Ana, la fundadora
Por Mercedes Giuffré
Edhasa. 268 páginas
En Ana, la fundadora, Mercedes Giuffré ensayó una agradable novela histórica que gira en torno a una mujer que existió en la vida real, Ana Díaz, de quien poco se sabe salvo que, como señala la autora en una “Nota final”, “formó parte del contingente que acompañó a Juan de Garay durante la segunda fundación de Buenos Aires, en 1580”.
Viuda y mayor de edad, ella fue la única mujer presente en la ceremonia de fundación y, por ese motivo, pasó a ser dueña de ganado y de tierras en la nueva ciudad. Había nacido en Asunción, hija de un español y de una india payaguá. Se casó muy joven con un militar español, con el que tal vez habría tenido una hija.
Con esos datos verificados o probables, Giuffré levantó su construcción novelesca. La Ana ficcional es, en efecto, viuda y una orgullosa “hija de la tierra” que ejerce poderes sanadores aprendidos de su nodriza indígena, de quien cada tanto recibe mensajes en sueños.
Tiene una hija, Teresa, a punto de contraer matrimonio. Esta muchacha desempeña un papel decisivo en la trama porque es ella la que pretende lanzarse a la incierta aventura de la fundación encabezada por Garay. El instinto de protección materno empujará entonces a Ana a sumarse a una travesía que se presenta cargada de peligros y temores, en especial para una mujer sola.

La novela es, en gran medida, el relato en primera persona y tiempo presente que la propia Ana va haciendo de su experiencia, primero del arduo viaje en carabela por el río y luego del asentamiento en la incipiente ciudad de “La Trinidad y puerto de los Buenos Ayres”. Presentado como un diario o bitácora a lo largo de dos partes y veinte capítulos, ese modo narrativo invita a la cercanía y estimula la intriga.
En contraste, arribados al capítulo 4 y de allí en adelante, otro relato irá evocando, en cursiva y tercera persona omnisciente, una historia previa, la del amor de una Ana adolescente con el soldado Fernando Forel, el padre de Teresa. Este recurso, que interrumpe la narración principal, parece molesto al principio, aunque es cierto que ayuda a acumular suspenso y aclarar enigmas hacia el final de una obra que, aparte de las aventuras y la veta romántica, también explora elementos del policial.
El gran mérito del libro está en la recreación, gracias a un cuidadoso empleo del lenguaje, de la vida, las costumbres y la mentalidad en la América española de finales del siglo XVI. Hay una buscada consonancia entre las acciones, los diálogos en respetuosa segunda persona del plural y las percepciones que escenifican los personajes y la época que les tocó vivir. Si para la autora esa tarea fue “un gran desafío”, puede decirse que lo superó con creces, más allá del uso de ciertos vocablos anacrónicos, como “privacidad”, “solidaridad” o, el menos justificable de todos, “género”, para referirse a lo que siempre se llamó “sexo”.
Son deslices menores, aunque conscientes, en una obra seria y coherente con lo que pretende contar, y que además elude caer en los desbordes más groseros de la “corrección política” aplicada al tiempo pasado.