Opinión
Páginas de la historia

Carlos Gardel: la tragedia que enlutó a todo un pueblo

Un 24 de junio de 1935, hace ya 91años, Dios decidía que ese ídolo que fue Carlos Gardel, nos siguiera cantando desde el cielo.

Su muerte enlutó a todo un pueblo. “Porque la muerte de un grande nunca es una muerte individual”.

Gardel había nacido, un 11 de diciembre de 1890, en Toulouse Francia, pero fue argentino. Fue argentino por vocación, por alma y sobre todo por elección.

Tenía sólo 3 años cuando sus ojos de niño divisaron por primera vez la gran urbe porteña. Le pareció inmensa. Y ya a los 14 años ¡14 años! y sólo logro viajar a Montevideo. Es que Gardel había nacido, como el título del famoso tango, con alma de bohemio. Seis años permaneció en el Uruguay.

Ya despuntaba en él su espíritu soñador. Y sólo en el soñador, vida y sueños coinciden.

Cuando decidió ser cantor sabía que “había encontrado su camino. No ignoraba que sería difícil, pero ya no querría otro...”

A los 21 años un encuentro que sería decisivo. Conoció a José Razzano y con éste y Martino, Formaron un trío.

Al poco tiempo, Martino se retiró y quedó el dúo Gardel-Razzano, que después de una fugaz actuación en el famoso Cabaret “Armenonville”, pasó a actuar en teatros de la calle Corrientes con gran éxito.

Pero él, aunque amigo leal de sus amigos, era un espíritu individualista.

Luego, ya como cantor solista se presentó en París, en Madrid y en casi todos los países sudamericanos.

Su última actuación en Buenos Aires, la realizó en el Teatro Nacional en 1933. Luego EE.UU., donde hizo radio primero y cine después.

Sus películas, que aun se exhiben, fueron entre otras, “Cuesta Abajo”, “El Tango en Brodway”, “El Día que me Quieras”, “Tango Bar”, que fue la última aparición cinematográfica del Zorzal Criollo.

Le sonreían fama y fortuna. Pero él, seguía siendo el muchacho enamorado y sencillo del abasto.

Y no se equivocaba. Porque intuía que “el oro nunca vencerá al amor, ya que jamás podrá hacer latir un corazón”.

Y esa sencillez de Gardel ratificaba que quien tiene méritos para envanecerse, no se envanece. Porque el que cambia felicidad por dinero ya no podrá cambiar dinero por felicidad.

En 1935 Gardel dejó Buenos Aires para una gira que sería su último viaje, pues en el aeropuerto de Olaya Herrera, de la Ciudad de Medellín (Colombia), se produjo el conocido accidente que le costó la vida.

Alguien dijo que en la perdurabilidad de Gardel hay algo más que un fenómeno transitorio. Quizá el pueblo argentino se sintió interpretado en su timbre de voz, realmente excepcional y en la letra de sus canciones.

En esas canciones, era su propio pueblo el que cantaba y el que narraba, en labios de su intérprete máximo, sus amarguras y sus esperanzas.

Cuando la tragedia silenció su voz familiar y querida -porque “no hay destino sin tragedia”- todo el país sintió ese golpe como un dolor propio. Porque “siempre una muerte inesperada parece más muerte”. Aunque la suya fue “una especie de llama encendida que ya no podrá apagarse”.

Tuvo Gardel, entre otras virtudes, un especial sentido de la amistad, “y cuanto más amistad brindó, más amistad sintió”. Él dio y exigió mucho de la vida. Y fue generoso sin ignorar que “al dar conocería la ingratitud. Pero también le llegaría la emoción de dar”. Y él dio siempre con los ojos cerrados y recibió siempre con los ojos abiertos.

Fue en definitiva un artista total, al que su pueblo le otorgó la definitiva y permanente categoría de ídolo.

Y este ídolo tan singular que fue Carlos Gardel, trajo a mi mente el siguiente aforismo: “El tiempo es un jurado infalible que decide el silencio... o la inmortalidad”.