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Carlos Gardel: un homenaje a 90 años de su partida

La muerte del Zorzal Criollo el fue el comienzo de un extenso y complejo itinerario que culminaría recién siete meses después, con la llegada de sus restos a su Buenos Aires querido. La Fundación Internacional Carlos Gardel, en su carácter de albacea y guardiana de su memoria impulsa la creación de un Espacio de Memoria Viva.


POR WALTER SANTORO (*)

La muerte de Carlos Gardel, ocurrida el 24 de junio de 1935, no marcó únicamente el final de una vida extraordinaria, sino el comienzo de un extenso, doloroso y complejo itinerario que culminaría recién siete meses después, con la llegada de sus restos a su Buenos Aires querido, para su descanso definitivo en el Cementerio de la Chacarita.

Fue un recorrido que marcó un antes y un después en la historia cultural del país, una conmoción popular sin precedentes que paralizó a toda la Argentina.

Aquel 5 de febrero de 1936, donde decenas de miles de personas colmaron el puerto de Buenos Aires para recibir los restos de quien fuera el máximo exponente de la música popular argentina. Aquella manifestación colectiva, profunda y espontánea, no solo despidió a un artista, sino que selló para siempre un vínculo indestructible entre Gardel y su pueblo, marcando la memoria y la identidad de generaciones enteras

COMPLEJO GARDELIANO

Hoy, a noventa años de aquel regreso que conmovió a todo un país, la Fundación Internacional Carlos Gardel, en su carácter de albacea y guardiana de su memoria, quien custodia, el mantenimiento y la preservación del sepulcro que alberga sus restos, como los de su madre, en el Cementerio de la Chacarita, velando para que ese espacio continúe siendo un lugar de homenaje vivo, de respeto y de encuentro con la historia.

En ese mismo espíritu, la Fundación ha propuesto al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires redoblar la apuesta, impulsando la creación de un Espacio de Memoria Viva, que se erigirá como un monumento a la historia y a la memoria de quienes forjaron la identidad y la cultura de la Ciudad de Buenos Aires.

Este nuevo espacio se extenderá tanto al frente como al fondo del actual mausoleo. El concepto rector del proyecto es la creación del Complejo Gardeliano, una noción que parte de una premisa fundamental: la necesidad de reunir, ordenar y resignificar, en un único ámbito, los múltiples elementos materiales e inmateriales que conforman la memoria de Carlos Gardel.

Asimismo, el complejo albergará los restos de quienes compartieron junto a él la gesta artística que dio forma a una parte esencial de nuestra identidad cultural. En el nivel inferior del conjunto -la cripta, ubicada en el subsuelo- se dispondrá el espacio destinado a los restos de sus colaboradores fundamentales, como Alfredo Le Pera y José Razzano, así como también de los músicos que lo acompañaron a lo largo de su carrera y otros protagonistas esenciales de su trayectoria artística.

También se creará un Cinerario Gardeliano, concebido como un ámbito destinado a quienes deseen compartir la eternidad junto al Zorzal Criollo. Este espacio permitirá integrar, bajo un mismo concepto de memoria, pertenencia y legado cultural, a artistas, músicos y personas unidas afectivamente a su figura y a su obra.

El mausoleo de Carlos Gardel, ubicado en el Cementerio de la Chacarita, constituye actualmente el espacio más visitado del predio, habiendo recibido cerca de 90.000 visitantes durante el año 2023. La puesta en marcha del Complejo Gardeliano no solo incrementará de manera significativa este flujo de público, sino que contribuirá a jerarquizar al Cementerio de la Chacarita como un polo turístico-cultural de referencia, en una escala comparable a la que hoy representa el Cementerio de la Recoleta.

De este modo, se ampliará y enriquecerá la experiencia del visitante, consolidando al Cementerio como un espacio de memoria viva, identidad y proyección cultural, tanto a nivel nacional como internacional.

El Complejo Gardeliano se proyecta así como un monumento vivo a la memoria de Carlos Gardel, a su obra, a quienes lo acompañaron en esa gesta artística y a la Ciudad de Buenos Aires, corazón de la cultura popular rioplatense.

Porque el mausoleo de Carlos Gardel no es solo un sitio funerario: es un patrimonio cultural de todos los argentinos. Cuidarlo, preservarlo y proyectarlo hacia el futuro es una responsabilidad que la Fundación asume con el firme compromiso de honrar no solo al artista, sino también el vínculo profundo, indestructible y eterno que lo une a su pueblo.

HACIENDO HISTORIA

El impacto de la noticia fue inmediato y devastador. En Buenos Aires, la confirmación de la muerte de Gardel se propagó rápidamente a través de la radio, los diarios y las revistas, generando una ola de dolor colectivo. Ese día quedó grabado en la memoria como una jornada de confusión, incredulidad y desasosiego, interrumpida abruptamente por la certeza irreversible de la tragedia.

Desde ese momento, todo quedó ligado a una sola misión: cumplir con su voluntad, ratificada por su madre, doña Berta Gardés, de que los restos de su hijo descansaran en su Buenos Aires querido.

Desde Francia, doña Berta tomó dos decisiones firmes e inapelables: regresar a la Argentina y repatriar los restos de su hijo. A partir de allí comenzó un proceso largo y lleno de dificultades, que obligó a Armando Defino, amigo personal y albacea de Gardel, a emprender una verdadera odisea continental.
Esta historia fue contada con extrema minuciosidad por el propio Defino en un libro de su autoría.

Tras reencontrarse con doña Berta en Europa y regresar junto a ella a Buenos Aires en agosto de 1935, se constituyó una Comisión de Homenaje integrada por figuras destacadas del ambiente artístico, encargada de gestionar los trámites necesarios para el traslado del cuerpo.

En septiembre de ese año, Defino partió nuevamente, esta vez hacia Nueva York, para resolver los asuntos legales vinculados a la sucesión de Gardel y reconstruir el recorrido económico de su última gira. Durante semanas debió entrevistarse con abogados, empresarios y testigos, al tiempo que reunía documentación clave. Esa tarea lo llevó luego a rehacer la gira caribeña del cantor, recorriendo los mismos puertos y escenarios que Gardel había transitado en vida, ahora con el peso de una ausencia definitiva.

Mientras tanto, en Medellín, el cuerpo de Gardel había sido inhumado provisoriamente en el Cementerio de San Pedro, con la previsión de una futura exhumación.

El cadáver había sido colocado en una caja de zinc sellada, encerrada a su vez en un ataúd de madera, cumpliendo con las normativas sanitarias vigentes. No fue hasta diciembre de 1935 que las autoridades colombianas concedieron finalmente el permiso para la exhumación y el traslado.

El 18 de diciembre de 1935 se llevó a cabo la exhumación. El acto, sobrio y profundamente emotivo, contó con la presencia de funcionarios, periodistas, representantes de la compañía aérea y un reducido grupo de personas cercanas. La prensa colombiana dejó testimonio del silencio conmovedor que acompañó el momento en que el ataúd fue retirado de la tumba.

Finalmente, el 29 de diciembre de 1935, los restos fueron embarcados en una larga travesía que terminaría en Buenos Aires, su morada final, tal como él lo había pedido.

A partir de allí comenzó uno de los trayectos más arduos del viaje: el traslado del féretro desde Medellín hasta el puerto de Buenaventura, atravesando caminos de montaña, ríos, senderos estrechos y tramos que debieron recorrerse a hombros.

Durante casi seis días, el cuerpo de Gardel recorrió una geografía hostil, en condiciones extremas, reproduciendo de manera trágica el mismo itinerario que él había imaginado en vida para su gira. Las tensiones no cesaron en Buenaventura, donde nuevas trabas aduaneras pusieron en riesgo la continuidad del traslado. Incluso se intentó someter el ataúd a una inspección, lo que derivó en una firme resistencia de Defino, decidido a no permitir ninguna profanación.

El viaje continuó rumbo a Panamá y luego a Nueva York. Durante la travesía marítima se produjeron nuevos episodios de angustia, incluido un peligroso trasbordo del ataúd mediante grúa, que estuvo a punto de terminar en tragedia. Ya en Nueva York, las autoridades sanitarias intentaron imponer una nueva sepultura provisoria, pero finalmente se logró que el cuerpo fuera velado en una funeraria del barrio latino, donde durante ocho días desfilaron admiradores que, aun sin convocatoria pública, acudieron espontáneamente a rendir homenaje.

El viaje final hacia el Río de la Plata se realizó en enero de 1936. A bordo, Defino descubrió que el ataúd había sido depositado en la bodega, mezclado con carga general. Tras un tenso enfrentamiento con las autoridades del barco, consiguió que se le otorgara un tratamiento digno y respetuoso.

La escala en Montevideo, un último homenaje antes del regreso a Buenos Aires El 4 de febrero de 1936, el buque arribó al puerto de Montevideo, donde el féretro fue recibido y depositado en una capilla ardiente ubicada en el arco central del edificio de la Aduana. Allí, durante varias horas, miles de uruguayos expresaron su dolor y devoción por el gran cantor, realizando un homenaje sincero y espontáneo al ídolo del tango que también había sido admirado por el público uruguayo.

Según los relatos de la época, el cuerpo permaneció en esa capilla ardiente toda la noche, permitiendo que la población, emergiendo desde distintos puntos de la ciudad y sus alrededores, pudiera acercarse para rendir homenaje, llevar flores y ofrecer sus sentimientos frente a los restos del artista. Esta ceremonia, aunque breve debido al itinerario marítimo, dejó una huella profunda en la memoria de quienes participaron de la despedida.

Esa noche en Montevideo fue, en esencia, una despedida muy sentida y cargada de respeto, en la que Uruguay se sumó al reconocimiento continental de Gardel como figura emblemática. Más allá de tratarse de una escala técnica, la oportunidad de rendir homenaje allí fue aprovechada por miles de personas que sintieron el peso de la pérdida y compartieron su dolor con gestos de cariño, flores y recogimiento silencioso. Buenos Aires Ciudad.

Al día siguiente, el 5 de febrero, el Pan América dejó el puerto uruguayo y puso rumbo definitivo a Buenos Aires, donde el regreso de Gardel fue recibido por una multitud aún más numerosa.

EL ADIOS DE UN PUEBLO

El 5 de febrero de 1936, Buenos Aires vivió una de las jornadas más conmovedoras de su historia. Tras una larga y dolorosa travesía por distintas ciudades de América, los restos de Carlos Gardel regresan finalmente a su ciudad, que lo había visto crecer como artista y convertirse en símbolo universal del tango. No fue un arribo más: fue un acontecimiento que paralizó a la ciudad y se transformó, en los hechos, en un funeral de Estado.

Desde temprano, una multitud comenzó a concentrarse en el puerto. Decenas de miles de personas, hombres, mujeres, familias enteras, aguardaban en silencio, muchos con ramos de flores en las manos, otros con lágrimas contenidas. El elemento femenino, según relatan las crónicas de la época, se destacaba entre la concurrencia: mujeres jóvenes y mayores que habían hecho de la voz de Gardel una compañía cotidiana y que ahora esperaban rendirle su último homenaje.

El barco atracó al mediodía. En los alrededores del desembarcadero se encontró apostada la carroza fúnebre, de estilo sobrio, tirada por seis caballos, seguida por otro carruaje destinado a las ofrendas florales. El féretro fue descendido lentamente desde la popa, en una operación cargada de solemnidad, envuelta en un silencio profundo, apenas quebrado por sollozos. La caja que contenía el ataúd estaba recubierta por el poncho que Gardel utilizaba en sus viajes, con su nombre grabado en uno de los ángulos: un símbolo íntimo y profundamente humano.

Comenzó entonces el cortejo hacia el Luna Park. A medida que avanzaba la carroza por las calles de la ciudad, la multitud que la acompañaba empezó a entonar las canciones más difundidas de Gardel. No era un canto organizado, sino un murmullo colectivo que nacía espontáneamente y se expandía como una ola emocional. Buenos Aires cantaba para despedir a su voz más querida.

El Luna Park, por entonces el estadio más grande de Sudamérica, fue el escenario del velatorio. En el centro del recinto, sobre el ring de boxeo, se levantó la capilla ardiente. Allí, durante horas, desfilaron millas de personas. Artistas, músicos, figuras del espectáculo y del ámbito cultural participación del homenaje. Francisco Canaro interpretó el tango Silencio, acompañado por músicos de la orquesta de Roberto Firpo y por la voz de Roberto Maida. Se pronunciaron discursos sentidos, cargados de emoción y respeto, que reflejaban el impacto irreparable de la pérdida.

La ciudad estaba detenida. Las calles colmadas, el tránsito interrumpido, los comercios cerrados. Todo giraba alrededor de Gardel. No se trataba solo de despedir a un cantor famoso, sino de acompañar a alguien que había sido parte de la vida íntima de millones.

Al día siguiente, el 6 de febrero, más de 80.000 personas acompañaron el sepelio desde el Luna Park hasta el Cementerio de la Chacarita. El cortejo avanzó lentamente, rodeado por una multitud que lloraba, aplaudía y entonaba el Himno Nacional. Gardel fue enterrado inicialmente en el Panteón de los Artistas, en un clima de emoción colectiva pocas veces visto en la historia argentina.

Sin embargo, el homenaje no terminó allí. En diciembre de 1936, las autoridades resolvieron otorgarle una doble parcela en el mismo cementerio. Así, el 7 de noviembre de 1937, casi un año después de su llegada al país, los restos de Gardel fueron nuevamente exhumados y trasladados a su mausoleo definitivo. Frente a miles de personas, el cuerpo fue depositado en el sepulcro que hoy lo alberga, coronado por la emblemática estatua de bronce que lo representa sonriente, con un cigarrillo entre los dedos.

Ese “bronce que sonríe” se convirtió hasta hoy en dia en un lugar de peregrinación, de promesas, de flores y de diálogo silencioso entre Gardel y su pueblo. La llegada de sus restos a Buenos Aires no fue solo un regreso físico: fue la confirmación definitiva de un vínculo indestructible entre un artista y la ciudad que lo hizo eterno.

(*) Presidente Fundación Carlos Gardel