Corría el año 1660 y la vida de los primeros galenos en Buenos Aires no era nada fácil -por eso de ‘pueblo chico, infierno grande’-. Cualquier suspicacia en la calidad de la prestación asistencial repercutía sobre el prestigio del médico. Un error de diagnóstico, un comentario poco feliz o una cirugía accidentada era sinónimo de sepulcro profesional. Además, a falta de boticarios, eran los mismos médicos quienes debían proveer los remedios, circunstancia que limitaba su capacidad terapéutica.
Para hacer las cosas más difíciles, cada barco a la vista era una promesa de epidemia. El morbo colérico, la disentería (llamada cámara negra) y las diarreas infecciosas de todo tipo azotaban periódicamente a la aldea con su luctuoso saldo de muertos, a los que insistían en enterrar dentro o cerca de las iglesias, con el consiguiente aumento del contagio y la diseminación de pestes. Por eso, la construcción de cementerios fue un hito en la salubridad pública.
Los que sobrevivían a la expresión de sus intestinos, en cualquier momento, podían ser víctimas de la viruela. En esos tiempos, esta última era cosa seria, aunque no tanto para los españoles, que contaban con algún anticuerpo, como para los aborígenes, que morían como moscas ante el avance del virus. De hecho, esta involuntaria guerra bacteriológica fue, en parte, la causa del éxito de la conquista española, ya que la viruela fue responsable de la desaparición de pueblos enteros.
Otra enfermedad que se malquistaba con los porteños era el garrotillo o difteria, que, hasta el siglo XX, continuó diezmando la población menuda. Los niños morían ahogados ante la mirada impotente de sus padres.
De todas maneras, poco podían hacer nuestros primitivos galenos con la mayoría de las enfermedades: solo cronoterapia y rezos, especialmente cuando una peste se cernía sobre la población. En ese caso, se recurría a rogativas, procesiones y novenarios para pedir por la salud perdida y por el alma de los nuevos difuntos.
El maese Juan Escalera de la Cruz, aquel que acompañó al gobernador Negrón, describió con gran preocupación que los primitivos habitantes de la ciudad porteña sufrían de calentura (así llamaba a la tuberculosis), de calentura pútrida (como conocían al tifus) y llagas infecciosas o sifilíticas.
La lepra también se encontraba entre las enfermedades más temidas, por eso de la maldición bíblica; la llamaban el mal de San Lázaro y aquellos que la padecían eran remitidos a Lima, donde existía un lazareto para su cuidado o, mejor dicho, para su reclusión.
Es oportuno aclarar que la lepra siempre fue sobrediagnosticada, ya que cualquier enfermedad crónica de la piel, como psoriasis, vitiligo y lupus, podía ser confundida con esta. No era éste un tema menor, ya que la psoriasis complica al 3 % de la población.
Sin embargo, la peste que se llevaba más almas al cielo, al infierno o al purgatorio era, sin dudas, la viruela. Esta asoló a la ciudad en 1605 y volvió a hacerlo en 1615, 1621, 1627, 1687, 1700, 1710, 1715, 1727, 1769, 1774, 1792, 1794, etc., etc. En esta última oportunidad fue cuando Mariano Moreno contrajo la enfermedad que le dejó las cicatrices en su rostro.
Para los varones, esto no era demasiado grave, pero, para una doncella casamentera, las marcas de viruela eran un verdadero drama, ya que le restaban pretendientes en la silenciosa contienda de las jóvenes candidatas a un matrimonio ventajoso. En cambio, el esclavo que las lucía era sinónimo de buena salud y, por lo tanto, buen negocio, porque esta enfermedad deja inmunidad.
La tuberculosis no podía estar ausente en este villorrio portuario. El procurador Pedro Vicente Cañete comentó que los familiares, al hacer uso de las pertenencias del difunto, continuaban con la propagación de la enfermedad. Para evitar esta diseminación, Cañete propuso que, a la muerte de un tuberculoso, se quemasen todos sus bienes; cosa a la que sus deudos, obviamente, se opusieron. Esta ley —como tantas otras— quedó en el olvido.
Poco se podía hacer entonces ante tanta plaga, más que combatirla con plegarias y dádivas a los santos milagreros. Curiosamente, existía una especialización entre los santos que precedió a las especialidades médicas. San Roque, por ejemplo, protegía de las enfermedades infecciosas y del ataque de perros; Santa Lucía era la patrona de la vista; San Pantaleón era el protector del dolor de cabeza, por haber sido decapitado; San Cosme y San Damián eran los patronos de los cirujanos (oficios que ellos mismos habían ejercido); San Sebastián era el protector de la peste por las saetas que lo atravesaron y San Lorenzo se dedicaba al dolor de espalda, por haber sido colocada esa parte de su anatomía sobre una parrilla.
En caso de que el santo invocado no cumpliese con su tarea protectora, por esas razones inescrutables de la voluntad divina, se procedía a aislar al paciente o a enviarlo a hospitales o lazaretos de donde, por lo general, no retornaba.
Con la llegada del Protomedicato, promovido por el Dr. Miguel O’Gorman, y con la fundación de la Universidad de Buenos Aires y su Escuela de Medicina, comenzó la organización sanitaria y científica de la ciudad y del país.
Ricardo Gutiérrez (médico y poeta), el Dr. Pedro de Elizalde, Francisco J. Muñiz, Cosme Argerich, Ignacio Pirovano y tantos otros crearon escuelas de conocimiento que, a veces, por esos intrincados caminos de los celos profesionales, daban (dan) lugar a antagonismos que son solo la expresión del orgullo de pertenecer a tal o cual escuela y que se traducen en vehementes duelos científicos que otorgan color anecdótico a cada especialidad.
¿Qué profesional no se ha ufanado de pertenecer al Hospital de Clínicas o al Durand o al Fernández, al Santa Lucía o al Lagleyze? Solo por nombrar algunos de nuestros hospitales, en los que hemos desarrollado con orgullo nuestra carrera.
Este texto es un homenaje a nuestros predecesores en el ejercicio profesional, que nos enseñaron en la mejor tradición hipocrática y científica, sin dejar de lado la parte humanitaria, donde todos aprendimos a ser buenos médicos y tratar de ser mejores personas.