Opinión
Claves de la literatura
Chesterton nos invita a ser dickensianos
Por Fernando Adrián Bermúdez *
Si hay un escritor representativo de la literatura inglesa después de William Shakespeare es, sin lugar a dudas, Charles Dickens, cuyas novelas quedarán en la memoria colectiva por siempre, como tributo de humildad, sencillez y esperanza; en definitiva, de humanidad. ¿Quién no tiene presente, en vísperas de Navidad, por ejemplo, su querido y significativo cuento ‘Canción de Navidad’? Uno de los cinco que le dedicó a la época navideña y que la tradición literaria tendrá entre los más representativos del género. Cuentan que la gente se acoplaba en los puertos a la espera del periódico que contenía el capítulo de su obra que permitía seguir la historia y sus posibles desenlaces.
Una de las mejores biografías escritas sobre el escritor inglés la realizó Gilbert K. Chesterton, otro gran victoriano y un auténtico dickensiano, como a él le gustaba decir en muchas oportunidades. En su estudio, se puede ver y observar la influencia que tuvo en su vida y pensamiento, reconociéndole muchísimos méritos, entre otros, el haber derrocado el materialismo y utilitarismo inhumano de la revolución industrial, así como el haber puesto en valor las cosas más importantes del hombre común: su sencillez y alegría.
En su primera gran novela, “Los papeles póstumos del Club Pickwick”, se refleja claramente esta mirada: “…los momentos más felices de mi vida han pasado junto a este viejo fuego; y me siento tan ligado a él, que todas las tardes atiza aquí una hoguera llameante, hasta que se pone demasiado caliente para aguantarlo”.
CHESTERTON, EL DICKENSIANO
En un ensayo titulado “El Dickensiano” que encontramos en su libro “Enormes minucias”, Chesterton relata el encuentro con un hombre apacible que estaba contemplando con un interés melancólico un pequeño barco que se deslizaba por el puerto de Yarmouth. Empiezan a dialogar sobre la belleza del mascarón de proa tallado en forma de mujer, lamentando aquel hombre que se había dejado de ponerlas en las embarcaciones modernas, siendo tan bellos, saludables y poéticos.
Describiendo la situación, se dice: “En estos lugares, el hombre aquel y yo anduvimos arriba y abajo hablando sobre Dickens, o más bien haciendo lo que todos los verdaderos dickensianos hacen: recitándonos el uno al otro, largos pasajes que ambos conocíamos ya perfectamente”. En esos lugares, entre puertos, pulperías y pescadores, estaban experimentando esa atmósfera de la vieja Inglaterra y podían haber sido ellos mismos los personajes de Dickens.
La presente nota es una reflexión sobre Charles Dickens, el gran escritor de la época victoriana, al que tanto le debe nuestra humanidad, a través de la pluma de Gilbert Chesterton, un auténtico dickensiano, que nos incentiva a seguirlo y tratar de ser, como él, unos auténticos dickensianos. Hablando del autor de Oliver Twist, dice: “Señor mío, hay ciertos escritores a quienes debe mucho la humanidad y cuyo talento es, no obstante, tan tímido y delicado o retrospectivo, que hacemos bien en ligarlo con ciertos lugares raros… Pero no profesemos de anticuarios a propósito de Dickens, porque Dickens no es una antigüedad”.
En esta última frase, se puede observar uno de los aportes de Dickens según Chesterton, que justamente no es un escritor que solo mira al pasado, sino hacia adelante, al punto tal que le encantaría poder observar nuestras actuales sociedades y le gustaría mirarlas y nos pediría hacer lo mismo. En este sentido, afirma: “No debemos encuadrar todos sus libros con el título de ‘La tienda de antigüedades’. Más bien podríamos encuadernarlos con el título de ‘grandes esperanzas’. Donde quiera que esté la humanidad, él nos haría enfrentarnos con ella y haría de ella algo…”.
LOS DICKENSIANOS
Chesterton nos invita a ser dickensianos porque pudo ver la grandeza de Dickens en hacernos enfrentar con la humanidad, como se ha visto, y en algo que estamos perdiendo cada vez más: la alegría de vivir. La mayor herejía es el pesimista que solo ve lo malo de la existencia y ha perdido el sentido poético de las cosas y de las personas.
Por esto, vuelve a Dickens como un canto de esperanza y de vida, a través de la alegría. En otro ensayo, afirma: “La alegría es la pasión dominante en toda su obra y el toque final de la exageración es de absoluta necesidad en la gran literatura alegre”.
Por eso, observa que la literatura no es un refugio para los débiles de temperamento, sino que es capaz de reflejar todas las maneras de la existencia, con sus sombras, claros y claroscuros, pero que también devuelve aquella instancia existencial que permite vivir la alegría y la esperanza. De esta manera, la gran literatura es también como la vida, no porque lleve a cabo una descripción detallada de las cosas, sino porque nos permite ver esa vitalidad que da el sentido de la esperanza, la memoria y la alegría.
Ahora bien, la mayor evidencia de todo esto se ve para Chesterton en que Dickens: “…nunca se sintió más halagado por el éxito que cuando se dedicaba a pintar ese tipo de hombre cuya existencia en este mundo no se ve ligada a ninguna consideración de dinero o de honores, que parece depender exclusivamente de su ánimo esforzado y de su capacidad para darse cuenta de la magnificencia sin igual del instante pasajero”. Es decir, estos personajes poseen algo que no pertenece al dinero, sino al espíritu: el poder de la alegría y su esperanza.
En definitiva, el gran mérito de Dickens fue exagerar la vida, en el sentido de la vida misma. En un párrafo, Chesterton sintetiza todo lo que viene pregonando: “El espíritu que, en el fondo, se celebra en su obra, es el de dos amigos que se reúnen para beber vino y charlar a lo largo de la noche. Pero, para él, son dos amigos inmortales, que hablan y hablan a lo largo de una noche sin fin, y la botella de que se sirven es una botella inacabable”. Por eso, el hombre y la mujer que no comprendan esto nunca entenderán la importancia de Dickens y su obra, su elogio del hombre común, su alegría y su esperanza.
EL GENERO HUMANO COMO TAREA
En este sentido, fueron tan populares sus obras, no porque construyera un mundo irreal, sino porque apeló a la realidad misma, a un mundo de hombres, mujeres, niños y ancianos de carne y hueso que vivían realmente con sus pesares, dolores, angustias, alegrías, expectativas y anhelos.
Cada lector se siente representado en muchos de sus personajes cuya empatía interpela en cada lectura. Nickleby, la pequeña Nell, Rodge, Scrooge, Tapley, David Copperfield, Thomas Gradgring, todos personajes de un universo literario tan próximo a nosotros, cuya lectura nos permite habitar con ellos en una taberna eterna, sin tiempo y con compañías permanentes.
Por eso debemos ser dickensianos, para no perder de vista que lo más importante es, en definitiva, la amistad que nos permite hacernos cargo de la humanidad y sobrellevar las dificultades con la alegría mancomunada de los otros en sociedad.
Terminamos con las palabras que le dice Jacob Marley en “Canción de Navidad”, a Scrooge cuando lo visita después de su muerte para que recapacitara sobre su vida dedicada solamente a los negocios y no al prójimo: “¡Negocios! El género humano era mi negocio. El bien común era mi negocio. La caridad, la misericordia, la paciencia y la benevolencia; todo eso era mi negocio. ¡Los tratos comerciales no eran más que una gota de agua en el inmenso océano de mis obligaciones!”.
* Docente Universitario UM – UNCuyo.