La peste
Por Albert Camus
Debolsillo. Edición digital
Leído hoy, en el contexto de la pandemia que no cesa, este clásico de Albert Camus exhibe en toda su dimensión el mensaje alegórico con el que lo revistió su autor hasta un punto que apenas dos meses atrás habría sido inimaginable.
Camus siempre aceptó que su historia sobre un brote de peste bubónica en la ciudad argelina de Orán, que situó en un año no determinado de la década de 1940, podía leerse en diferentes planos, desde el más prosaico (el texto se presenta como una “crónica” objetiva y desapasionada) hasta el más profundo, en el que la enfermedad de los cuerpos viene a representar una afección de las almas, una tara individual que termina por abarcar a toda una comunidad, a todo un país.
La interpretación más común, que el propio escritor aprobó sin excluir otras, postula que la peste de la novela es la ocupación nazi de Francia entre 1940 y 1944, y las acciones de sus personajes, encabezados por el doctor Bernard Rieux, son un espejo de “la lucha de la resistencia europea contra el nazismo”, según señaló Camus en una carta enviada a Roland Barthes para desmentir la supuesta “moral antihistórica y la política de soledad” que el crítico había creído ver en sus páginas.
Pero al mismo tiempo habilitó otros modos de leerla. En una carta de 1948, al año siguiente de la publicación del libro, mencionaba tres: “Es a la vez el relato de una epidemia, el símbolo de la ocupación nazi (y por otra parte la prefiguración de todo régimen totalitario, cualquiera sea), y en tercer lugar, la ilustración concreta de un problema metafísico, el problema del mal (…). Es lo que intentó hacer Melville, con genio además, en Moby Dick”. En su gigantesca biografía de Camus, Olivier Todd destaca al menos 24 alusiones a la novela de Melville en los Carnets del escritor que corresponden a los primeros borradores de La peste. Al Camus de esa época, el mundo ya no le parecía absurdo sino terrible, observó Todd.
Desatada la peste, las autoridades de Orán declaran la cuarentena y aíslan la ciudad. Las familias, los esposos, los amantes que estaban de viaje o en otras ciudades quedan separados y no se les permite reencontrarse. Avanzada la epidemia, con cientos de muertos diarios y el pánico generalizado, los gobernantes imponen el estado de sitio y el toque de queda para impedir rebeliones y ataques armados, que de todos modos ocurren.
El gran mal que denuncia la novela radica allí: en el terror y la vigilancia, pero también en el exilio y la separación. Entre los que se resisten a la nueva esclavitud está el periodista Raymond Rambert, quien junto con el doctor Rieux es el que mejor encarna las ideas del Camus rebelde y humanista. Rambert quiere violar el estado de excepción, fugarse de la ciudad y volver a ver a su mujer. Pero su rebelión, en principio frustrada, va más allá. “Estoy harto de la gente que muere por una idea…Lo que me interesa es que uno viva y muera por lo que ama”, expresa en uno de los muchos diálogos filosóficos que mantiene con el doctor. Rieux coincide. “Sin memoria y sin esperanza, (los habitantes de Orán) vivían instalados en el presente –señala en su narración-. A decir verdad, todo se volvía presente. La peste había quitado a todos la posibilidad de amor e incluso de amistad”.
Otro personaje, Jean Tarrou, lleva su propia crónica que el narrador emplea para contrastar con su relato. También él expresa el sentido más amplio contenido en la metáfora de la peste. Sus comentarios reflejan además otro aspecto típico de las preocupaciones camusianas al final de la Segunda Guerra Mundial. Distanciado del comunismo al que había adherido fugazmente, Camus no encontraba su lugar en un mundo intelectual que, vencido el nazismo, era demasiado sumiso a la propaganda soviética y proclive a justificar lo injustificable.
A Tarrou, como a Camus, lo obsesionaba la pena de muerte, y la posibilidad, tan cierta en el comienzo de la guerra fría, de que las víctimas se convirtieran en victimarios. Tarrou hacía un mea culpa y reconocía que “había sido un apestado durante todos esos años en que con toda mi vida había creído luchar contra la peste”. Luego completaba una idea típica del Camus que se aprestaba a romper con Sartre y con la izquierda subordinada a Moscú: “Es evidente que un hombre tiene que batirse por las víctimas. Pero si por eso deja de amar todo lo demás, ¿de qué sirve que se bata?”
Desprovistos del consuelo de la fe (la única figura religiosa del libro, el padre Paneloux, no queda bien parado), los personajes se aferran a la esperanza que nace del amor humano y los libera de la prisión y el terror que se transmite junto con la peste. Tarrou quería ser un “santo sin Dios”. El doctor Rieux no quiere ser ni santo ni héroe. “Lo que me interesa es ser hombre”, sentencia, antes de infringir la cuarentena para darse un baño liberador en el mar.
Camus escribió La peste entre 1941 y 1946, cinco años de marchas y contramarchas en los que a menudo pensó que estaba gestando un fracaso. Pero no fue así. Al menos no en cuanto a la recepción de la crítica y los lectores. La peste fue su primer triunfo comercial: se vendieron casi 100.000 ejemplares entre junio y septiembre de 1947, y 360.000 hasta 1955 (fue el séptimo libro más vendido en Francia en el decenio posterior a 1945). Mucho de ese furor reapareció entre los franceses por estos meses: el pánico inaudito de hoy volvió a convertir en éxito a un libro que lleva 73 años en las librerías.