cerebro. Ahora mismo no existe una teoría general de cómo funciona el cerebro. Pero una de las teorías, que es precisamente consistente con los descubrimientos que estamos haciendo nosotros, es que el cerebro genera la realidad. Es una máquina de realidad virtual, es decir que la realidad en la que vivimos no es real, está generada internamente. Vivimos en un mundo fabricado. Esto es lo que propuso ya Platón y Kant. Muchos filósofos han hablado de la posibilidad de que la vida es un sueño. No solo filósofos, también escritores como Calderón de la Barca, Unamuno...
-Y lo que usted ha denominado en su libro anterior “El cerebro, el teatro del mundo”.
- Vivimos en un teatro, tenemos un teatro del mundo en la cabeza. Entonces desde ese punto de vista, la inteligencia artificial puede intentar cambiarnos el mundo, pero lo que tiene que hacer es intentar cambiarnos el teatro del mundo que tenemos en la cabeza, porque esa es la realidad en la que vivimos. Esto es una idea que sorprende a mucha gente, porque siempre pensamos que vivimos en el mundo, pero en el libro este que has mencionado, que he publicado, explico cómo la naturaleza ha fabricado esta máquina de realidad virtual que es el cerebro, que es tan exacta que es prácticamente imposible que nos demos cuenta que el modelo que tenemos del mundo es distinto del mundo. Solamente ciertos científicos, ciertos psicólogos, filósofos como Kant o como Platón se dan cuenta de que hay cosas que no encajan. Es posible que lo que hay fuera no sea exactamente lo que vemos.
Yo creo que van por ahí los tiros. Desde ese punto de vista, no me preocupa que la inteligencia artificial nos manipule el modelo, nos haga vivir en una realidad distinta de la realidad, porque yo creo que ya lo hacemos (risas).
-¿Cuáles son las cinco propuestas básicas de neuroderechos y en qué instancia se encuentran actualmente en el mundo?
-Abogamos por cinco neuroderechos: la protección de la privacidad mental, para que el contenido de la mente no pueda ser descifrado sin tu consentimiento; la protección de la identidad personal, tu personalidad que no se pueda cambiar desde fuera, tu “yo” es la continuidad de tu experiencia en el mundo, es algo sagrado. El tercer neuroderecho es tu capacidad de decisión, tu libertad, tu libre albedrío, que tú puedas tomar decisiones sin interferencia desde el exterior, que tu cerebro actúe de una manera limpia, autónoma; y el cuarto es precisamente el acceso equitativo a la neuro-aumentación, a la aumentación mental, por esas razones que hemos mencionado; y el quinto es la protección en contra de los sesgos y discriminaciones de la información que la neurotecnología puede introducir en tu cerebro. En los ratones nosotros nos dimos cuenta que las imágenes que metíamos en el cerebro del ratón, el ratón las interpretaba como si se las estuviera viendo él mismo, no puede diferenciar entre lo que sale de su cerebro de lo que metes tú. Esto significa que los problemas con información sesgada y discriminación son muchísimo más importantes con neurotecnología porque retocas la esencia de lo que piensa la persona, no lo que ve desde fuera, porque siempre que tenemos información sesgada en redes sociales, en un periódico, en la radio, en la televisión, sabes que viene de fuera, pero aquí no lo sabes, aquí piensas que es así.
Estamos en una cruzada por estos neuroderechos en distintos países del mundo, incluida la Argentina, donde ya he estado un par de veces, primero invitado por el gobierno de Macri y por el Senado de la República, donde estuvimos hablando con senadores de varios partidos políticos con un gran consenso, la posibilidad de apoyar una ley, una enmienda constitucional parecida a la chilena, y recientemente he estado también en comunicación con el senador Doñate de Río Negro, que introdujo un anteproyecto de ley de neuroderechos en la Argentina. Y ahora estoy planeando mi siguiente vuelta a Argentina en diciembre próximo, como coorganizador de un curso de verano sobre neurociencia que tendrá lugar en Bariloche, donde vamos a hablar de neuroderechos. Se trata de un curso de dos semanas, al que hemos llamado la “Escuela de Ciencia de la Patagonia”, que realizaremos todos los veranos con el objetivo de enseñar a las nuevas generaciones y ponerlas al día de todo lo que está ocurriendo, también desde el punto de vista de preocupaciones éticas y sociales. Estamos buscando financiación para el curso, queremos que sea abierto a estudiantes de Argentina y de Latinoamérica y, si obtenemos financiación, podremos hacer que no tenga un costo económico. (Los interesados en brindar su apoyo a esta iniciativa, pueden hacerlo poniéndose en contacto con el investigador).