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Capote y Oliveri, vidas paralelas

En ‘Queridísimo Truman’, el actor y panelista devela al autor en toda su complejidad.


‘Queridísimo Truman’. Autoría: Gabriel Oliveri, Florencia Bendersky. Dirección: F. Bendersky. Música original y sonido: Cristóbal Barcesat. Escenografía y video: Gustavo Acevedo. Vestuario: Julio Suárez. Iluminación: Julio López. Actores: Gabriel Oliveri, Sergio Grimblat, Cristóbal Barcesat. En la sala Neruda del Paseo La Plaza.


 

 

El título de esta obra podría llevar a pensar en una apología ciega o en una hagiografía de Truman Capote. Sin embargo, los autores no solo muestran momentos de la vida del escritor, sino que consiguen que el espectador reflexione sobre un hombre que buscó riqueza y fama, explotó su talento para relacionarse con la élite neoyorquina y terminó convertido en un bufón que reflejaba su lado más oscuro. La obra evita idealizar a Capote al mostrar tanto sus logros como sus contradicciones personales, utilizando escenas clave y diálogos incisivos que permiten al público ver al personaje en toda su complejidad.

Gabriel Oliveri, en el papel protagónico, entrelaza su propia biografía con la del autor de ‘A sangre fría’ logrando que este cruce no resulte pretencioso sino una sincera confesión. Una infancia marcada por la fascinación por la lectura, lo que le permite explorar sus inquietudes más profundas desde la memoria y la experiencia. Esta confesión surge mientras Olivieri recuerda las siestas tórridas de verano en su ciudad natal, la bella Concordia, en el norte entrerriano, refrescada por el color violeta del río Uruguay.

No es por casualidad que mencionamos ‘A sangre fría’. Jorge Martínez, en las páginas de este diario, afirmó con certeza que “el tiempo no ha socavado las virtudes de esta mal llamada novela sin ficción que casi de inmediato se convirtió en un clásico y un modelo a imitar”. Más allá del comentario literario, que no es poco, el libro, que cumple este año seis décadas de su publicación, es clave y moviliza el espectáculo que comentamos.

 

EN BLANCO Y NEGRO

La fascinación de Oliveri nace ante la imagen enigmática de Truman Capote en la contratapa, una fotografía que no solo despierta la curiosidad del niño “complicado” -como él mismo se define- sino que siembra en su imaginación el germen de una inquietud perdurable. Aquella mirada, capturada en blanco y negro, se convierte en un espejo donde Oliveri parece reconocer sus propias preguntas y anhelos, desatando un torbellino de emociones: admiración, extrañeza, la intuición de un misterio por descifrar.

Es precisamente esa imagen la que, como un puente sutil entre realidad y evocación, transporta al espectador hacia la escena televisiva en la que Capote irrumpe con su imponente sombrero de amplias alas y un tapado de piel. La fotografía, lejos de ser solo un recuerdo estático, se corporiza y cobra vida en el escenario, hilando visualmente la transición entre el mundo íntimo de la infancia de Oliveri y el universo mediático de la celebridad.

Sentado frente al famoso comediante Johnny Carson en ‘The Tonight Show’ -uno de los programas de entrevistas más famosos de Estados Unidos-, Capote aparece no solo como el personaje público, sino como proyección de los sueños y contradicciones que Olivieri percibe desde su memoria de lector precoz. El actor, al habitar esa imagen, revive sensaciones de asombro y distancia, pero también de empatía: “En esa escena veo al hombre detrás del mito, vulnerable y teatral, y me pregunto si el niño que fui buscaba en él respuestas sobre el precio de ser diferente”. Así, la evocación televisiva no solo confirma la fascinación inicial sino que profundiza en la reflexión sobre la identidad, la exposición y la soledad, elementos que marcaron tanto a Capote.

 

EQUIPO DE EXCELENCIA

El desempeño actoral de Olivieri es muy convincente, encarna con soltura distintos momentos cruciales en la vida de Truman Capote. Logra entrar y salir del personaje, especialmente cuando se despoja del vestuario de Truman y se queda en camisa guayabera verde. En ese momento evoca recuerdos de su niñez entrerriana plácidamente, sin resentimientos. Tiene la capacidad de transformar la melancolía en humor; eso permite que el público conecte emocionalmente con el personaje, generando empatía y reflexión. Él, como su queridísimo personaje, tenía ambiciones: quería conquistar el mundo demostrando una energía y determinación que traspasan el escenario.

El músico Cristóbal Barcesat acompaña en el piano aportando atmósferas sonoras que refuerzan la emocionalidad del relato. Por su parte, Sergio Grimblat canta un repertorio muy variado -desde ‘Strangers in the Night’ interpretada en castellano, ‘Garota de Ipanema’ en inglés, ‘New York City Boy’ (de Pet Shop Boys), hasta una cumbia santafesina-. Estas canciones aportan matices emocionales y ayudan a definir la personalidad de los protagonistas, creando una atmósfera única que acompaña el desarrollo de la historia.

Tanto Barcesat como Grimblat exhiben una notable versatilidad artística, moviéndose con soltura entre la música y la actuación. Grimblat, en particular, asume una variedad de personajes secundarios: interpreta a la madre de Capote, da vida a Jack Dunphy -pareja estable del escritor- y encarna a los asesinos de la familia Clutter. Esta multiplicidad de roles en manos de un solo actor imprime dinamismo y frescura a la puesta en escena. Gracias a estos cambios de registro, la obra mantiene el interés y sorprende constantemente al público, permitiendo transiciones ágiles y momentos de auténtico lucimiento actoral.

Un mérito sobresaliente de la dirección de Florencia Bendersky es su capacidad para orquestar estos desplazamientos con precisión y elegancia. Mueve a los actores como piezas de ajedrez, consiguiendo que cada escena fluya con naturalidad. Un ejemplo de este manejo se da en las transiciones en las que, con un cambio de luz y una variación en la postura corporal, por ejemplo, una madre se transforma en asesino. Este tipo de detalles escénicos potencia el asombro y el disfrute del público.

La escenografía, sencilla pero atinada, obra de Gustavo Acevedo, funciona como un lienzo perfecto para el despliegue actoral. A esto se suman las proyecciones visuales, cuidadosamente integradas, que no solo contextualizan, sino que refuerzan el tono nostálgico y sofisticado que caracteriza el universo de Capote. Junto con el vestuario cuidadísimo de Julio Suárez contribuyen a construir una atmósfera envolvente que conecta emocionalmente al espectador con la historia y sus protagonistas.

 

Calificación: Muy buena