Opinión
EL RINCON DEL HISTORIADOR

Casi colgaron a un actor por parecerse a Urquiza y una carroza para Manuelita

El 15 de julio de 1851, el Teatro Argentino, desde la víspera, tenía decorado su frente “con vistosas banderas federales, y con iluminaciones extraordinarias; como un obsequio especial a la plausible circunstancia de exhibirse esa noche una composición patriótica producida por un ingenio de la ciudad”. En realidad, no se trataba de un autor local sino del español Juan de la Rosa González, cuya obra se había dado a conocer en Madrid en 1849.

Probablemente la confusión se debía a que en esa función se representó una alegoría dramática titulada Virtud y valor premiados, de Miguel García Fernández.

Se reponía la obra Juan sin pena, subtitulada “El fin de todo traidor”. Innecesario es aclarar que Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos, se había pronunciado contra Rosas el 1° de mayo. Por ese motivo el teatro se convirtió en uno de los escenarios (nunca más apropiado el término) para proseguir las contiendas políticas o cívicas, y las funciones se volvieron casi mítines que asumieron formas combativas pocas veces igualadas.

La obra ya se había representado por segunda vez el 5 de junio, y según anunciaba un diario: “Esta pieza, notable por la coincidencia de su asunto con la loca y negra traición del pérfido Urquiza. Después del efecto que hizo sobre el mismo público su primera representación y de las alusiones que nos servimos en nuestro análisis, en que hallamos un símil perfecto entre el héroe miserable de aquella pieza y el traidor de Entre Ríos, hemos tenido muy repetidas ocasiones de notar la ansiedad y el interés con que el público espera su repetición… Esta representación importa un llamamiento a los buenos federales, a presenciar el simulacro de la traición de Urquiza y el castigo infalible que la Providencia fulmina sobre la cabeza del criminal”.

Adolfo Saldías recuerda que en la tercera representación el actor Jiménez, “un criollo mestizo, desempeñaba el protagonista que debía ser ahorcado. Fuese casual, o lo que es más posible intencional, Jiménez tenía esa noche grande semejanza con el general Urquiza. El público notó el parecido y preparado ya por canciones, himnos, y proclamas guerreras, prorrumpió en exclamaciones: ‘¡Que lo ahorquen al loco! ¡Que lo ahorquen!’. Algunos jóvenes elegantes de los que después han figurado en la política argentina, treparon al proscenio. La soga tentadora estaba ahí; y entonces parecía que ya no quedaba más que verificar en la inofensiva persona del artista un realismo contra el cual éste protestaba, gritándoles con ademanes descompuestos que él era Jiménez y ni por pienso quería ser Urquiza”.

TODO EL MUNDO

Según la crónica, a las 8 de la noche la sala del Argentino estaba “llena de una concurrencia brillante; sus palcos contenían cuanto encuadra nuestra sociedad de más bello y más elegante… la cazuela, la platea, los patios, los corredores no han sustentado jamás una afluencia más numerosa de gente y en ese concurso popular” donde se hallaban representadas todas las condiciones sociales: desde enviados por las provincias hasta destacados funcionarios y prósperos comerciantes, empleados estatales y “multitud de pueblo mezclados en un mismo sentimiento de patriotismo”.

Cuando Manuelita Rosas llegó a su palco entre aclamaciones de la concurrencia, “una lluvia de flores delicadas cayó como rocío del cielo que regaba ese tallo de virtud y de patriotismo”.

Al abrirse el telón, un coro de jóvenes aficionados cantó himnos patrióticos en “loor del Grande Americano, del General Rosas”, y uno de ellos recitó “con animación y entusiasmo, una oda elocuente a las glorias de Mayo”.

El final apenas se pudo escuchar en medio de los gritos en la sala, con vivas a “la Independencia Americana”, a la “Confederación Argentina”, al “general Rosas” y a “su virtuosa hija”. No faltaron los inflamables mueras al “infame gabinete del Brasil”, a “los salvajes unitarios”, al “loco traidor Urquiza” y otros más.

EXCITACIÓN GENERAL

La representación de Juan sin pena fue un éxito por ser tan popular, y la composición de Miguel García Fernández produjo una “excitación general que llevó todavía a un punto más violento”.

En la función no faltaron los insultos hacia Brasil (parece que las malas formas del presente vienen de lejos), presentado como símbolo animado de las virtudes de Rosas. Se hizo un simulacro de las luchas en que nuestra bandera siempre salió victoriosa y del templo de la inmortalidad, donde don Juan Manuel estaba alumbrado por el sol y rodeado, como en el Olimpo, por los símbolos de la Virtud, la Fama, la Gloria, Marte, el Eco y la Patria.

El autor subió al escenario acompañado de don Pedro Ximeno, el capitán del puerto, y también saltó allí el diputado Lorenzo Torres para acompañar con sus palabras, en las que no faltaron loas ni expresiones insultantes hacia todos los adversarios y hacia la misma prensa opositora montevideana (nada nuevo bajo el sol).

La función finalizó después de la medianoche, y era tal el gentío que aguardaba en la puerta del teatro y en las calles adyacentes, incluido el vecino atrio de la iglesia de la Merced, que ya constituía otro espectáculo.

Al frente formaron las bandas de los Batallones 4° de Patricios y del Cuerpo de Serenos, que ejecutaban himnos federales y trozos de música seleccionados, a la espera de la salida de la hija del gobernador, quien por el inmenso gentío del local y de la gente que se acercaba a presentarle sus respetos apenas podía avanzar.

Al llegar a la puerta se encontró con “una carroza adornada con guirnaldas y banderas federales, y en ella un retrato de S.E. el General Rosas, para conducirlo en triunfo”. Invitaron a la niña a ascender al vehículo en medio de una ovación: así como lo acompañaba en la vida cotidiana, “querían -dice el cronista- que acompañase también a su retrato”.

Ese pedido “fue seguido por el grito informe que se levantó para que ella aceptara aquella demostración”. Se negó reiteradamente, agradeciendo de corazón la distinción que los ciudadanos le acordaban; con modestia no la admitía a pesar de la insistencia, a tal extremo que consintió en seguir el carruaje “a pie acompañada de sus queridos compatriotas”.

En ese momento, un conspicuo federal, cuyo nombre no se registró, manifestó “que habían obtenido el permiso del Excmo. Sr. Gobernador para practicar aquella demostración”. Instada de este modo, sin razones que invocar para eximirse de subir, e “impresionada por la seguridad que acababa de ofrecérsele sobre el consentimiento de su padre, no pudo resistirse y subió a la carroza”.

Y el pueblo, tomando los cordones, llevó entre la música festiva de las bandas a Manuelita hasta la residencia de la calle Moreno y Bolívar. Apenas llegaron, los salones, galerías y patios se llenaron de gente, y hasta las dos de la mañana estuvieron celebrando el buen momento, llevándose los concurrentes dulces y otros recuerdos.

El cronista agregó finalmente: “Sabemos que S.E. no había dado el consentimiento para que su digna hija subiera a la carroza… pero considerando el noble objeto con que algunos concurrentes presentaron a la Señorita Da. Manuelita esa seguridad a fin de decidirla a aceptar aquella demostración”, no veía otra cosa que el “ardoroso entusiasmo” por su padre.

Una de esas historias perdidas de Buenos Aires. Mientras tanto, un grupo de personas estaba pensando en hacerle, poco después, otra demostración para obsequiarle el retrato que le habían encargado a Prilidiano Pueyrredón, que ilustra esta nota; pero ése es el tema de una futura entrega.