La campaña mediática contra el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, no cesa pero en los últimos días tuvo un giro insólito. Se había estancado a causa de la decisión de la cúpula del Gobierno de no dar explicaciones a la prensa y refugiarse en el silenzio stampa.
La primitiva estrategia de los Milei consistía en demorar la declaración de la evolución patrimonial del funcionario hasta fines de julio y dejar que el escándalo se fuese extinguiendo por sí solo con el pasar de las semanas.
Sordos al desgaste que las continuas “revelaciones” le producían a todo el oficialismo, el Presidente y su secretaria general se aferraban a un hecho innegable: al contrario de otras experiencias de turbulencias gubernamentales, el peronismo estaba lejos en esta oportunidad de capitalizar el escándalo. El Gobierno perdía terreno, pero la principal fuerza opositora no lo ocupaba.
Más extraño aún, sus principales dirigentes mantenían un silencio tan férreo como sospechoso. Ni Cristina Kirchner, ni Axel Kicillof, ni el siempre “picante“ Juan Grabois daban pruebas de vida.
La llamativa retracción peronista tenía en realidad antecedentes. Durante la presentación de Adorni en el Congreso, la semana anterior, solo un legislador había intentado tibiamente hostigarlo y fue llamado al orden. En todo momento el kirchnerismo, que por mucho menos armó tumultos memorables frente al estrado de Martín Menem, se mantuvo en una calma oriental.
Este sorprendente pacifismo hasta llegó a ser interpretado como prueba de un presunto entendimiento entre libertarios y kirchneristas (ver “Calma en el Senado”). No deja de sorprender que, como argumento para desacreditar a Milei, la “casta” esparza el rumor de que pacta secretamente con ella. Un caso de autoestima bajísima o cinismo sofisticado.
En este punto, Bullrich detectó la oportunidad de capitalizar políticamente el escándalo: exigió de manera pública que Adorni presentase cuanto antes su declaración para terminar con el indecoroso alboroto periodístico. Rompió filas con una jugada de alto riesgo.
Para hacerlo, contó con un factor a favor: es legisladora y no está a tiro de decreto. Pero la maniobra cayó mal entre los Milei. No solo por la falta de alineamiento, sino también porque apunta a las candidaturas del año que viene.
Después de su éxito electoral en octubre, Karina Milei había quedado al timón de esa estrategia electoral. Su adversario en el círculo áulico, Santiago Caputo, había entrado en una declinación acelerada.
El candidato natural de la hermana del Presidente para la jefatura del gobierno porteño era Adorni, pero los escándalos lo dejaron fuera de carrera. Por ese espacio estrecho entre la defensa cerrada de los Milei y la campaña mediática antiAdorni se coló Bullrich con impecable oportunismo. Nadie le podía reprochar su defensa de la transparencia y de la imagen del Gobierno, aunque trascendiera que la secretaria general había enfurecido con la movida.
La contraofensiva no se hizo esperar. El viernes, Karina Milei mandó a Adorni a ratificar su estrategia. Lo hizo convocar a una conferencia de prensa flanqueado por los ministros Luis Caputo y Alejandra Monteoliva (muy ligada a Bullrich) para no responder sobre su situación patrimonial. Una reacción tardía y sin sentido, porque el jefe de Gabinete tendrá que presentar a corto plazo su declaración.
Otro factor clave para entender el rumbo que ha ido tomando el escándalo en torno al jefe de Gabinete es el de la curiosa ofensiva opositora. En primer lugar, la embestida no es contra Adorni, sino contra Javier Milei. Adorni no es tan importante. En segundo lugar, hasta ahora está a cargo exclusivamente de los medios. La oposición política de mayor peso, el peronismo, mira sin intervenir. La izquierda no mueve el amperímetro y los demás sectores con representación en el Congreso -radicales “antipeluca”, socialistas, lilitos, partidos provinciales no alineados con la Casa Rosada, etcétera- sirven, en el mejor de los casos, de acompañamiento.
Si a esto se suma que el gremialismo sigue sin salir a la calle y los sectores que salen -el universitario, por ejemplo- desaparecen en el mismo instante en que se apagan las cámaras de la televisión, la situación del Gobierno parece estar lejos de una verdadera crisis por más que los periodistas propalen a coro lo contrario.
Por su parte, los empresarios que se quejan a puertas cerradas de la apertura económica también se inclinan por la cautela. Vieron lo que le pasó a su colega de Techint por enfrentarse con un presidente que no se guarda nada como Milei y valoran más que nunca la prudencia.
Por último, pero no menos importante: si la economía sigue bajo control, cualquier crisis política difícilmente pase de una expresión de deseos de los que más perdieron con el cambio de modelo en curso.