Cultor exitoso de ese género híbrido que no es literatura pero tampoco crónica, el francés Emmanuel Carrère dedicó su libro más reciente a contar la historia de su familia a partir de la relación con su madre, la distinguida historiadora Hélène Carrère d’Encausse.
Ya desde el título, Koljós (Anagrama, 437 páginas), Carrère delimita las coordenadas por las que transitará la obra: el vocablo designaba a un tipo de granja colectiva en la Unión Soviética, el país del que su madre terminó siendo especialista, pero también aludía a una tierna práctica familiar que se remontaba a la infancia del autor nacido en 1957 y la de sus dos hermanas.
La puerta de entrada del libro (“Es lo que busco siempre, la puerta de entrada”, avisa el autor) es la muerte de la madre en 2023, con 94 años, a la que siguió un solemne funeral de estado encabezado por el presidente Emmanuel Macron. Era el cierre acorde con una trayectoria de siete décadas en las que Hélène había acumulado todos los honores hasta ingresar en la Academia Francesa, de la que llegó a ser, a partir de 1999, secretaria vitalicia.
Su esposo, Louis Carrère d’Encausse, un hombre mucho más discreto y modesto, la sobrevivió apenas cinco meses. Tras su partida dejó atrás un archivo genealógico cuidadosamente preservado de cartas, fotos y epígrafes informativos que, una vez descubierto y revisado por su hijo escritor, se convertiría en la base documental de Koljós.

EL ARCHIVO
Minucioso, detallista y algo esnob, el padre había sido un aficionado a la historia “vertical”, esa que se vertebra a partir de la genealogía y su rastro contenido en olvidados registros de provincia.
“A mi padre -escribe el autor- nunca le faltaron la paciencia ni el amor por el pasado, y sumergiéndome en sus papeles me doy cuenta de que, desde su pequeño rincón, hizo investigaciones parecidas a las que hacían más o menos por la misma época los historiadores de la escuela de los Anales, enamorados del catastro, de los contratos de arrendamiento y de la rotación trienal de cultivos”.
Koljós es la personal y esmerada presentación narrativa de ese archivo paterno, complementada por pesquisas adicionales y dosis variables de conjeturas, suposiciones o invenciones que rompen las fronteras de los géneros.
También al Carrère escritor le interesaba reconstruir la historia “vertical” de su familia, siguiendo el modelo de El laberinto del mundo, la trilogía autobiográfica de Marguerite Yourcenar.
De las dos ramas se concentra en la de su madre, de origen ruso y georgiano (su apellido de soltera era Zurabishvili). Exhuma sus orígenes, rastrea sus entornos cambiantes según el paso de los años, sondea sus temperamentos dominantes y trata de desentrañar las vetas de ese linaje que trascendieron las generaciones y llegaron hasta su propia familia y su propia vida.
La recreación convoca a un variopinto elenco de personajes entrañables, pintorescos, excéntricos, altruistas, heroicos o miserables, todos sujetos a las percances con que la historia del siglo XX castigaría a la vieja Europa.
REVOLUCION
Entre esos cataclismos ninguno fue más destructivo que la Revolución Rusa de 1917, el terremoto que desató la diáspora de las dos vertientes de la familia materna de Carrère, la georgiana, dueña de un innato sentido de superioridad, y la rusa, de antigua prosapia y emparentada con vástagos de familias aristocráticas alemanas.
De la unión de esas dos líneas afincadas en Francia nacería Hélène, la futura historiadora, en 1929, y siete años más tarde su único hermano, Nicolas. Pese al origen georgiano ella heredaría de su padre, Georges, la pasión por Rusia, rara en un pueblo orgulloso de su pasado de poetas y guerreros.
Koljós es, por lo tanto, una historia de familias y de heridas familiares. Una de las primeras se refiere al destino de Georges, el hombre crucial en la vida de Hélène, que en 1944, cuando ella tenía 15 años, desapareció en el sur de Francia, acaso fusilado por partisanos comunistas que lo acusaban de “colaboracionista” con la ocupación alemana.
Carrère había tratado el caso del abuelo en Una novela rusa, libro clave en su carrera que escandalizó a la madre y avinagró sus relaciones durante años. En Koljós vuelve a ese episodio traumático de la Segunda Guerra Mundial cotejando la versión de su madre con la de su tío Nicolas para determinar hasta qué punto modeló el carácter de la muchacha endurecida y estoica que más tarde haría propio el lema de Benjamin Disraeli: “Never complain, never explain” (“Nunca te quejes, nunca te expliques”).
LUCES Y SOMBRAS
Hélène es la gran protagonista del libro de su hijo, quien la retrata como la mujer excepcional que fue, con sus luces y sus puntos oscuros.
“Quise a mi madre, en la infancia, como nunca en la vida he querido ni querré a nadie -asegura Carrère-. Abracé con una candidez fervorosa, total, su versión de nuestra historia familiar y, en general, de la existencia. Pero en la adolescencia fue Nicolas quien se convirtió en mi modelo, en mi hermano mayor, quizá en mi amigo más querido al mismo tiempo que mi tío, y me transmitió su obsesión por la verdad, una obsesión que, al convertirme en escritor, no he dejado de reivindicar con una insistencia que puede resultar sospechosa”.
La pintura no es cruel ni quiere ser un ajuste de cuentas; hasta podría decirse que se esfuerza por ser cariñosamente ecuánime, sin prescindir de señalar el papel relegado y melancólico que le tocaría representar al otro personaje importante, Louis, el esposo que la adoró hasta el último día.
Se casaron en 1952 y salvo un inicio de común apasionamiento, conformaron una de esas uniones de las que se dice que una parte ama y la otra se deja amar. En este caso el amante fue él, y ella la que se dejó amar, y eso sólo hasta cierto punto.
A comienzos de los años ‘60 del siglo pasado Hélène vio despegar su carrera académica como especialista en Asia central y en la relación entre el islam y el comunismo soviético. Ese comienzo fue el puente perfecto para convertirse en una de las grandes expertas francesas en la Unión Soviética, y en la autora de una serie de libros (el más importante fue El imperio en pedazos, de 1978) que asentaron una reputación bendecida por los lectores y la gloria institucional.
Su esposo, en cambio, hizo una módica carrera dentro de una compañía de seguros que cada tanto lo enviaba de viaje a ciudades de provincia para formar empleados o abrir nuevas sucursales. El contraste con la luminaria literaria que era su mujer no podía ser mayor.
Carrère observa que a su madre la fascinaban las ideologías más que el mundo sensorial. Por eso en algún pasaje de su vida académica, y por influencia de un mentor muy querido, Maxime Rodinson, llegó a hacerse marxista sin dejar de ser una intelectual de derecha formada en los círculos anticomunistas de los emigrados rusos en París, ni repudiar su fascinación por los libros de Robert Brasillach, fusilado en 1945 por colaboracionista, ni la amistad que la unió con Maurice Bardèche, cuñado de Brasillach y acusado de fascista y “negacionista”.
INCORRECTA
Hasta el fin de sus días Hélène Carrère d’Encausse cultivó una incorrección política que al hijo parece incomodarle pero que un lector desconfiado del siglo XXI puede saludar con entusiasmo.
Valoró más la Primavera de Praga que el publicitado Mayo francés; objetó la unánime glorificación occidental de Gorbachov (“Gorbachov era un producto de exportación. El verdadero ruso, el hombre al que querían los rusos, era Yeltsin, y también a mi madre le gustó desde el principio”); creía que el “wokismo” era más grave que el “calentamiento global”; entendía que el delirio pandémico de 2020 fue una “exageración grotesca”, y nunca abandonó su identificación con la Rusia eslavófila y mítica, la de las novelas de Dostoievski más que las de Tolstoi, ni siquiera en medio de la invasión de Ucrania, una crisis que trató de entender y explicar pese a que eso la pusiera del lado de Putin, a quien admirada, y que en los últimos capítulos termina convertido en el gran villano del libro.
Koljósno es una obra de ideas. Ni siquiera de política, aunque haya bastante de eso. Su gran mérito está en la prosa envolvente y precisa de Carrère, en sus rodeos y digresiones y en la manera en que aborda, anticipándolos y volviendo luego a ellos, los episodios felices, dolorosos o dramáticos de la vida de su familia.
Fiel a su estilo, no se priva de ventilar intimidades, como la traumática separación de hecho de sus padres después de un intenso amorío de Hélène con un diplomático que empujó a su esposo, un hombre correctísimo, al borde del suicidio. Pero lo hace con mesura, con dosis bienvenidas de humor y con una mirada que no renuncia al amor filial pese a relatar comportamientos muchas veces ingratos, difíciles de explicar en otro contexto.