En el marco del Día Mundial del Emprendimiento, que se conmemoró el 16 de abril último, muchos productores, comerciantes y profesionales independientes debatieron sobre la necesidad de encontrar soluciones para que un proyecto se sostenga en el tiempo.
Al respecto, el master coach y presidente de la Asociación Argentina de Coaching Ontológico Profesional (AACOP), Juan Andrés Campomar, recomienda tener en cuenta los contextos coyunturales como primera medida.
Si bien los emprendimientos y las pymes no son exactamente lo mismo, sí forman parte de un mismo entramado productivo: las pymes representan el 99% del tejido empresarial y generan más del 60% del empleo en el país, según el Ministerio de Producción. Sin embargo, ese peso estructural convive con una alta fragilidad. El informe del Global Entrepreneurship Monitor (GEM) advierte que en Argentina gran parte de los emprendimientos nacen por necesidad y no por oportunidad, una condición que eleva el riesgo de discontinuidad.
A esto se suma otro dato clave: el problema no suele estar en la idea. Desde la Asociación de Emprendedores de Argentina (ASEA) señalan que las principales dificultades aparecen en la gestión, la planificación y la toma de decisiones
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Juan Andrés Campomar, presidente de presidente de la Asociación Argentina de Coaching Ontológico Profesional.
Para Campomar, lo que marca la diferencia no es el capital inicial ni la suerte. Es algo menos visible, pero más determinante: cómo piensa, decide y se posiciona quien emprende. Algunas de las habilidades que facilitan el desarrollo y despegue de un emprendimiento son:
1. Decidir en la incertidumbre (aunque incomode).
No hay escenario estable. Cambian los costos, las reglas, el consumo. Emprender implica tomar decisiones sin garantías y con información incompleta. Esperar certeza provenga de algo o alguien externo, suele ser una forma encubierta de no avanzar. Los proyectos que sobreviven no son los que evitan la incertidumbre, sino los que tienen claridad de propósito como un faro y aprenden a navegar en ella.
2. Vender: una conversación, no una imposición.
Muchos emprendimientos se frenan en este punto. No por falta de producto, sino por dificultad para comunicar valor. Vender no es solo ofrecer: es escuchar más allá de las palabras, interpretar necesidades y sostener conversaciones que influyan en la construcción y sostenimiento de la confianza. Sin ese puente, no hay transferencia de valor posible.
3. Poner precio sin culpa (y sin pedir permiso).
El temor a “ser caro”, a perder clientes o a incomodar termina erosionando la rentabilidad. El precio no es solo un número sino una declaración de valor, lo que requiere achicar la brecha entre la propuesta y la percepción de valor. Así, cuando el foco está en el beneficio percibido, el precio pasa a ser secundario.
4. Frustrarse… pero seguir igual.
Errores, demoras, ventas que no llegan, estrategias que no funcionan. Emprender implica, inevitablemente, frustrarse. La diferencia no está en evitarlo, sino en la capacidad de no quedar definido por ese resultado. Comprender que los errores y dificultades son parte del camino, permite aceptarlos y convertir la experiencia en aprendizaje para potenciar tu proyecto. Por eso, desarrollar un vínculo productivo con nuestras emociones, es una competencia clave.
5. Guardar al “llanero solitario”.
El mito del emprendedor autosuficiente persiste, pero la evidencia muestra lo contrario. Redes, alianzas, coaches, mentores, comunidades: los proyectos que crecen se apoyan en otros. En ese sentido, liderar no necesariamente implica caminar en soledad, sino desarrollar habilidades de escucha, empatía y gestión para crear y promover contextos de conversaciones responsables, con un genuino objetivo de construir con otros. No es pensar igual, o evitar las resistencias, sino elaborar un compromiso común que se expanda con la pluralidad de miradas para ampliar posibilidades y mejorar la calidad de las decisiones.
Lo que no se ve (pero define todo)
Hay una dimensión menos visible del emprender que rara vez entra en las planillas de Excel: la forma en que cada persona vive lo que le pasa. Es decir, la incertidumbre puede vivirse como amenaza o como campo de acción. El modelo de la culpa solo admite un culpable o un inocente, y ambos ponen el foco en el afuera. En cambio, el modelo de la responsabilidad nos invita a revisar qué está en nuestras manos hacer, lo que nos permite impulsarnos y reposicionarnos. La frustración puede leerse como fracaso o como parte del proceso.
En ese plano —más ligado a cómo se construyen las decisiones que a las decisiones en sí— se juega buena parte de la sostenibilidad de un proyecto. En ocasiones, no nos cuesta tomar decisiones, sino construir el sustento de las mismas. Así resulta importante poder determinar si esas decisiones te acercan o alejan del propósito por el cual estás emprendiendo.
De este modo, emprender en Argentina requiere desarrollar flexibilidad y adaptabilidad, para sostenerse en movimiento, en contextos cambiantes y muchas veces adversos. En ese camino, distintos profesionales, como los coaches ontológicos, pueden acompañar ese proceso de aprendizaje para que aún sin todas las garantías, se pueda poner valor sin culpa y a construir con otros. Porque, al final, los emprendimientos no crecen por lo que venden: crecen por la capacidad de quienes los lideran, al desarrollar la habilidad de habitar en una visión compartida y sostenerla hasta que sea lo suficientemente atractiva para que otros elijan ser parte de ella.