Señor Diretor:
Ante los hechos públicos del pasado 18 de abril en Plaza de Mayo con motivo del aniversario del fallecimiento del Papa Francisco, por cuya alma oramos, hemos decidido expresarnos en esta carta con toda sinceridad (CIC 212 § 2 y 3). Como jóvenes católicos, nos dirigimos a usted a los efectos de manifestar nuestro rechazo a un espectáculo tan deshonroso como el acaecido, pues nos ha dejado gravemente escandalizados. Como si ello no fuera suficiente, que nuestro obispo juzgue este vergonzoso acto como “espectáculo serio” para “llegar a la juventud” nos deja dolorosamente perplejos. Lamentamos profundamente que se subestime de esta manera a la juventud, que se crea que lo que nos “llega” son las fiestas rave con música y un ambiente que propicia el desenfreno, el consumo de sustancias y el descuido por los lugares públicos. Tampoco nos atraen los sacerdotes que buscan adaptarse a los criterios del mundo, ni la banalización de nuestra fe por la que tantos hombres derramaron y siguen derramando su sangre. Buscando velar por el honor de la dignidad episcopal, por el honor de la fe y por el bien de las almas, ante este grave escándalo y grandísima confusión, queremos aprovechar la ocasión para expresar aquello que sí nos “llega” y que pedimos públicamente a nuestros pastores: 1) Que nos transmitan íntegramente la doctrina de la Iglesia, pues es un derecho de los fieles recibirla sin recortes (CIC 747-755). Estamos hartos de que nos digan que “el Infierno no existe o está vacío”, que “Dios acepta a cada uno como es”, que “eso lo decía la Iglesia antes”. 2) Que abandonen los criterios políticamente correctos. Queremos que nos prediquen con claridad la necesidad de vivir la pureza. ¿Cómo es posible que no se diga fuerte y claro que las relaciones sexuales prematrimoniales son pecado y, en cambio, hasta se las justifique bajo un falso “amor”? ¿Cómo es posible que se nos diga que «la masturbación no es pecado»? (sexto mandamiento de la ley de Dios, Catecismo 2352-2353). 3) Que no nos comuniquen un mensaje confuso sobre la homosexualidad. Pedimos declaraciones que no dejen lugar a dudas: “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (Catecismo 2357). ¿Cómo es posible que desde un organismo bajo la responsabilidad de Mons. Colombo, actual presidente de la CEA, se haya adherido a la marcha LGBT del 1/2/2025? ¿Cómo es posible que se omita la necesidad de conversión y hasta se justifiquen las parejas del mismo sexo? 4) Que nos enseñen explícitamente que fuera de la Iglesia Católica no hay salvación (Lumen Gentium 14). Nos llena de dolor e indignación escuchar a sacerdotes decir que todas las religiones conducen a Dios, desafiando a Cristo que enseña categóricamente lo contrario: “Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre, sino por Mí” (Jn 14,6). 5) Que pongan fin a los abusos litúrgicos. Queremos que la Santa Misa sea celebrada de manera solemne, digna y reverente, libre de aplausos, guitarras, bailes y/o canciones de los años 70. Nos horroriza la Eucaristía repartida como galleta y el maltrato a quienes desean comulgar de rodillas. La Misa no es una atracción ni puede estar sujeta a las ocurrencias del celebrante, es la renovación del sacrificio de Cristo en la cruz (CIC 846 §1, 214). 6) Que nos enseñen que para recibir a Cristo en la sagrada comunión debemos hallarnos en estado de gracia (cf. 1 Cor 11,27; CIC 915; Catecismo 1415). Es un sacrilegio que clama al Cielo que se dé la comunión a personas que viven en concubinato o que, tras divorciarse, conviven maritalmente con quienes no son su cónyuge. Asimismo, causa espanto que se admita al sacramento a personalidades públicas que abiertamente obran contra la doctrina y moral de la Iglesia. 7) Que se nos predique el peligro de los tres enemigos del alma: el demonio, el mundo y la carne. Que no nos oculten que existe un combate espiritual del cual depende nuestro destino eterno (cf. Ef 6,11-12; 1 Pe 5,8; 1 Jn 2,15-16; Ga 5,17). 8) Que se nos exhorte a las obras de misericordia, a velar por los más necesitados sin plegarse a las agendas del mundo. Para preocuparse por el prójimo no necesitamos coquetear con las ideologías o venerar sacerdotes tercermundistas.
Nos basta con ser católicos y con que se nos exhorte a vivir la caridad cristiana como lo pidió el Papa León XIII, de quien toma nombre el actual Pontífice, en el punto 41 de la Rerum Novarum. Somos conscientes de que hay muchos jóvenes que están alejados de la Iglesia, a quienes tal vez choquen estos ocho puntos. Nosotros somos los primeros en vivir esa lacerante situación. No se los atrae dándoles lo que ya tienen porque, “si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada?” (Mt 5,13). No se atrae a quienes están alejados recortando la verdad precisamente porque como dice el mismo Evangelio, habiendo perdido la sal su sabor no sirve sino para ser pisada por los hombres. Recortar la verdad hace que no tomen en serio nuestra religión y hace que ignoren aquello hacia lo cual se los quiere atraer. Lo que sí “llega” es la radicalidad cristiana que nos pide Jesús: la renuncia al propio yo y la aceptación amorosa y valiente de la cruz (cf. Mt 16,24). ¿No cree que, si la juventud no se siente atraída, es por aquello de Jn 10,5: “Pero a un extraño no le seguirán, sino que huirán de él porque no conocen la voz de los extraños”? ¿No cree que, si las ovejas se dispersan y no entran al redil, es por la intrusión de salteadores, ladrones, mercenarios y asalariados (cf. Jn 10, 8-12) que se apacientan a sí mismos dejando el rebaño a merced de las fieras (cf. Ez 34, 1-10)? La unidad del rebaño y la búsqueda de la oveja perdida solo puede darse en la caridad, y la caridad solo puede darse en la verdad. La unidad no es el amontonamiento, el rejunte de la cantidad: es el seguimiento de la voz del Buen Pastor. Le suplicamos a Ud., y a todos los obispos y presbíteros que hayan recibido este mensaje, que procuren con todas sus fuerzas remediar esta tragedia mayúscula. Cumplan la misión para la que fueron consagrados: predicar la verdad, celebrar con dignidad los sacramentos y conducirnos a la santidad. Queremos que se nos invite al heroísmo y que se nos recuerde que la gracia divina hace posible lo imposible (cf. Lc 18,27). Queremos que se nos exhorte a la imitación de Cristo, a la perfección (cf. Mt 5,48), no que se bendiga nuestra manera errada de vivir. Queremos ser sal de la tierra y luz del mundo para la gloria del Padre Celestial. Ese es el “lío” que, en todo caso, queremos hacer. Atentamente en Cristo.
Ezequiel Gorrosttietta de parte de jóvenes católicos argentinos.