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C.A.B.A.: una Estrategia Urbana para los próximos dos años de gestión

 

Por Jorge Giorno (*)

Buenos Aires entra en un bienio decisivo: dos años en los que no alcanza con administrar lo urgente, ni con inaugurar obras aisladas para que sean noticia. La Ciudad necesita un norte reconocible y una forma de gobernar que vuelva ejecutables los objetivos, aun cuando cambien los vientos políticos. Ese es el punto: el problema no es solo qué hacer, sino con quién y cómo hacerlo para sostener continuidad, consenso y resultados. La gestión pública, por sí sola, ya no tiene el monopolio del conocimiento ni de la legitimidad social. La Ciudad es demasiado compleja para ser conducida como si fuera un organigrama; se parece más a un ecosistema. Y un ecosistema se ordena con estrategas urbanos, interlocutores estables, con diálogo fecundo y con una interacción proactiva que convierta las mejores ideas en políticas concretas.

Las principales líneas de gobierno para los próximos dos años debieran partir de una premisa: orden y desarrollo no son agendas rivales, son la misma agenda. En seguridad urbana, por ejemplo, el debate se empantana cuando se reduce a consignas. La Ciudad debe recuperar el control del espacio público, fortalecer la prevención y la respuesta rápida, profesionalizar la coordinación con la Justicia y el Ministerio Público, y usar datos en tiempo real para patrullaje, iluminación, corredores seguros y control de zonas críticas. Pero, a la vez, debe incorporar a organizaciones barriales, clubes, iglesias, centros de jubilados y redes comunitarias como aliados en prevención situacional y contención social, porque la seguridad también se juega en la trama cotidiana: en la escuela que contiene, en el comercio que está abierto, en la calle que vuelve a ser transitable.

La segunda gran línea es la movilidad: el mal tránsito no es un fastidio, es productividad perdida y menor calidad de vida. El desafío inmediato es ordenar: reglas claras y control efectivo para motos, bicicletas, peatones y autos; fiscalización inteligente; carga y descarga planificada; estacionamiento con criterios de rotación; y transporte público más confiable, intermodal y accesible. Aquí, la sociedad civil no debe ser ignorada: universidades, colegios y concejos profesionales, asociaciones de víctimas viales, cámaras logísticas y tecnológicas pueden auditar medidas, proponer ajustes y codiseñar soluciones que funcionen en la calle, no solo en un power point.

Tercera línea: vivienda y desarrollo urbano. Sin una política de acceso razonable a la vivienda y de renovación urbana equilibrada, Buenos Aires se encarece, expulsa talento y se fragmenta. Hace falta acelerar permisos con transparencia, incentivar alquiler formal, promover crédito y modalidades innovadoras (cooperativas, fideicomisos, vivienda intergeneracional), y orientar densificación donde haya infraestructura y transporte. Al mismo tiempo, es imprescindible un plan serio de integración socio-urbana en barrios populares con metas medibles, servicios completos y conexión efectiva con oportunidades de empleo. Ninguna de estas tareas se sostiene sin la participación de organizaciones especializadas, cooperativas, asociaciones vecinales y equipos técnicos que ya trabajan en territorio planificando la ciudad del futuro.

Cuarta línea: desarrollo económico, social y político, entendido como una misma estrategia. La Ciudad debe tratar a su economía urbana, comercios, servicios, gastronomía, industrias creativas, turismo, tecnología, salud, educación, construcción, como un motor de empleo y cohesión. Simplificar trámites, bajar fricciones regulatorias, digitalizar habilitaciones, impulsar capacitación y reconversión laboral, apoyar pymes de barrio y promover inversiones con reglas estables. Pero la clave es armar “mesas de ejecución” con cámaras empresarias, sindicatos, universidades, emprendedores y organizaciones sociales para que cada medida tenga respaldo, retroalimentación y control ciudadano. El consenso no se declama: se diseña, se trabaja. Se construye con compromisos, plazos, métricas y responsabilidad compartida.

Quinta línea: servicios humanos esenciales. Educación, sobre todo primera infancia y escuela media, salud y cuidados deben ser el corazón del plan. La Ciudad tiene capacidades, pero necesita foco: alfabetización y matemática como prioridad, jornada extendida donde sea necesario, salud mental y adicciones con abordajes integrales, y una red de cuidados que acompañe a familias, personas mayores y trabajadores. ONG con experiencia, fundaciones, sociedades científicas y organizaciones comunitarias pueden aportar modelos probados y, sobre todo, cercanía, porque ya lo han hecho al momento de realizar el Plan Estratégico de la Ciudad.

Finalmente, un capítulo transversal: gobierno abierto, integridad y confianza. La mejor obra pública pierde valor si se sospecha de opacidad; la mejor norma fracasa si la ciudadanía no la siente propia. Datos abiertos, tableros públicos de gestión, compras transparentes, evaluación independiente, participación real y presupuesto con objetivos verificables: instrumentos para que la política vuelva a ser un método de solución, no un escenario de disputa permanente.

La Ciudad Autónoma de Buenos Aires necesita un plan de dos años que ordene lo cotidiano y encienda un horizonte de desarrollo. Pero ese plan no puede salir de un despacho ni de un partido: debe ser un acuerdo urbano con actores de la sociedad civil, reitero: legítimos estrategas urbanos, incorporados desde el diseño hasta la ejecución. Interlocutores que discutan, exijan, corrijan y sostengan. Porque cuando la Ciudad gobierna con su comunidad organizada, la gestión deja de ser promesa y se vuelve obra.

(*)  político, escritor, ensayista y contador público, ha sido diputado en la Legislatura de la Ciudad en dos mandatos, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), es miembro de la Sociedad Científica Argentina (SCA) y preside el Partido de las Ciudades en Acción.