`Argentinazo: ¡Las Malvinas recuperadas!' leían atónitos en uno de los periódicos más importantes de la época los integrantes del Grupo de Artillería Aerotransportado 4. Es difícil imaginar qué pensaron esos oficiales, suboficiales y soldados al enterarse de tan trascendental hecho. Seguramente sintieron euforia, orgullo, alegría y, quizá, incertidumbre. ¿Qué destino le tenía preparado Dios a cada uno de esos hombres? Esa era la pregunta que se hacían los miembros de aquella unidad, ubicada en cercanías de La Calera, provincia de Córdoba.
El 28 de abril de 1982, aquel eufórico recuerdo había quedado atrás. Los intensos y rápidos preparativos habían tenido lugar luego de que, el 22 de abril, el jefe del Grupo de Artillería Aerotransportado 4, el entonces teniente coronel Carlos Alberto Quevedo, recibiera la orden de trasladar inmediatamente la unidad hacia las islas Malvinas. Ya se encontraban en la pista del aeropuerto de Puerto Argentino, sintiendo el rigor del clima y ese particular olor al combustible de C-130. Los 22 oficiales, 65 suboficiales y 273 soldados de aquel grupo de artillería no estaban solos: los acompañaban 17 obuses Oto Melara 105 mm que escupirían fuego y acero hasta la última de las municiones.
Ahora, estaban rodeados por la inmensidad de aquel territorio frío, hostil y desconocido. Varios días pasarían hasta que, por fin, el personal del grupo se encontrara en las posiciones finales, en cercanías del arroyo Moody Brook, y a varios kilómetros de las primeras casas de los suburbios de Puerto Argentino. Desde ese lugar, se podían divisar varias alturas, como los montes Longdon, Dos Hermanas y Tumbledown. Nadie sabía que, días más tarde, dichas elevaciones serían las protagonistas de los combates más encarnizados de la guerra.
DOSIS EXTRA DE VALENTIA
Los días fueron pasando. Las horas se hacían cada vez más largas, producto de las bajas temperaturas que rondaban entre los -15º C y los 5º C. El viento golpeaba, con una fuerza de alrededor de 50 km/h, los rostros de los soldados. A pesar de esto, ellos compartían alegres las comidas que generalmente se hacían a las 15 de cada día para evitar los movimientos nocturnos. El suelo también representaba un obstáculo: era una turba esponjosa, cuya capacidad de retención de agua dificultaba cualquier intento de excavación.
A pesar de lo hostil del clima y la topografía, los soldados artilleros contaban con una gran ventaja: un espíritu de cuerpo inquebrantable. `¡Paracaidistas, siempre!' es el lema que los identificaba. ¿A qué situación no le pondría el pecho un soldado paracaidista, acostumbrado a la sensación de riesgo y coraje que supone el saltar de una aeronave en vuelo, a una altura de 500 metros, y en cualquier tipo de terreno? Eso les daba una dosis extra de valentía ante las adversidades a los integrantes de esa unidad.
El combate se hizo esperar. Un mes después de la llegada a las Islas, parte de la Batería de Tiro A se encontraba abriendo fuego en el combate de Pradera del Ganso. El enfrentamiento fue largo: 33 horas de continuos estruendos y gritos en que las piezas de artillería de 105 mm se hicieron sentir entre los regimientos ingleses que, a pesar de sufrir cuantiosas bajas, lograron apoderarse del aeródromo. Pese a esta derrota, la moral de los hombres que integraban la unidad se encontraba en alto. Continuamente, preparaban sus posiciones para detener el avance británico. Todos tenían una profunda fe: el apoyo de fuego sería brindado y así la misión sería cumplida.
El intento de avance británico sobre la capital era inminente, y los soldados paracaidistas lo sabían.
Los días pasaban, y los bombardeos nocturnos eran algo sumamente común: a veces caían lejos de las posiciones del grupo y, otras, un tanto más cerca. Pero esto no modificaba en absoluto la sensación de tensión y rigidez de los soldados cuando, pasadas las 17, oscurecía por aquellas latitudes. Los bombardeos eran producidos, principalmente, por las fragatas británicas que rodeaban las Islas. Su fuego era de considerable precisión y afectaba el descanso del personal y, sobre todo, su moral. Pero no solo el ánimo de la tropa era blanco de los cañoneos: también lo eran los tendidos alámbricos que debían establecer las comunicaciones entre el Centro de Dirección de Tiro (CDT) y las piezas.
ONDA EXPANSIVA
El cabo primero Quinteros, jefe del Grupo Comunicaciones, tenía la misión de controlar y reparar el tendido alámbrico y demás materiales radioeléctricos para garantizar las comunicaciones entre los diferentes subsistemas. Una de sus tantas misiones consistió en trasladarse junto a otros tres soldados en dirección al monte Dos Hermanas, donde debía controlar el enlace del observador adelantado con el CDT. Debido a la llegada de la noche, acompañada de una molesta y fría llovizna, el cabo primero decidió ordenarles a los soldados que se replegasen; únicamente él se quedó en el monte y pasó la noche allí. Una cruda anécdota surgió: `Así fue que pasé la noche allá a la intemperie, bajo el bombardeo, con un soldado de otra unidad. Lo vi cuando intentó guarecerse en una roca y me fui con él. Cuando llegué, había sido alcanzado por una onda expansiva, la sangre brotaba de su boca y oídos. Era terrible'.(1)
Los cañoneos navales eran cada vez más intensos y, sobre todo, más precisos. Finalmente, la noche del 11 de junio trajo una de las noticias más duras de la guerra: el soldado Jorge Romero, de la Batería de Tiro B, y el soldado Eduardo Vallejo, de la Batería Comando y Servicios, habían perdido la vida a causa de los proyectiles ingleses. La noticia fue recibida con gran tristeza y desazón por parte de sus camaradas de armas.
`MISION DE FUEGO'
Sin saberlo, los integrantes del Grupo de Artillería Aerotransportado 4 estaban a instantes de entrar en combate. Esa misma noche fue la elegida por las tropas inglesas para aproximarse, sigilosamente, a las elevaciones controladas por los argentinos. Proyectiles de iluminación, explosiones, municiones trazantes y bengalas encendieron, de repente, el cielo malvinense. Los soldados paracaidistas se sorprendieron con este dantesco espectáculo: sabían que iban a participar en él.
`¡Misión de fuego!', el sargento Juan Carlos Mendoza, jefe de la primera pieza de la Batería de Tiro C, recibió los datos de tiro para introducir en el obús, que finalmente abriría fuego sobre las tropas enemigas. Los sirvientes de pieza trabajaban de tal forma que se asemejaban a los instrumentos musicales de una orquesta: tocaban el obús con gran ferocidad, pero armoniosamente. De esta manera, durante toda la noche, el cañoneo se sucedió sin descanso.
De pronto, y sin aviso alguno, el Grupo de Artillería Aerotransportado 4 se encontraba inmerso, con un rol protagónico, en el combate de Puerto Argentino.
Es emocionante imaginar a los sirvientes de pieza cargando y tirando permanentemente, dejando absolutamente todo de sí para ayudar a sus hermanos de armas que estaban haciéndole frente al enemigo inglés. No los conocían, no sabían sus nombres, ni tampoco los habían cruzado jamás en sus vidas; pero un lazo de patriotismo y amor los conectaba espiritualmente en esas horas de la noche.
El 12 de junio fue el día en el que la unidad vio partir a la eternidad, también producto del incesante y tedioso bombardeo naval, a su tercer héroe de guerra: el soldado Néstor Pizarro de la Batería de Tiro B.
Ese mismo día fue ocasión de múltiples misiones de fuego para batir blancos y apoyar a los elementos argentinos en el monte Tumbledown, donde el Batallón de Infantería de Marina 5 logró repeler al Batallón de Guardias Galeses, que sufrió cuantiosas bajas. Esto daba cuenta del gran compromiso artillero y de su profesionalismo para cumplir la misión. También, el Regimiento de Infantería 7 recibió el apoyo de los 105 mm paracaidistas, que llegaron a escupir 15 ráfagas en una sola misión de fuego sobre monte Longdon.
RIGOR DEL COMBATE
Los cuerpos de los artilleros comenzaban a sentir el rigor del combate, que se acentuaba con el desgaste que provenía de días de intensa exposición a las difíciles condiciones climáticas y al incesante fuego enemigo. Los rostros empezaban a teñirse de pólvora, algunos oídos ya sangraban y las manos eran curtidas permanentemente por el congelado acero argentino. A pesar de esto, el artillero con alas paracaidistas en su pecho podía hacerle frente a todo. Durante la carga de los proyectiles y su posterior disparo, el dolor desaparecía, el cansancio se transformaba en coraje, y el miedo se licuaba entre el amor por el camarada y la fe en la causa por la cual habían dejado sus cálidos hogares.
El ocaso se encontraba cerca. Las posiciones argentinas, en la cima de los montes que circundaban la capital, iban cayendo una a una. A su vez, los puestos de socorro se llenaban de heridos y el cielo, de héroes.
Pero los artilleros paracaidistas no tenían planeado rendirse. El soldado clase 63 Armando Maidana cuenta: `Los gritos se entremezclaban con el llanto dolorido de los heridos. El olor a sangre, pólvora y todas las miserias que esos días habían acumulado en ese campo sabía a infierno. Bailaba el diablo enfurecido su danza de terror y odio. Ni él mismo podía doblegarlos, eran inmunes, querían morir o vencer. Nunca retroceder. El soldado clase 62 Walter Moyano se decía a sí mismo, mientras servía la pieza de artillería: Mamá, perdóname, porque pudiendo volver, prefiero quedarme'(2).
Aquel soldado integraba la última pieza, el último de los obuses en pie perteneciente a la Batería de Tiro C. No estaba solo: el subteniente Gavino Suárez, el sargento Mendoza y los soldados Ortiz, Ponce, Laurenti, Maidana y Malamfant abastecían continuamente la pieza de artillería entre gritos de `¡más municiones, más municiones!'. Aquellos sajones, que hasta el momento habían sido nombrados, pero nunca vistos, ahora se podían divisar como pequeños bultos verdes bajando por los cerros.
Estaban cerca, a distancia de las armas automáticas y, por supuesto, de la puntería directa del ultimo obús paracaidista que quedaba en pie, puesto que los demás habían tirado proyectiles hasta quedar inutilizados. El sargento Mendoza relata: `Veíamos caer el proyectil y ellos volaban. Sé que los ingleses no quisieron decir nunca exactamente su cantidad de bajas; pero nosotros los vimos. Les tirábamos a 1000, 2000 metros suyos, con todo, trazante, a tiempo, lo que venía. Eso sí, los soldados en ningún momento dijeron basta' (3).
EL FINAL
La tercera pieza de la Batería de Tiro C disparó hasta que finalmente se trabó. Fue en ese momento que los artilleros del 4 supieron que todo había terminado y la misión había sido cumplida. Esos últimos instantes, llenos de coraje, en los que no se replegaron, permitieron a las tropas argentinas poder retirarse con éxito para encontrar resguardo.
Estas duras imágenes quedarán en la retina de todos los veteranos del Grupo de Artillería Aerotransportado 4 hasta el último de sus días. Las historias narradas por ellos a las nuevas generaciones de soldados servirán como recordatorio permanente de que, en las frías latitudes del Atlántico Sur, y muy cerca de las costas argentinas, existen unas islas que, en 1982, supieron reencontrarse con el calor del sentimiento patriótico argentino.
Hoy, 649 héroes cumplen una guardia eterna esperando que volvamos, y así será.
(Notas: 1, 2 y 3: `Dioses del Trueno. Grupo Aerotransportado 4 en Malvinas' de Sandra Moyano y Ramón Robles. 2015. Pirca Ediciones)