La obra maestra de Truman Capote, A sangre fría se publicó sesenta años atrás, para orgullosa satisfacción del escritor que con esa recreación novelada de un espantoso crimen de la vida real proclamó al mundo el nacimiento a un nuevo género literario.
El tiempo no ha socavado las virtudes de esta mal llamada novela sin ficción que casi de inmediato se convirtió en un clásico y en un modelo a imitar.
Es cierto que se ha discutido la veracidad de muchos de sus diálogos y escenas, la relación ambigua que el autor entabló con los asesinos mientras la escribía y la pretensión de haber sido la piedra fundacional de una nueva forma de practicar la literatura.
Pero el relato del asesinato de la familia Clutter (padre, madre y dos hijos) en la noche del 14 al 15 de noviembre de 1959 en su finca en las afueras del somnoliento pueblito de Holcomb., en el estado norteamericano de Kansas, conserva intacta su potencia para cautivar y estremecer a los lectores, hoy como ayer.
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Al emprender esta crónica novelada, que se originó como un texto para la revista The New Yorker, Capote (1924-1984) tomó algunas decisiones muy sabias y eficaces que merecen recordarse.
Por un lado descartó el relato en primera persona, tan frecuentado por sus herederos del siglo XXI, los ubicuos “cronistas”. Prefirió, en cambio, ceñirse a una objetiva y omnisciente tercera persona que no obstruyera el transparente fluir de la narración.
Esta estrategia, básica en el periodismo de antaño pero también en la novela desde mediados del siglo XIX en adelante, le permitió precisar la reconstrucción de los hechos y los personajes de la historia hasta el punto de que parecieran autogenerarse ante la mirada del lector.
Uno de los modelos literarios de Capote era Flaubert y en A sangre fría esa influencia es dominante, en especial en el estilo, que procuró ser impersonal hasta volverse invisible.
“A sangre fría es un éxito perfecto en lo concerniente al estilo -se jactaría después Capote-. Porque no tiene estilo. No se ve el estilo. Es como un vaso de agua. Mi sueño. Nada entre la escritura y el lector...Se pueden leer las escenas más increíbles sin siquiera darse cuenta. Eso es el estilo para mí”.
Capote también cuidó de manera magistral la dosificación del suspenso.
La primera de las cuatro partes de A sangre fría, titulada “Los últimos que los vieron vivos”, es un ejemplo casi perfecto de cómo mantener atrapado el interés del lector contando un episodio concluido y por todos conocido.
No hay apuro en esas páginas iniciales que primero sitúan el paisaje y el territorio, luego pintan a los personajes (las víctimas y también a sus victimarios) y por último reviven, en un tenso contrapunto, las actividades de unos y otros en los días previos al sábado de la matanza espantosa.
El talento de Capote hizo que suspendiera allí el relato, sin internarse en los detalles del crimen. La primera parte culmina con la reacción, impresionante, de quienes descubrieron los cadáveres en una casa silenciosa y que parecía súbitamente desierta.
Los lectores deben superar la mitad del libro para conocer la información que un escritor menos hábil habría desperdiciado en las primeras páginas: cómo fueron los crímenes y por qué los cometieron.
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En esos tramos el libro profundiza la narración en paralelo. Ya no se trata de las víctimas y los victimarios sino de los asesinos prófugos y los policías que, gracias a la delación de un preso, consiguen atraparlos un mes y medio después de que perpetraran los homicidios.
Para escribir este segmento central del libro Capote revisó las entrevistas policiales a testigos, accedió a interrogatorios y estableció una relación de amistad con el investigador principal del caso y su familia (los Dewey), a quienes acudía en persona o por carta en busca de datos.
Cultivó un vínculo similar con los culpables, Richard Dick Hickock y Perry Edward Smith, especialmente con el segundo, cuya vida de soledad y abandono le parecía semejante a la suya en ciertos puntos.
De todos ellos extrajo la información pertinente para hilvanar una narración a la vez objetiva, precisa y cercana a los protagonistas.
Capote y su decisiva ayudante ocasional, la amiga y también escritora Harper Lee, viajaron varias veces a Kansas y hablaron con todos los implicados en el caso Clutter. No usaban grabadores ni tomaban notas en el momento (lo hacían a toda velocidad cuando volvían al hotel), un método que más tarde generaría desconfianza sobre la veracidad de lo que luego publicarían.
El recelo se justifica, aunque es cierto que en aquella época no era tan extraño que los periodistas trabajaran de memoria: no había comodidades tecnológicas y la capacidad de retentiva, lo mismo que la rapidez para transcribir lo averiguado, eran virtudes obligatorias en los hombres de prensa. En cuanto a Capote, se jactaba de ser un “grabador” humano que podía retener el 95% de lo que escuchaba en una conversación cualquiera.
También es cierto que A sangre fría se escribió casi en paralelo con los acontecimientos. Los Clutter fueron asesinados a mediados de noviembre de 1959; el escritor viajó en diciembre a Kansas y estaba allí a fines de ese mes cuando trajeron a los asesinos tras detenerlos en Las Vegas.
Abandonó ese estado en enero de 1960: ya había efectuado el trabajo de campo inicial y las entrevistas principales. El juicio se celebró en marzo y la condena a la pena capital se conoció el 29 de ese mes, en una audiencia a la que también asistió Capote, otra vez acompañado por la discreta Harper Lee.

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Reunido el material básico (unas 4.000 páginas de notas), Capote marchó a Europa junto con su amante escritor para trabajar aislado del ambiente frívolo de Nueva York que lo tenía como personaje favorito. Las primaveras y los veranos los pasaban en una casa alquilada en la Costa Brava española; el invierno partían a Suiza. Repitieron la mudanza en 1961 y 1962.
Hacia mediados de 1963 el libro estaba casi terminado pero faltaba redondear la cuarta y última parte: “El rincón”. Eufemismo carcelario que designaba el lugar de la prisión de Lansing, Kansas, donde Hickock y Smith debían ser ejecutados por ahorcamiento.
El biógrafo canónico de Capote, Gerald Clarke, cuenta que el escritor sobornó a un funcionario con 10.000 dólares para conseguir acceso a la cárcel y conversar en libertad con los reos, con quienes además intercambió cientos de cartas. Durante dos años les envió una carta semanal a cada preso; una porción de las que recibió se han conservado, pero las suyas fueron destruidas. El juez había dispuesto ejecutar a Hickock y Smith el 13 de mayo de 1960. Una pronta apelación judicial postergó la ejecución, en el comienzo de un proceso dilatorio que se extendería hasta 1965, para desquicio de Capote, que no podía concluir su libro hasta que se resolviera el destino de los presos.
En el medio escribió el guión de una adaptación cinematográfica de Otra vuelta de tuerca, de Henry James; asistió al éxito descomunal de Matar a un ruiseñor, novela de su amiga Harper Lee que ya no volvería a publicar nada más en vida; acompañó sin entusiasmo la filmación de Desayuno en Tiffany’s, su simpática novela de 1958; leyó las cartas de Oscar Wilde y se permitió orientar -por correspondencia- las ambiciones literarias de uno de los hijos del detective Dewey.
La masacre de Kansas lo había perturbado. Estaba obsesionado con el crimen y las víctimas, tenía pesadillas horribles, vómitos, sufría de ansiedad y vivía al borde de un ataque de nervios. Se había hecho amigo de los asesinos pero ahora sólo le quedaba esperar que los mataran para dar cierre a un libro que se le hacía insoportable.
“Detesto tener que vivir con este material, con esta ‘fuerza’, día tras día, pero estoy absorbido por eso, dedicado a eso, implicado emocionalmente en un grado que pocas veces me pasó antes”, escribió en una de sus cartas. “Nada podrá compensar jamás la cantidad de trabajo y verdadero sufrimiento que se llevó este libro”, agregó más adelante.
Tras cinco años de postergaciones, Hickock y Smith fueron ejecutados en abril de 1965. Capote estuvo presente. Suyas son las reacciones que en A sangre fría atribuye al detective Alvin Dewey, una práctica que había utilizado en otros pasajes para evitar, una vez más, el uso de la primera persona.
La escena que cierra la obra es la única que Capote admitió haber inventado: nunca ocurrió esa conversación en el cementerio del pueblo entre Dewey y la mejor amiga de Nancy Clutter, la cándida adolescente fusilada en su habitación por Hickock y Smith en aquella noche funesta de 1959.
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A sangre fría se publicó primero en cuatro números de la revista The New Yorker en septiembre y octubre de 1965. La edición en libro salió en enero de 1966, en medio de una inusual campaña de prensa, a la vez organizada y espontánea, que elevó a Capote a la cúspide del mundo literario.
Se prepararon una docena de artículos en revistas nacionales de Estados Unidos (Life le dedicó 18 páginas), dos programas de media hora en TV e incontables emisiones radiales. “Jamás se ha vertido semejante alud de palabras sobre libro alguno”, comentó entonces el New York Times.
El éxito de ventas estuvo acompañado del elogio mayoritario de la crítica. Periodistas, escritores, dramaturgos se rindieron al hechizo trágico de la historia de los Clutter. “Es un libro que no decae ni un momento sin una sola frase gratuita -opinó el actor y escritor inglés Noël Coward-. Me absorbe incluso después de interrumpir la lectura, por lo que no me queda más remedio que volver a leerlo”.
Una de las pocas excepciones fue la opinión del ilustre crítico británico Kenneth Tynan, que reprochó al autor que no hubiera intervenido para salvar a los dos condenados. “Me parece que la sangre con que ha escrito su libro es la más fría de toda la literatura reciente”, sentenció.
El libro hizo millonario a Capote. Le permitió comprarse autos deportivos, un lujoso departamento al lado del edificio de Naciones Unidas, en Manhattan, y una casa en California. Despidió su gran año con una mega fiesta en el Hotel Plaza de Nueva York para los ricos y famosos de Estados Unidos y del mundo que fue, desde luego, la “fiesta del siglo”.
A partir de entonces su intención era volver a la literatura con mayúsculas. Pretendía demostrarle a los críticos y a sí mismo que podía escribir una obra que estuviera a la altura de un Proust, concebir una “sórdida comedia de millonarios”, según Gerald Clarke, que fuera también el retrato definitivo de su época.
Quería titular Plegarias atendidas a ese proyecto concebido a fines de los años ‘50. El título derivaba de un aforismo atribuido a Santa Teresa de Jesús: “Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas”. Según Clarke, la idea acabaría siendo mucho más que un título ingenioso. En ella, Capote “expresaba su desolada visión de la vida, su convencimiento de que el destino castiga a quienes parece favorecer dándoles exactamente lo que desean”.
Eso que deseaba Capote fue el inmenso éxito de A sangre fría, que le proporcionó fama y dinero pero que también labró su condena. La gloria tantas veces anhelada terminó por hundirlo en distracciones, vicios y adicciones que minaron su creatividad y capacidad de trabajo. Ya no aparecería otro gran libro de Capote, solo recopilaciones y misceláneas. Tampoco pudo concluir Plegarias atendidas, cuyos primeros y escandalosos capítulos, publicados en entregas periodísticas a lo largo de la década de 1970, lo enemistaron con la alta sociedad que tanto lo había festejado y que ahora se veía traicionada por este escritor irreverente y mordaz.
Capote murió en 1984, a los 59 años. Tal vez no sea exagerado suponer que fue la tardía quinta víctima del dúo asesino de Kansas.